CRÍTICA
por
José Arce
¿Qué hay después de la
muerte? Es una de las sempiternas preguntas de la humanidad.
Quien más, quien menos, a todos nos preocupa en mayor o menor
grado lo que pueda esperarnos al otro lado. La cuestión es campo
abonado para especulaciones, discusiones, debates, libros y, por
supuesto, películas, encontrando en el género fantástico un
semillero ideal para especular acerca de la sorpresa que nos
tiene preparada La Parca tras despojarnos de nuestro gelatinoso
envoltorio carnal. Así, en 2005, los fanáticos del tema se
congratularon al recibir una de las pequeñas sorpresas del año,
"White noise (Más allá)",
dirigida por Geoffrey Sax y protagonizada por el chispeante y
eternamente desaprovechado Michael Keaton, un inesperado éxito
de taquilla –más de 24 millones de recaudación en su primer fin
de semana en Estados Unidos– que jugaba con el concepto de los
fenómenos electrónicos de voz –FEV–, método utilizado para
captar y registrar las voces de los muertos a través de aparatos
electrónicos. Ni buena ni mala, contaba con el handicap
de centrarse en un tema tan trillado como son las psicofonías,
lo que acababa pasándole factura por lo poco sorprendente de la
trama y su tratamiento. Sin embargo, el buen hacer del director
le merecía un simpático visionado. Y ya se sabe: buena
recaudación es igual a secuela.
Lo primero que hay que decir
de “White noise 2: La luz” es que los responsables de la
producción al menos han tenido la originalidad de sustituir los
FEV por las ECM –experiencias cercanas a la muerte–. De este
modo, sufrimos la tragedia de nuestro protagonista, Abe Dale (Nathan
Fillion), que
presencia impotente cómo un chiflado asesina a su mujer y a su
hijo pequeño en un restaurante. Confuso, hundido e incapaz de
superar el incidente, decide suicidarse mediante la ingesta
masiva de pastillas. Pero un equipo de urgencias le resucita en
el último momento, cuando está cruzando ese túnel brillante que
muchos de los que han estado al borde de la muerte han jurado
ver. De tan radical experiencia derivará un don: puede ver las
auras de aquellos que están próximos al fallecimiento; desde ese
momento, tratará de evitar trágicos accidentes y salvará a un
puñado de personas, aunque las consecuencias serán funestas para
todos.
La idea
de partida no es muy original, como tampoco lo es el resto de la
trama, que parece el resultado de la unión de un montón de
películas de idéntica temática premonitoria y fantasmagórica.
Desmotivado por la torpe presentación de la tragedia en el
prólogo, el espectador no tarda demasiado en perder el interés
por lo que acontece, narrado con bastante desatino por el
habitual de las estanterías de los videoclubs
Patrick Lussier, que
firma aquí uno de sus trabajos más irregulares como director –lo
que tampoco es decir mucho–. De hecho, el film podría haber sido
lanzado directo a DVD sin ningún problema. El argumento busca
enganchar mediante la pretensión científica de todo lo que
sucede ante nuestros ojos, pero la puesta en escena es tan
improbable como tosca, comenzando por las acciones en plan
juego-a-ser-un-dios-salvador del protagonista, un romo Nathan
Fillion que parece sacado a la fuerza de un episodio de “Entre
fantasmas”. La inverosimilitud del planteamiento y las
actuaciones es total; quizá consciente del previsible resultado
final, el guión del debutante en el campo del largometraje
Matt Venne
decide finalmente girar con más pena que gloria para sumergirse
directamente en el terror de serie B que tantas veces hemos
visto repetirse a sí mismo. Espíritus de tebeo recorren la
pantalla a su antojo, sin explicación alguna de lo que está
pasando; por su parte, los secundarios pululan alrededor del
protagonista con un aspecto innegablemente retro y televisivo,
con especial mención para el florido doctor Karras (??) y la
pavisosa Sherry, tan desfasada en el tiempo que incluso luce
unos ochenteros mechones de colores, como si de una muñeca Bratz
se tratara –«tienes un pelo precioso», le confesará Abe en un
arrebato amoroso…–. Tanto las interpretaciones como los diálogos
resultan bastante desacertados aunque inocentes, pero lo
realmente peligroso de esta historia, hilarante y aburrida a
partes iguales, es el mensaje subyacente, que esperamos sea
inconsciente y fruto de la necesidad de trabajar para vivir del
guionista: no hay que intentar salvar a alguien que está a punto
de morir, porque no le estás haciendo un favor; ni a él, ni a ti
mismo. Uf.
De vez en cuando hay algún
sobresalto, algún vuelco argumental mínimamente interesante o
algún plano acertado, por lo inquietante del espectro que
muestra o por el tramposo y efectista uso de la banda sonora,
repleta de chirridos y susurros propios de la invasión de terror
nipón que nos inunda desde hace unos años. Pero
a cada minuto que pasa, tanto la narración como la
paciencia del espectador se vienen abajo, provocando en algunos
momentos sonoras y no pretendidas carcajadas, en especial
durante el ridículo clímax,
que parece tan inspirado por los métodos asesinos de Horace
Pinker (“Shocker. 100.000 voltios de terror”, Wes Craven, 1989)
como por la saga “Destino final” (2000-2006). Con todo, si el
tema resulta interesante a los entusiastas de lo paranormal,
merece un vistazo entre cabezada y cabezada de una sobremesa
dominical, cuando la proyecte alguna cadena televisiva dentro de
unos años. Hasta entonces, lo mejor es seguir esperando a que la
industria se aburra y deje de repetirnos lo mismo una, y otra, y
otra, y otra, y otra vez.
Calificación:
    
Imágenes
de "White noise 2: La luz" - Copyright © 2007 Gold
Circle Films y Brightlight Pictures. Distribuida en España por
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