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12:08 AL ESTE DE BUCAREST
(A fost sau n-a fost?)


Dirección y guión: Corneliu Porumboiu.
País:
Rumanía.
Año: 2006.
Duración: 89 min.
Género: Comedia dramática.
Interpretación: Mircea Andreescu (Emanoil Piscoci), Teo Corban (Virgil Jderescu), Ion Sapdaru (Tiberiu Mănescu).
Producción: Corneliu Porumboiu.
Música: Rotaria.
Fotografía:
Marius Panduru.
Montaje: Roxana Szel.
Diseño de producción: Daniel Raduta.
Vestuario: Monica Raduta.
Estreno en Rumanía: 29 Sept. 2006.
Estreno en España: 18 Mayo 2007.

CRÍTICA por Leandro Marques

Revolucionarios por un minuto

  Es necesario encontrarse con una pequeña joya cinematográfica para tomar conciencia de que en cine las buenas ideas casi siempre están más asociadas a la simpleza que a la extravagancia. No obstante, la transición que debe recorrer esa idea para acercarse a la genialidad sólo puede surgir en el territorio del “cómo”, es decir, de los recursos que el director utiliza para expresarse. No existen muchas cintas que sean consideradas como grandes películas únicamente por la idea que les dio origen. En lo que podría definirse como un cóctel audiovisual que combina inteligencia con sutileza y altas dosis de sarcasmo, el director rumano Corneliu Porumboiu ofrece una clase magistral de cine y manejo del lenguaje. Y su film “12:08 al Este de Bucarest”, que viene obteniendo premios internacionales y elogios en distintos festivales del mundo desde su presentación en Cannes 2006 –donde obtuvo la Cámara de Oro y el Label Europa Cinemas–, incluido el Buenos Aires 9º Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI) desde donde escribimos estas palabras, puede servir de modelo para entender cómo una gran idea puede coincidir y hasta igualarse en grandeza con la manera en que es comunicada.

 

  Comprometerse con una idea no tiene precisamente que ver con tomarse las cosas en serio, ni mucho menos a la dramática. De este concepto parte el director para embanderarse con el recurso de la ironía y el tono decididamente burlesco que adopta la película. El eje del relato es el absurdo, a partir de ahí Porumboiu construye el verosímil de su film, y una vez que logra que el espectador forme parte del universo que se le presenta, la cinta va ganando en fluidez y, al mismo tiempo, produce un sinfín de guiños que establecen una línea de complicidad con el público. En definitiva, el argumento de la obra es el siguiente: Rumania vivió una revolución que implicó la caída del dictador Nicolae Ceauşescu 16 años antes del momento en que se desarrolla la acción del largometraje. En este contexto temático, que claramente determina un compromiso político, Porumboiu despliega un corrimiento muy interesante, por lo ocurrente y por lo ingenioso, ya que en vez de situar su cámara en el lugar donde se dieron los acontecimientos, en Bucarest, deposita su mirada en un pequeño pueblo al Este de la capital rumana.

  La organización del relato está dividida en dos etapas. La primera sirve como introducción a la segunda, que es sin dudas el punto en que el film alcanza su climax. En esa primera parte, el realizador presenta a los personajes centrales, que son tres, todos de alguna manera unidos por una esencia delirante. Uno es el dueño de un canal de televisión del pueblo, conductor de un programa que se propone definir si en la plaza central hubo verdaderos revolucionarios o sólo ocasionales concurrentes que se reunieron para celebrar la revolución como hecho ya consumado. Los otros dos personajes son los entrevistados, autoproclamados héroes pero probables grandes mentirosos de la revolución. Uno es profesor de Historia, eterno borracho y lleno de deudas. El otro, un pícaro anciano, asiduo Papá Noel en las fiestas navideñas. Conocer sus personalidades conduce a un lógico encuentro con los resultados finales del debate en el programa de televisión, pero, en definitiva, y en lo que es otra virtud del film, la previsibilidad del desenlace no atenúa en ninguna instancia la efectividad y los matices que vehiculizan el trayecto.

  Visualmente, el film se destaca por su austeridad. Texturas crudas, imperfectas, cámara distante y observadora. Las imágenes se desentienden de la idea de belleza, y es lógico, también la actitud de los personajes, llevadas casi siempre al grotesco, poco hubieran tenido que ver con la construcción de una visión alejada de lo tosco, inquieto, ruidoso y casi nada plácido. En este sentido estético, la cinta coincide con los criterios característicos del cine proveniente de Europa del Este: menos cuidadoso, más precario seguramente, pero pasional como pocos. De todas formas, el uso de estos parámetros de ninguna forma obstaculiza la fluidez de la narración; por lo contrario, a medida que la trama evoluciona, las imágenes y la narración se encuentran en un tono armónico y envolvente. En ese momento, público y protagonistas ya están preparados para la segunda etapa de la película, que es el programa de televisión casi en tiempo real.

  Filmado con una cámara fija aunque tambaleante y torpe –que es la del camarógrafo amateur del programa televisivo–, el espectador de la película se funde en uno con el espectador del programa de televisión. Ambos son testigos de los sucesos: de la entrevista que el conductor realiza a los dos supuestos héroes, de las llamadas de televidentes, de gestos, expresiones, salidas, peleas con manos que de improvisto aparecen en plano. El eje del debate gira en torno a un minuto decisivo, que constituye la diferencia entre un posible héroe revolucionario y un vil farsante. Si los entrevistados se encontraban en la plaza antes de las 12:08, momento en que se desataba la revolución en Bucarest, ellos podían ser considerados partícipes de la gestación del nacimiento de una nueva Rumania. Si, en cambio, llegaron a la plaza a partir de esa hora, sólo serían cómplices pasivos de una revolución por la que no hicieron nada.

  El tramo final del film se desvanece como en segundos. Es brillante y desopilante al mismo tiempo. Se compone un escenario tan complejo que se vuelve inabarcable, sobrecargado livianamente de sentido, en donde no basta observar cada punto del cuadro, porque lo que prima es aquello que no se ve, para poder absorber con plenitud la complejidad de la situación. Al mismo tiempo, el gran talento del realizador es ponerse del lado de la simpleza que obtiene de la invisibilidad. Es decir, su capacidad para hacer olvidar del cine, de la película: en este último tramo, los espectadores quedan hipnotizados por los sucesos de un programa de televisión. En ese gesto inclusivo –el de usar el recurso de la simpleza para contar una situación compleja–, podría reconocerse el punto de vista que Porumboiu intenta comunicar. También su genialidad.

Calificación:


Imágenes de "12:08 al Este de Bucarest" - Copyright © 2006 42 KM Film. Distribuida en España por Gaia Films Internacional y Festival Films. Todos los derechos reservados.

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