CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Una trilogía
que va de menos a más: eso sí que es noticia. Y tal honor le
corresponde a la saga de Bourne, que ha ido superándose con cada
entrega, hasta llegar a esta tercera (y al parecer última,
aunque eso en Hollywood es siempre relativo), en la que el
amnésico agente por fin encuentra respuestas a las preguntas que
le llevan atormentando desde hace tres años: ¿quién es en
realidad? ¿Por qué es un asesino tan eficaz? ¿Quiénes son los
que le han arrojado a una vida sin referencias, en continua
huida, sin posibilidad alguna de querer a nadie por temor a que
termine asesinado, saltando continuamente de un punto a otro del
planeta?
Claro que la
“culpa” tiene un nombre: Paul Greengrass. Porque el
director inglés ha conseguido integrar plenamente su estilo
característico, prolijo en planos cortos, cámara en mano y
montaje exacto como un mecanismo de relojería, en la estética de
una saga comercial que, en manos de decenas de directores que
andan por ahí sueltos, apena pasaría (en el mejor de los casos)
del espectáculo ruidoso y rutinario. Hasta tal punto que, para
quien esto firma, la secuencia más vertiginosa, y que
literalmente corta el aliento, es el juego al ratón y al gato en
la estación londinense de Waterloo, toda una lección de cine
que, además, respira con el aliento de lo clásico: resulta
imposible no acordarse de “The French Connection (Contra el
imperio de la droga)”; de hecho, la persecución termina con un
plano similar al de la cinta de William Friedkin.
No sería
extraño que la saga de Bourne terminara convirtiéndose en un
punto de referencia para el cine de acción (de hecho, su
influencia puede verse en la transformación sufrida por el
personaje de James Bond en su última entrega, "Casino Royale"), un cine aquí ajeno a las explosiones y
la pirotecnia gratuita, y que bebe en las fuentes tradicionales
del cine de entretenimiento. Ya no hay Guerra Fría, ni Muro de
Berlín, pero las cosmopolitas andanzas de Jason Bourne tienen
todos los ingredientes que hicieron grande al cine de espías. Y
el mérito de haber reciclado un material que ya existía pero que
había sido dado de lado en los últimos años hay que anotarlo,
desde luego, en el casillero de Greengrass.
Claro que el
puzle no funcionaría sin que todas las piezas encajaran a la
perfección, comenzando por unos actores que están superlativos:
desde un Matt Damon que encontró en Bourne al personaje perfecto
para sacar petróleo de sus limitaciones interpretativas, hasta
una Joan Allen capaz de llenar la pantalla con la máxima
economía de medios y un David Strathairn ante quien sólo
cabe preguntarse por qué ha tardado tanto tiempo en acceder al
estrellato. Los únicos peros recaerían en el habitual escaso
magnetismo de Julia Stiles y en lo raquítico de la
aparición de Scott Glenn, demasiado poco pródigo en la
gran pantalla para el gusto de cualquier cinéfilo.
Pero es que
la excelencia llega a otras áreas, especialmente a dos sin las
que el absorbente ritmo de “El ultimátum de Bourne” no
existiría: el montaje de Christopher Rouse, ya un
habitual en las cintas de Greengrass, y la más que eficaz banda
sonora de John Powell, un ejemplo de libro acerca del
papel de la música en una obra, como ésta, destinada a no dar ni
un segundo de respiro al espectador. Y lo mismo cabría decir de
la fotografía, de la ambientación (por una vez, vemos un Madrid
que no “canta”), de la planificación de las secuencias de
acción... Todo ello hace de “El ultimátum de Bourne”, y a pesar
de algunas pequeñas ligerezas del guión, la demostración de que
es posible hacer buen cine comercial. A ver si más de uno se
entera.
Calificación:
    
Imágenes
de "El ultimátum de Bourne" - Copyright ©
2007 Universal Pictures, MP Beta Productions, Kennedy/Marshall Company y Ludlum
Entertainment. Fotos por Jasin Boland. Distribuida en España por Universal Pictures
International Spain. Todos los derechos
reservados.
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