CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Hay quien
dice que Jason Bourne es la mejor aproximación a la veintena de
entregas y a las más de cuatro décadas de producción del
gentleman de la MI6, James Bond. ¿Existe tal paralelismo
Centrándonos exclusivamente en material cinematográfico, existe
una primera diferencia fundamental entre Bond y Bourne: la
expresión del propio personaje. Es el discurso y la fe en la
propia elegancia lo que permaneció tras conocer a Bond en la
piel de Sean Connery (“Agente 007 contra el doctor No”, 1962);
recuérdenlo rehusando la violencia inmediata en busca de su
pitillera, tras evitar varios tiros en la noche, cuando era
absolutamente prescindible soltar habladurías al esbirro de
turno si no existiera la voluntad del futurible "qué estilo".
Como ya ocurría en las anteriores "El caso Bourne" (2002) y "El
mito de Bourne" (2004), la presente “El ultimátum de
Bourne” es una película de hechos y acciones, y no de personajes
–como demuestra el uso repetido del causa-efecto–, lo que dibuja
de nuevo a un Bourne frío, insensible al peligro,
artificialmente maquinal y casi misógino –como salta a la vista
en los insistentes primeros planos mudos a la llorosa Julia
Stiles–; quítenle las mujeres a Bond, y vean que el juego de
la seducción forma parte inseparable de su atributo más
definitorio: el amor incondicional por el peligro.
La acción en que desemboca el amnésico
Jason, por el contrario, no está enmarcada en lo que le guste
o no hacer, sino en lo que debe, como consecuencia de la
situación en la que se encuentra. En otras palabras: Jason
Bourne no escapa nunca a su condición de víctima. Sin embargo,
este contraste con el personaje de Fleming, está
eficientemente explotado por Paul Greengrass
(director), que vuelve a tejer el grueso de su cinta mediante
los encarnizados duelos del hombre contra la máquina, la
improvisación contra la planificación, el instinto contra la
razón. Existe la lectura que sitúa a Bourne como la casualidad
que tiene que enseñarles a los malos que son los malos;
ustedes también saben que nunca ha dejado de ser
fisiológicamente un ser humano –con todos los dones que
quieran, eso sí– y que su virtud desafía no sólo en número a
sus perseguidores, sino en alcance, herramientas o percepción.
Ya no se trata de la moraleja simplista de la venganza, sino
del viejo problema de los recursos: hay quien, con pocos, se
las ingenia para explotarlos de forma óptima para lograr el
éxito ante su competidor, que aun poseyéndolos de mayor
cantidad o calidad, es incapaz de obtener la velocidad, tiempo
o capacidad de predicción necesarios.
Tampoco existe en el agente británico
dilema moral alguno: el fin siempre justifica los medios.
Recuerden la mil veces invocada licencia para matar, usada de
forma cruenta en la escena del lago en la misma primera
adaptación de las novelas de Fleming de 1962. No existe respeto
alguno por parte de Bond a lo que carezca de elegancia, en
particular hacia la vida de quienes matan sin conocimiento de
causa, lo que vuelve a situarlo en la acera contraria a Bourne.
Sí puede emparejarse, en cambio, a 007 con Noah Vosen (David
Strathairn), puesto que ambos creen tener suficiente
capacidad como para juzgar en el acto si debe o no dispensarse
la muerte. Este eterno debate danza durante buena parte del
final del metraje en torno a los personajes que lo consideran, y
que actúan conforme a su posición.
Lo cierto es que más que aportar
elementos nuevos, Greengrass ha optado por perfeccionar el
tridente de las anteriores cintas de Bourne. Las dos primeras
funcionan bajo el mencionado esquema "ratonera Bourne"
–persecuciones con el citado sesgo de recursos– y el conflicto
ético; la tercera es del estilo shaky cam –por algunos
conocido como "síndrome del camarógrafo con Parkinson"–, que
esta vez regresa con más movimiento que nunca. A pesar de la
dificultad que aporta al visionado –la cámara sólo deja de
agitarse durante los breves planos aéreos–, hay que reconocerle
a Greengrass el mérito de contagiarnos, gracias a ella, del
incesante ritmo de su acción desbocada, que llega a un clímax
absoluto y definitivo en la carrera por las calles de Tánger. En
ella, el trío formado por la acción en escena, la banda sonora y
el shaking mismo logran un perfecto sincronismo –fíjense
en cómo la cámara reduce su tambaleo si cesa la música o el
personaje se detiene de repente–, reforzado además por el
minucioso trabajo de postproducción en el montaje (Christopher
Rouse), en ocasiones mostrando sólo durante unos pocos
cuadros una mirada amenazante –Bourne hacia el francotirador–,
un salto imposible –hacia el último edificio en la persecución
de Tánger– o un golpe encajado.
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Es el bajo
framerate de los –esta vez– abusivos flashbacks, y
sus barras verticales de tonalidades y luminosidad dispares, lo
que nos recuerda que esta es una historia de conspiraciones y
justicieros, de maltratadores y maltratados, de buenos y malos;
por extensión, de fondo intrascendente. Quizá aquí radique el
origen del vínculo entre Bourne y Bond: relajando las exigencias
realistas sobre qué causa coloca a Bourne (Bond) en tal
circunstancia, el énfasis recae por completo en la circunstancia
en sí, en cómo plantearla y en cómo resolverla; el ser un espía,
un asesino o poseer criterio moral no dejan de ser sutilidades
que orbitan alrededor de una cadena, donde cada eslabón es una
acción que, al ser resulta, da paso ineludible a la siguiente.
¿No era esta la definición de un género llamado "acción"?
Calificación:
    
Imágenes
de "El ultimátum de Bourne" - Copyright ©
2007 Universal Pictures, MP Beta Productions, Kennedy/Marshall Company y Ludlum
Entertainment. Fotos por Jasin Boland. Distribuida en España por Universal Pictures
International Spain. Todos los derechos
reservados.
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