CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Más que “El atardecer”, una
aurora aquejada de las mismas heridas sangrantes que un fin, una
puesta de sol. Así es el segundo largo en la dirección de
Lajos Koltai,
una película que habla de conclusiones terminales y de vidas que
se apagan a la par que otras dan sus primeros chispazos. Algo de
lo que carece en gran medida esta historia anodina, televisiva,
repleta de tantas buenas intenciones y materiales que a la
fuerza se veía venir un tropezón mayúsculo, una pretenciosidad
de principiante en cuyas manos se depositan recursos caros e
insospechados por él, y tembloroso en sus difusos aires de
inocencia para traspasar esa impresión al espectador y conseguir
sus fáciles lloros.
Ann
Lord (Vanessa Redgrave)
es una anciana moribunda, pero en su memoria vuelve a
reencarnarse en una joven despreocupada y jovial (Claire
Danes) que un fin de
semana fue invitada a la boda de su mejor amiga Lila (Mamie
Gummer) en una costa
pijotera. A raíz de una escena onírica —tinte abstracto que se
repetirá a lo largo de la cinta sin demasiada sorpresa
narrativa—, el presente y el pasado se superponen mientras la
trama fuerza las conexiones entre ambos hasta límites que
rozan la causalidad ilustrativa de libro de autoayuda. Las dos
hijas de Ann (interpretadas por Toni Collette
y Natasha Richardson)
no interesan lo suficiente como para servir de contrapeso a
los problemas, por decirlo así, de su joven madre. Resulta
grandilocuente por parte de la concepción de la historia,
confirmada en unas líneas de guión, que la existencia de una
mujer se condense en un par de días que pudieron ser tan
determinantes como los previos y los posteriores. A causa de
ese breve lapsus de tiempo, la relación amorosa con Harris (Patrick
Wilson) es un
estereotipo del flechazo elevado a la máxima potencia de la
pasión eterna según los códigos hollywoodienses. Por ese
motivo la película se muestra cobarde a la hora de abordar las
consecuencias de esos acontecimientos, cuando desde el
principio ha adoptado la moral de análisis en torno a los
errores que cometemos.
Tal vez
de esta manera a Koltai le sirva su propia película de aliento
para una carrera procedente de la fotografía, aspecto que
demuestra la cuidada iluminación de la casa playera, si bien no
así una puesta en escena simplona que no explota los siempre
atractivos en pantalla años 50. Pensada en panorámica, centrada
en primeros planos y multitud de confesiones, lo que a priori
avanza como cinta íntima va consolidándose en un tempo decadente
y repetitivo que vuelve más pesadas las transiciones entre ambos
períodos espacio-temporales y menos impactantes los supuestos
puntos de giro. La simultaneidad entre madre e hijas se reduce a
la temática y el interés por trazar un esquematismo vital que
viola las propias reglas establecidas y hace avanzar o
retroceder acontecimientos en los recuerdos de Ann según las
necesidades de la escena, aunque, eso sí, con la delicadeza de
no adelantar un final por otra parte más que predecible.
El
chirrido de las correspondencias no se limita a los personajes,
sino que también alcanza a las intérpretes que les dan voz y
cuerpo. La búsqueda de semejanzas entre las versiones jóvenes y
adultas de las protagonistas se adapta al reparto de campanillas
—más evidente en el caso de Lila, pensada para una
Meryl Streep adulta a
la que había que buscar una doble cuarenta años más joven—, otro
punto fuerte del proyecto que no termina de cuajar por los
escasos minutos en pantalla —Glenn Close,
la susodicha Streep— o la exigua química de los vínculos
establecidos —¿Toni Collette hija de Claire Danes? ¿Vanessa
Redgrave desvariando con las visiones de un enamorado Patrick
Wilson?—, y la otrora protagonista de “Romeo y Julieta” (1996)
tampoco es que posea una galería asombrosa de capacidad
expresiva, aunque su personaje, un extraño en medio de la clase
social que no le pertenece, provoca una simpatía instantánea.
Poblada de referencias
literarias cultas —una prueba más de su pretenciosidad narrativa
y del excesivo rigor para con la novela original, algo esperable
cuando la propia escritora co-firma el guión—, “El atardecer”
presenta, además, inquietantes parecidos con, esta vez sí, un
gran libro recientemente adaptado al cine, “Expiación”, de Ian
McEwan, sobre todo en el perfil biográfico y psicológico de
algunos personajes y en la clase de sufrimiento que trastocó sus
vidas. Sin embargo, este largometraje se encarrila en la línea
de otras producciones benévolas que descubren la esencia del
presente en las maravillosas, secretas y pequeñas historias de
personas que ya perdieron su capacidad o turno de habla: de
“Tomates verdes fritos” (1992) a
"El diario de Noa"
(2004), pasando por “Los puentes de Madison” (1995), que también
tenía a la Streep y a unos hijos que descubrían a su madre
demasiado tarde para aprender algo de sí mismos.
No es culpa de unos corazones de hielo el que esta
película no llegue a emocionar tanto como pretende, es que sus
trucos y estratagemas han sido tan utilizados que los vemos
venir de lejos con la
condescendencia que merece aquél que dice haber sido feliz por
enamorarse en dos días y cantar Time After Time en una boda. Muy
tierno, muy estival y muy nostálgico, pero insuficiente cuando
ya estamos saturados de relatos que proclaman ser los más
sensibles y románticos del siglo sin ningún esfuerzo por
renovarse desde fuera, ya que la historia de amor roto y perdido
que llevan por dentro siempre será la misma.
Calificación:
    
Imágenes de "El atardecer" - Copyright © 2007 Hart-Sharp Entertainment.
Fotos por Gene Page. Distribuida en España por
Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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