CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
A “Death
proof” la acompaña la polémica de todo proyecto deslavazado: esa
casa unifamiliar que nos han vendido como chalets adosados a
causa de la especulación distributiva en Europa. De ahí el doble
conflicto de una película que es segmento y director’s cut
al mismo tiempo, a lo que habría que sumar una tercera
complicación: el vínculo con su hermana, "Planet terror", parientes de parto que, como sucede en
las mejores familias, terminan distanciándose. Con tantas
presiones intra e interrelacionales, no es de extrañar que el
film haya caído en brazos de un debate intenso y llamado a la
prolongación, algo que, por otra parte, parece ser compañero
indispensable de los estrenos tarantinianos.
Dada la naturaleza siamesa de “Death
proof” y "Planet terror", a pesar
de la pátina autoral de su estreno fuera de Estados Unidos
–nexos imborrables por las apariciones duales de actores,
también seña de identidad de una serie B y Z falta de
recursos, como el propio Quentin Tarantino, Rose
McGowan o Marley Shelton, en el hospital que actúa
como crossroad entre ambos productos–, antes de
cualquier juicio particular resulta forzoso sopesar el
equilibrio de un programa doble que debería perseguir
objetivos parejos. Sin embargo, y aunque ambas cintas
traicionan el espíritu del original que se homenajea –la
materia en sí, cine barato hecho con los mejores recursos y
aparentando una despreocupación y una ruptura formal que son
apreciativas, pero no reales. El rollo no se quema y los
metros perdidos nunca se rodaron. Una falsedad esnob, pero
totalmente coherente con la naturaleza de los tráilers,
anuncios y cabeceras fakes de la sesión completa, que
hacen de “Grindhouse” el revival del cine por el cine,
la mascarada cinéfila y la condición de engaño que a veces
olvida con demasiada frecuencia el séptimo arte–; podría
concluirse que "Planet terror" cumple a
rajatabla con las condiciones de partida: premisa absurda,
personajes pintorescos y un sentido del humor parejo a la
indolencia por las hechuras finales. Asumiendo la paradoja
entre la inspiración exploitation y el respaldo de gran
estudio, la obra de Robert Rodriguez sería más rigurosa, pero
cae con mayor facilidad en las acusaciones frívolas que “Death
proof”, la gamberrada que no deja de ser un juguete de
artesano, dispuesto a pulirlo sin importar los brillos
perfeccionistas que terminen eclipsando al polvo y al barro de
su gemela.
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Pero “Death proof” es “Grindhouse”
y, sin perder su esencia, también ella misma –congruente
al recuperar una vieja gloria como Kurt Russell y
seleccionar primerizas y efímeras starlettes de
primera fila–. Antes de achacar al film un exceso de
duración –en realidad nunca está claro si las quejas
proceden por un añadido banal de metraje concreto o por
aguantar veinticinco minutos extras de Tarantino–, debería
asumirse un contraste entre las dos versiones oficiales,
extrapolando a su entidad duplicada la perspectiva
genérica y metalingüística con que muchos monopolizan el
análisis de la película. Y la principal diferencia entre
ambas versiones supone, en el caso del estreno europeo,
una justificación más fehaciente de la psicosis de
Stuntman Mike en lugar de asumir el vacui de
“Grindhouse”. Las que deberían ser víctimas azarosas que
no responden a un plan determinado se consolidan como
cebos escogidos, perdiéndose así un claro paralelismo
entre las dos mitades de la historia sin que la bisagra
chirríe. El segundo grupo de amigas, sosias del primero
como un añadido moderno al destino clásico de las chicas
previas, no busca venganza por la atrocidad cometida, sino
que actúan espontáneamente, en reflejo de la misma vena
homicida impremeditada de Stuntman. El racionalismo del
mal –psicológico, en todo caso– diluye esa fantástica
contaminación de la estructura hacia la causalidad de la
acción, por lo que los nuevos añadidos no mejoran lo que
ya eran breves y justos apuntes de un personaje que no
requiere de coartadas convencionales –homenajeando así el
sustrato oculto y antecesor de la ola de psychokillers
freudianos celebérrimos en los setenta y
consolidados en los primeros noventa–.
Tras la
política del menos es más, Tarantino traza una historia
repetida, un déjà vu que desprende la sensación onírica
de penetrar en la cabina de un loco proyeccionista o en los
deseos insatisfechos del personaje central –la treta de
mostrar desde cuatro perspectivas el impacto contra el coche de
Jungla Julia y compañía no posee causas narrativas, sino
sensoriales: la identificación público-Stuntman implica sentir
al máximo su ansia de posesión individual, como explicita el
accidente previo con Rose McGowan–. A ese efecto reiterativo
contribuyen los temas parejos en las conversaciones de las
chicas, los planos internos de los coches, los bares y la
fragilidad palpable de su presencia en un ambiente hostil, las
carreteras secundarias, que no necesitan carta de presentación.
Pero, y como demostrará la segunda parte de la película, “Death
proof” es un mecanismo de director que sólo cobra vida propia
por su capacidad para conducir al público, incluso, hacia su
propia destrucción. No hace falta mencionar las famosas,
denostadas, cuestionadas referencias cinéfilas y musicales
presentes en toda su filmografía para afirmar la omnipresencia
del autor, y que aquí enlazan guiños y ataques repartidos entre
vallas publicitarias, camisetas y líneas de diálogo, el
auténtico fetichismo tarantiniano, también él mismo como
centro del homenaje. Esta vez la mención del cine va más allá de
las gracias culturetas y alimenta el manifiesto –¡en tan
corta carrera!– del estilo de su artífice, obviando expectativas
de fans y quejas críticas, sectores que desprecia con no poco
disimulo.
Si en la
primera mitad asistimos a los preliminares de una violación
brutal –sustituida en términos físicos por el choque
automovilístico y anticipada mediante sarcásticos planos del
capó del coche, que arremete por delante y detrás a sus
objetivos, o del logotipo entre las piernas del conductor–, en
la segunda Stuntman recibe, como tanto se ha insistido, una
venganza indirecta que, de manera más plausible, es un
arrepentimiento catártico para el espectador que secuencias
antes no pudo evitar sentir pena por este conductor avejentado
del que se mofan esculturales jovencitas. Mujeres que Tarantino
rellena con frases masculinas hasta devolverlas a su sitio, el
de víctimas que, en su temeraria carrera, se lo habían buscado.
Las siguientes chicas, todas vinculadas profesionalmente al
mundo del cine, componen una ironía hacia el primer segmento:
será una especialista –dentro y fuera de pantalla, lo que
redobla el valor de la broma– la que derroque el ego machista de
Stuntman, otro especialista caído en desgracia. “Death proof”
diserta así sobre el convencionalismo cinematográfico y los
desórdenes que, gracias a recursos visuales –el deterioro del
principio, el brillo colorista del final–, pretende introducir
el director, con más o menos acierto. En todo caso, consigue
reformular también el papel de quien mira, el público que asume
los riesgos morales de su implicación en la trama y cómo, en
plena vorágine de puro entretenimiento, se inmola en la piel del
villano con placer sadomasoquista, pues el único capaz de ser
verdugo y víctima a un tiempo, Stuntman y Zoë Bell, es
Tarantino, siempre a prueba de muerte súbita por encima de todas
sus creaciones, pretencioso y divertido.
Calificación:
    
Imágenes
de "Death proof" - Copyright ©
2007 Dimension Films. Distribuida
en España por Aurum. Todos los derechos
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