CRÍTICA
por
José Arce
“Jungla de cristal” (John McTiernan, 1988) sentó las
bases para la consolidación definitiva de Bruce
Willis
como uno de los más altos representantes del star system
hollywoodiense, un puesto de honor que ha sabido mantener con
altibajos a lo largo de las últimas dos décadas. El actor se
sacudió con éxito la galantería del David Addison de “Luz de
luna” para configurar el personaje del detective John McClane,
que ha quedado para la posteridad como uno de los iconos del
cine de acción moderno a lo largo de una saga entretenida y
efectiva, cuya segunda parte flojeó bastante, de la mano del
siempre irregular Renny Harlin, pero que supo remontar el vuelo
gracias a una divertidísima tercera entrega, de nuevo con
McTiernan controlando el timón. Willis encarnó a uno de los
paradigmas de las décadas de los ochenta y noventa, un macho
rudo, cínico, desvencijado y pragmático hasta la médula, pero
empapado de un carisma magnético, que desarrolló en otros
papeles paralelos como “El último boy scout” (Tony Scott, 1991).
Ahora, entrado en la cincuentena, regresa para adaptarse a los
nuevos tiempos, al igual que lo han hecho los ya sexagenarios
Sylvester Stallone –con John Rambo y Rocky Balboa– o Harrison
Ford –con el esperado retorno del aventurero Indiana Jones–.
El
cuarto capítulo de las andanzas de este policía cabezota y
testarudo –significado real de la expresión anglosajona die
hard, nada que ver con las arbitrarias y lamentables
traducciones castellanas– podía, sinceramente, haber sido
estrenado como película independiente. En primer lugar, porque
lo que hace único, especial y diferente a McClane es su
desvergonzada sinceridad, su inagotable capacidad para
aguantar mamporros de cualquier clase y su aspecto
desordenado, convertido en marca de la casa en el origen de la
saga y subrayado en “Jungla de cristal: La venganza” (1995),
de suerte que su rol resultaba, por lo tosco, afable y cercano
para el espectador. Pero “La jungla 4.0” –atención al título–
es un despliegue adrenalítico sin concesiones, un catálogo de
secuencias ultra espectaculares en las que es justo reconocer
su originalidad a la hora de ser orquestadas –algo complicado
en nuestros días–, manejado con solvencia pero sin ilusión por
Len Wiseman,
que ha hecho un alto en su carrera monográfica, centrada en la
lucha entre licántropos y vampiros, para encargarse de
presentarnos a un policía de cómic, casi un superhéroe, más
cerca de Ethan Hunt que de ese antihéroe desaliñado,
malencarado pero indudablemente atractivo y carismático, que
lleva ya veinte años con nosotros. De hecho, cae aquí en una
innecesaria auto justificación, tirando al traste uno de los
estandartes de la serie, la arbitrariedad que le sitúa
continuamente en el lugar equivocado en el peor momento. Por
otro lado, el compañero de aventuras de nuestro protagonista,
el hacker tontorrón Matt Farrell, interpretado por
Justin Long,
convierte el film en una improbable buddy movie
descompensada, centrada tanto en los choques generacionales
entre ambos como en la relación paterno filial que mantienen,
en el que las tiranteces superficiales ocultan ese típico
afecto ñoño propio de tantos títulos americanos. Lejos queda
ya el Zeus de Samuel L. Jackson, mucho mejor partenaire
que esta emergente pseudo promesa, que hace lo que puede para
no ser aplastado por el resto del reparto.
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Queda reseñar en este apartado un elemento fundamental: la
Némesis, la otra cara de la moneda, ese villano sin el que
una cinta de acción queda tantas veces relegada al olvido.
Aquí encontramos a un mega pirata informático, Thomas
Gabriel (Timothy Olyphant),
que llega a las pantallas con un mensaje inquietante:
nuestro modo de vida occidental depende hasta grados
enfermizos de máquinas sin las que no somos nada. Aunque
no le falta razón, el trabajo del elegante y parco
Olyphant no tiene nada de particular, limitándose a poner
cara de palo cada vez que aparece a la espera del
enfrentamiento final, concentrando su intervención en
recitar un montón de frases lapidarias y actuaciones
dignas de su estatus de terrorista despiadado y resentido
con el Gobierno norteamericano. Las comparaciones con Alan
Rickman, Jeremy Irons o, incluso, el tándem William
Sadler/Franco Nero serían especialmente odiosas.
De esta
forma, la gran mayoría de los elementos que hasta ahora han
diferenciado la saga de otras similares se alejan de sus
orígenes, para centrarse en crear un circo
pirotécnico muy entretenido pero autónomo de sus hermanas
previas. El guión es bastante flojo y no engancha en ningún
momento, depositando toda la responsabilidad en el cariño que el
público tenga al auténtico John McClane, que tan sólo emerge en
contadas ocasiones
–algo lógico, por otra parte, ya que le han quitado el tabaco,
las palabrotas y la chulería–. Ya se ha señalado que el trabajo
de Wiseman regala momentos estéticamente perfectos y secuencias
realmente destacadas, enmarcadas en un impecable cuidado técnico
y un ritmo endiablado; sin embargo, todo ello se empaña ante la
incomprensible falta de alma por parte del director. Y aunque la
verosimilitud de las situaciones y los planteamientos no son
inherentes a este tipo de propuestas, en más de una ocasión es
complicado evitar una sonrisa cómplice ante lo excesivo de la
fantasía que se presenta ante nosotros.
Por otra
parte, no deja de sorprender la participación del tan venerado
Kevin Smith,
en un papel secundario que podían haber designado a casi
cualquier otro, por lo etéreo de su interpretación y por lo
manido de su personaje, repetido hasta la saciedad de manera
mucho más solvente en infinitas ocasiones. No se trata sino de
otro de tantos componentes fallidos de la que es, sin lugar a
dudas, la peor de todas las entregas de la tetralogía. Los auto
homenajes, guiños y referencias a los aficionados aparecen con
cuentagotas, aunque son de agradecer, sirviendo de débil nexo
con sus predecesoras.
En definitiva, la puesta de
largo de uno de nuestros polizontes favoritos en el torbellino
cinematográfico del siglo XXI nos deja con un sabor de boca un
tanto amargo. Se echan en falta a los tipos duros de antes, que
protagonizaban títulos que tal vez parezcan sosos y aburridos a
las nuevas generaciones acostumbradas a ingentes desparramos
digitales, pero que resultaban, de largo, mucho más próximos
para los que crecimos con ellos. Al salir de la sala de cine,
uno se queda con la impresión de que es a él mismo a quien los
productores le han dicho «Yippee Ki Yay, hijo de puta».
Un aprobado raspado para un proyecto que merecería más
consideración si no hubieran intentado colarlo como algo que no
es, y que puede ser el peligroso punto de partida para echar al
traste una franquicia que realmente valía la pena. Sin duda,
Riggs y Murtaugh envejecieron mucho mejor.
Calificación:
    
Imágenes de "La jungla 4.0" - Copyright © 2007 20th
Century Fox, Dune Entertainment e Ingenious Film Partners.
Fotos por Frank Masi. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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