CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Al echar la vista atrás hacia
las anteriores entregas de John McTiernan y Renny Harlin, uno
piensa si el cinematográfico era el mejor formato para el
personaje de John McClane. Es cierto que difícilmente podía
preverse una redefinición del género de acción con “Jungla de
cristal” (1988), pero el caso es que lo hubo. Sin embargo, y
como ocurre reiteradamente con el "si funciona, para qué
cambiarlo", McClane pasó de ser el nombre falso de Joe Leland
–protagonista de la novela base “Nothing lasts forever” de
Roderick Thorp– a una especie de antihéroe que siempre se halla
"en el lugar equivocado y en el momento equivocado". Dotado con
el sarcasmo, un arma de corto alcance y su frase relampagueante
que sólo espeta antes de acabar con el malo final, se antoja de
forma casi natural pensar en un esbozo que Marvel desestimara en
última instancia.
Pero
en contra del comic-book, perfecto para una novela
gráfica de “Nothing lasts forever” y todo lo que pudiera haber
venido después, se erigen un par de factores relacionados con
el cine. Aparte del impacto visual, sólo acotado por el
presupuesto y el nivel tecnológico, nos encontramos con la
escalada criminal, con el tamaño de la acción del villano, con
la obra de "ingeniería del rehén" que se oculta tras la figura
del guionista. En este punto se halla lo que diferencia cada
nueva película con la coletilla "Die hard" de un simple
remake. La novela de Thorp proponía el rascacielos
Nakatomi como el clímax del acto terrorista; en las dos
siguientes entregas se demostró, con cierta puntería, que la
magnitud del terror puede extenderse a un aeropuerto –estamos
pasando del orden de cientos al orden de decenas de miles– y a
una gran urbe, Nueva York –en este caso, de decenas de miles a
millones–. “La jungla 4.0” encuentra su primer y prácticamente
único acierto obedeciendo este patrón de la envergadura del
caos, amenazando a todo Estados Unidos –cientos de millones–.
Pocas
opciones tenía el mal para tales propósitos y, descartando la
amenaza nuclear, a Mark Bomback
sólo le quedaba el control digital. Agarrándonos a la
estadística de lo imposible, y tomando por muestra la
(im)probabilidad de que un mismo policía se convierta en el
héroe de las cuatro mayores amenazas terroristas registradas
hasta la fecha, es posible relajar las exigencias realistas –un
punto más para el formato cómic– para acatar la hipótesis de que
tal control es posible, aun conociendo que el mundo sigue
negándose a la unicidad del registro informático, precisamente
por inseguro. De este modo, John McClane completa su
transformación en cuanto a su habilidad con la herramienta, que
ha ido deteriorándose a través de los años –recuerden cómo podía
apañarse un gadget en casi cualquier planta del Nakatomi–
y que finalmente sucumbe ante la era de la información.
Sabotear
lo moderno exige a un buen ejército de crackers, unos
enemigos hasta el momento desconocidos para el representado por
Bruce Willis. Y digo
crackers porque, durante la proyección, es posible que
oigan términos cuya etimología batalla desde hace más de veinte
años sin mucho sentido; tomo el Jargon File como fuente no sólo
más añeja sino más democrática, para reiterar –consciente de lo
fútil del acto– el mal uso de palabras como hacker o
pirata; hasta donde uno sabe, este último nunca ha dejado de ser
un hombre, presumiblemente con un parche en el ojo, que aborda
barcos para robar en ellos. Con estos personajes no sólo se
justifica el "punto cero" del título, que ya casi pertenece a la
cultura popular, sino el amplio despliegue de pantallas,
teclados e interfaces falsamente bellas que separan al
software de decodificación de claves de la pandilla de
gamberretes que van a conquistar el mundo desde el ordenador,
inconscientes de que a John McClane hoy le toca la ronda
nocturna.
La carencia de
presuntuosidad nunca fue una característica de los films de
McTiernan y Harlin, así que la mayoría de sus defectos pueden
facturarse a nombre de Len Wiseman
("Underworld",
2003) para empequeñecerlo todavía más; halla en su mediocridad
más que suficiente para evitar el remake por los pelos.
La fórmula ya la conocen: tiroteos –ya nunca más se harán
esperar–, chistes malos, helicópteros derribados por obra y
gracia del don de McClane, y el espectacular combate de un F-35
contra un tráiler en plena autopista con esencia a “Mentiras
arriesgadas” (1994), que no deja de ser sucedáneo diehardiano.
Algunas otras referencias se dan cita para cumplir con lo de
"renovarse o morir", como ocurre con los cuerpo a cuerpo de
"Matrix"
(1999) o el salvamento del vehículo despeñado a lo “El mundo
perdido: Jurassic Park” (1997), lo que deriva en entretenimiento
tech-demo o de demostración visual: sólo puede disfrutarse
en la sala de cine. No iba a faltar acción en una secuela de una
imprescindible de la acción; a quien va a faltarle dentro de
poco es al mismo McClane, que aunque con bastón y dolor de
huesos se vea con ganas de faenar las calles, su imparable
esquema evolutivo sólo le depara dos posibles destinos más: la
Tierra en su totalidad, y el espacio infinito.
Calificación:
    
Imágenes de "La jungla 4.0" - Copyright © 2007 20th
Century Fox, Dune Entertainment e Ingenious Film Partners.
Fotos por Frank Masi. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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