CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
"Los 4 Fantásticos"
(2005) no fueron nada en una megalópolis habitada por más
superhéroes que civiles. Por supuesto, entiéndase una llegada
cinematográfica, un proyecto acariciado y prometedor que
enseguida despertó las iras de los más recalcitrantes... y de
los más conformistas. Su mezcla ingenua y discreta de acción
amenazadora y humor blanco pudo descolocar a más de un
aficionado a los reveses barrocos de enemigos versátiles,
venganzas inconclusas y héroes ambiguos. Esa falta de
pretensiones la convertía en un producto pasajero, pero también
simpático y homogéneo. Algo que rápidamente pierden las
franquicias amantes de duraciones superiores a noventa minutos.
A
caballo entre las aventuras unipersonales de cualquier
enmascarado y las tropas heroicas estilo La Patrulla X, la
peculiaridad innata de Los 4 Fantásticos es su concepto
familiar, no sólo en cuanto al sector de audiencia se refiere,
sino aludiendo también a la posibilidad de que una institución
normal penetre en un mundo de outsiders. De ahí
la persecución incansable de una boda no consumada entre Sue
Storm y Reed Richards, que termina eliminando los sobrantes
sentimentales y los ornatos de un formalismo occidental para
delimitar, de una vez por todas, el coto de una familia
diferente. Después de esto, podrían ver
"Los Increíbles"
(2004) como el qué fue de... imposible, bandera de
mismos códigos morales y la misma confianza empecinada en que
la unión hace la fuerza –incluso el Frozone de Pixar tomaba
tanta inspiración de El Hombre de Hielo como del Silver Surfer
que debuta en esta secuela–. Sin embargo, la
sencillez y eliminación tajante de giros argumentales y
secundarios fugaces concentra un exceso de atención sobre
cuatro personajes planos, condenados a palidecer ante el nuevo
y querido invitado,
una criatura extraterrestre de la que apenas se anticipan sus
orígenes, y mucho menos las razones por las que la Tierra lo
convence para abandonar definitivamente la destrucción de
mundos que alimenten al terrible Galactus –antagonista informe
y mal insinuado en la confrontación final, lo cual reduce con
mucho el peso dramático del peligro–.
Al igual
que sucediera en el guión de su predecesora, la trama discurre
por un único eje central que, de cierta manera, pretende
inclinarse hacia el mensaje ecologista por la amenaza de ríos
desertizados y cambios climáticos que puedan convertir iconos
tan representativos como las pirámides de Gizeh en un postre
helado de alta cocina. Pobres obstáculos para unos héroes más
inquietos, de nuevo, por los problemas personales que les
plantea el uso de sus propios poderes –o su intercambio fortuito
e incontrolable, causado por el desconocido surfeador–, y que
sólo presentan secuencias llamativas en la noria de Londres o en
la prototípica carrera urbana que anuncia un desenlace
mesiánico, seguramente poco contagioso a la perpetuidad de la
saga. Y del propio personaje que convierte en razonable la
decisión de rodar la segunda entrega de un éxito moderado:
Silver Surfer, tras esa curiosa y efectiva combinación de la
anatomía aeróbica de Doug Jones
y el tono cavernoso de Laurence Fishburne,
aúna misterio y humanidad en la textura de algo que asemeja más
mercurio que plata –inevitables flashes de “Terminator 2:
El juicio final” (1991)–, si bien su insólita cobertura termina
encerrando mucho menos de lo que alberga su trayectoria en el
cómic –Tim Story
prepara una encerrona fácil, intentando satisfacer visualmente
al fan mientras presenta la evolución nimia del personaje como
un reflejo con moraleja de la relación Sue-Reed, frustrada desde
las primeras escenas–.
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Sus iniciales oponentes se
ajustan con mayor fuerza el traje azul de la misma manera que se
mantienen en las trece de sus respectivas personalidades. Dado
que los superpoderes correspondientes reflejan la identidad de
cada uno, el planteamiento de un intercambio continuo e
impredecible habría ofrecido la base para un paralelismo con el
caos desatado en el planeta, pero pronto se nos recuerda que la
película no quiere ni oler profundidades psicológicas en
beneficio de la curiosidad formal y el guiño rápido –cazadores
de cameos: obvio Stan Lee
intentándose colar en su propia obra, aunque no lo hagan
criaturas surgidas de su pluma y que, en otras reconstrucciones
de la boda Storm-Richards, aparecen como selectos invitados–.
Los novios estiran –nunca mejor dicho– sus diferencias
irreconciliables, Johnny Storm se cuestiona entre débiles
interrogantes sus modales desinhibidos y Ben Grimm reafirma la
felicidad de vivir bajo La Cosa a golpe de chiste y situación
cómica. Nada de peso, aunque lleguen a cubrirse de gloria ante
un villano con tan poco salero y contundencia como el Doctor
Muerte, culpa fundamental de un Julian McMahon
que ya arrastraba el
lastre de su insulsez demoníaca en la televisiva “Embrujadas”.
Visto que la historia se
escribe a lápiz y que las virguerías digitales copan las dosis
de lucimiento, si bien dosificadas y siempre manteniendo un
nivel de realismo que conduce al abandono de la herencia
de la viñeta y la apuesta por el clasicismo narrativo, “Los 4
Fantásticos y Silver Surfer” peca de rigidez,
previsibilidad, frialdad visual y blandura. Es decir, le faltan
los poderes que benefician a los protagonistas, cuya imagen se
acomoda con demasiada facilidad al molde de la franquicia
firmada por Story, como exclusivos superhéroes que no ocultan su
rostro y que reciben el calor mediático y ciudadano,
desconocedores de la ocultación, el rechazo y, por tanto, la
sorpresa. Quizá por esa misma exposición pública inocente, amén
del breve metraje que impide a la mala leche alcanzar el punto
de ebullición, se perdona el vuelo recto y directo de una cinta
que ofrece entretenimiento raudo para una de esas tardes bobas
que discurren lentamente.
Calificación:
    
Imágenes
de "Los 4 Fantásticos y Silver Surfer" - Copyright ©
2007 20th Century Fox, Constantin Film y Marvel Enterprises.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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