CRÍTICA
por
José Arce
En su reciente visita a
Madrid, Matt Groening
y Al Jean,
creador y productor de la famosísima serie televisiva,
respectivamente, hicieron referencia a la que era indudablemente
su mayor preocupación de cara a la traslación de las aventuras
de la familia amarilla de la pequeña a la gran pantalla: hinchar
la duración de un capítulo de apenas treinta minutos a un
largometraje de noventa, con los riesgos que eso podía conllevar
en lo tocante al ritmo, al humor y, en general, al desarrollo de
la historia que nos iban a contar en los cines. La expectación
generada en los últimos años, plagados de rumores,
confirmaciones y desmentidos acerca de la puesta de largo de los
populares personajes en las salas de todo el mundo era la otra
gran losa con la que los padres del serial, convertido en
historia viva de la televisión actual, debían cargar.
Afortunadamente para todos, han superado el reto con nota.
Homer, Bart, Marge, Lisa y Maggie han sabido saltar a un formato
distinto y mucho más peligroso, semillero de críticas y
suspicacias por lo apabullante de su posible repercusión. Es un
hecho más que claro que la popularidad de la serie televisiva a
nivel mundial adquiere una nueva dimensión al convertirse en un
proyecto más ambicioso como es una producción cinematográfica,
máxime cuando el secretismo ha sido el factor dominante hasta el
último minuto previo al estreno.
Pero Groening y compañía han sabido sortear los peligros que
acechaban en las sombras, abandonando toda pretensiosidad para
crear una película que es, simple y llanamente, otra divertida
historia de la familia más popular de Springfield, y no, como
podría haber pasado, un aluvión de apariciones famosas de
personajes estelares o un festival de referencias destinadas a
los más fanáticos e incondicionales. “Los Simpson: La película”
emerge como una producción pensada para todos,
expertos y neófitos, fantásticamente compensada y con un
desarrollo rápido y ameno, en una narración que transcurre,
realmente, en un suspiro.
De hecho, si bien esta renuncia al autobombo es su mayor virtud,
también es su traba más reseñable. Porque da la impresión de
faltar algo, de que nos quedamos a medias, quizá debido a que,
inconscientemente, entramos a la sala en busca de algo más de lo
que realmente es el film. Eso sí, no faltan los momentos
geniales, que se suceden a lo largo de toda la trama, repleta de
bofetones a los estamentos políticos, religiosos y sociales que
han formado siempre parte del espíritu de la serie durante sus
dos décadas de vida.
En
lo que se refiere puramente a la historia, un
extraordinariamente fiel a sí mismo Homer Simpson provoca la
mayor debacle de la historia de su ciudad, un desastre cuasi
apocalíptico y de proporciones bíblicas que, como en tantas
otras ocasiones, tan sólo responde a su ansia de devorar
donuts y engullir litros de refrescante cerveza Duff. Pero
en esta ocasión no serán únicamente sus vecinos los que se
pongan en su contra –en una cacería al hombre digna del
Frankenstein de Mary Shelley–; el padre de familia más
desastroso del mundo rebasará los límites de la paciencia
incluso de los suyos, que renegarán de él en un momento clave
para el devenir de Springfield y, quién sabe, tal vez de la
humanidad. El patriarca deberá enfrentarse a su egoísmo y a su
torpeza si quiere recuperar todo aquello que le importa, en un
cuento sin moraleja acerca de la importancia de la familia y de
los amigos, pero con un subtexto tan claro como contundente, en
un amarillo universo paralelo que no es sino un reflejo extremo
–o no tanto– de nuestra realidad.
La aparición de personajes
está bastante equilibrada, teniendo en cuenta el aluvión de
protagonistas que han inundado nuestros hogares durante tanto
tiempo. Entre las
novedades, un desnudo integral y la primera palabra realmente
malsonante que emerge de la boca de Homer, dos momentos clave
que pasarán a la historia de los entusiastas de la obra de
Groening; y entre el marasmo de chistes, situaciones y anécdotas
hilarantes, destacar una secuencia gratuitamente extraña y
surrealista, que hace una oscura referencia al alcoholismo
infantil. No faltan los homenajes y guiños a películas clásicas,
contemporáneas o incluso a la competencia en el mundo de la
animación –fantástico el momento Disney–, así como instantes que
buscan con éxito la complicidad del espectador. Y es una gozada
ver el trabajo llevado a cabo por parte del equipo para ofrecer
un producto cuidado y de un acabado perfecto, a años luz
–lógico, por otra parte– de la producción televisiva. Agua,
fuego, cristales, amplios y complicados movimientos de cámara y
pequeños detalles, todo tiene una definición limpia, perfecta,
con una banda sonora genial, obra de Hans
Zimmer, potenciada por
el fabuloso trabajo de los muchachos de los estudios Skywalker.
Si
es el inicio de una saga, sólo lo sabe su creador. Sea como
fuere, no queda sino congratularse por lo bien que Groening y
los suyos han sabido sortear esta toma de contacto con la voraz
industria cinematográfica, una pirueta que incontables fans
celebrarán durante mucho, mucho tiempo.
Calificación:
    
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2007 20th Century Fox y Gracie Films. Distribuida en España por
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