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MATRIMONIO COMPULSIVO
(The heartbreak kid)


Dirección: Peter Farrelly y Bobby Farrelly.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 115 min.
Género: Comedia romántica.
Interpretación: Ben Stiller (Eddie Cantrow), Michelle Monaghan (Miranda), Malin Akerman (Lila), Jerry Stiller (Doc Cantrow), Rob Corddry (Mac), Carlos Mencia (Tito Hernández), Scott Wilson (Boo), Danny McBride (Martin).
Guión: Bobby Farrelly, Peter Farrelly, Kevin Barnett, Leslie Dixon y Scot Armstrong; basado en el guión original de Neil Simon para la película "El rompecorazones" (1972); a partir del relato "Cambio de planes" de Bruce Jay Friedman.
Producción: Ted Field y Bradley Thomas.
Música: Brendan Ryan y Bill Ryan.
Fotografía: Matthew F. Leonetti.
Montaje: Alan Baumgarten y Sam Seig.
Diseño de producción: Sydney Bartholomew y Jay Vetter.
Vestuario: Louise Mingenbach.
Estreno en USA: 5 Octubre 2007.
Estreno en España: 11 Octubre 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Esto es invocar al rey de Roma y que venga a servirnos la mesa. Se confirma la teoría de que la irreverencia cómica anda en horas bajas, parece que en manos de salidos que, desde luego no por motivos comerciales, se han ido autocensurando hasta parar en la amorfa categoría de humor generalista. A los hermanos Farrelly, responsables de “Matrimonio compulsivo”, todavía se les escapa algún que otro detalle insolente, pero más cercano a la efectividad probada de su escatología explícita que a un gamberrismo nato con muchos asuntos sociales, sentimentales, familiares y políticos pendientes.

 

  Regresar a su buque de la suerte, el infravalorado Ben Stiller –¿es que nadie lo vio en “Amigos y vecinos” (1998)?–, parece síntoma de una indecisión filmográfica antes que una reivindicación de la apoteosis del sinsentido que fue “Algo pasa con Mary” (1998). Y aunque el punto de partida ofrece material suficiente para voltear con una sola patada múltiples convencionalismos, la comedia da la espalda al romance con menos caña de la deseable y ciertas miradas de reojo que remiten a la vena blanda del dúo –"Amor ciego" (2001)–. Basta con las evocaciones a películas de género rosa que provoca la simple tipografía del póster promocional y su sencillo tagline: el amor duele, sí, pero también que la sátira alcance con frecuencia el encasillamiento de los mamporros.

  ¿Cuánto tiempo debe esperarse para dar el paso definitivo? –entiéndase "boda", a estas alturas…–. O, mejor dicho, ¿es el tiempo el más firme medidor de decisiones tan comprometedoras? A Eddie Cantrow (Ben Stiller) le corroen las prisas del solterón que cree vivir en un limbo sin ventajas y con canas, por lo que no duda en arrodillarse ante un ángel casual, Lila (Malin Akerman) –ya lo decía Eric Clapton, «Layla, you've got me on my knees»–. La precipitación saldrá a la luz durante una luna de miel poco idílica y protagonizada por una esposa que, de la noche a la mañana, revela su faceta psicótica, infantil y ninfómana, momentos que los Farrelly aprovechan para dejar bien claro que el amor, el pretendido placer, también hiere físicamente. Si la situación recuerda al arranque de "Y entonces llegó ella" (2004), con la que comparte protagonista, la búsqueda optimista de una relación sincera y estable que se desarrollaba en aquélla encuentra aquí su lado opaco en Miranda (Michelle Monaghan), una dulce, divertida y benévola mujer que Eddie empieza a perseguir por las playas mejicanas atendiendo a una nueva doble vida. Que las apariencias engañan supone la hipótesis central de la historia, y aunque las conclusiones, poco arriesgadas, no compensan el desarrollo típico y con despuntes romanticones, al menos conduce a un final desmitificador que, ahora sí, podría dar pie a una desmadrada película.

  Ambos directores tampoco consiguen que el trazado musical de un desastre amoroso cuaje apartándose del sentido comercial. Empezar una relación por unas bragas perdidas con la efigie de David Bowie –una de sus canciones sirve, además, para afianzar el feeling creciente entre Eddie y Miranda. ¿Infidelidad melómana?– o inaugurar el viaje de novios con el “Rosalita” de Bruce Springsteen desemboca en una degradación de la banda sonora, según los irritantes gustos de Lila y los subrayados mejicanos –Julieta Venegas y la inevitable banda de mariachis. «¡Mira, esto sí es Méjico», exclama el alma de turista de Eddie–. De esta manera consigue destacar la idea de la revelación matrimonial a través de la radio del coche, pero una vez alcanzado el lugar de destino la acción cae en las actitudes huidizas y encontronazos que pretenden embarullar con poco esfuerzo los componentes de la película. La familia de Miranda comparte juergas y chistes graciosos sólo entre ellos, y el semi-encierro de Lila a mitad de metraje libera las alas de Eddie, restando posibilidades tragicómicas. Los habituales secundarios –en ocasiones salvavidas de una médula endeble– se reducen al conserje mejicano y al padre y amigotes del protagonista, cabezas destacadas de esa postura tendente a la natural exageración en el terreno humorístico acerca del matrimonio y las mujeres –amén de un cameo sorpresa final–.

  Quizá absorbidos por las expectativas de su propio éxito impertinente y las miradas asesinas de quienes odiaron su tratamiento de cuestiones tabú, los Farrelly se han comedido de manera que las puntuales groserías puedan ser fácilmente obviadas por el fan de la comedia romántica y captadas por el espectador de productos menos clásicos. Aunque eficaz, dicha actitud desvela mucha comodidad a la hora de poner patas arriba esto de hacer reír y de entender las relaciones modernas hombre-mujer, algo que podíamos esperar visto ese beso interruptus en bicicleta, el colmo de la ñoñería y el tortazo merecido.

Calificación:


Imágenes de "Matrimonio compulsivo" - Copyright © 2007 DreamWorks Pictures, Radar Pictures, Davis Entertainment Company y Conundrum Entertainment. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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