CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Esto es invocar al rey de
Roma y que venga a servirnos la mesa. Se confirma la teoría de
que la irreverencia cómica anda en horas bajas, parece que en
manos de salidos que, desde luego no por motivos comerciales, se
han ido autocensurando hasta parar en la amorfa categoría de
humor generalista. A los hermanos
Farrelly, responsables
de “Matrimonio compulsivo”, todavía se les escapa algún que otro
detalle insolente, pero más cercano a la efectividad probada de
su escatología explícita que a un gamberrismo nato con muchos
asuntos sociales, sentimentales, familiares y políticos
pendientes.
Regresar a su buque de
la suerte, el infravalorado Ben Stiller
–¿es que nadie lo vio en “Amigos y vecinos” (1998)?–, parece
síntoma de una indecisión filmográfica antes que una
reivindicación de la apoteosis del sinsentido que fue “Algo pasa
con Mary” (1998). Y aunque el punto de partida ofrece material
suficiente para voltear con una sola patada múltiples
convencionalismos, la comedia da la espalda al romance con menos
caña de la deseable y ciertas miradas de reojo que remiten a la
vena blanda del dúo –"Amor ciego"
(2001)–. Basta con las evocaciones a películas de género rosa
que provoca la simple tipografía del póster promocional y su
sencillo tagline: el amor duele, sí, pero también que la
sátira alcance con frecuencia el encasillamiento de los
mamporros.
¿Cuánto tiempo debe
esperarse para dar el paso definitivo? –entiéndase "boda", a
estas alturas…–. O, mejor dicho, ¿es el tiempo el más firme
medidor de decisiones tan comprometedoras? A Eddie Cantrow (Ben
Stiller) le corroen las prisas del solterón que cree vivir en un
limbo sin ventajas y con canas, por lo que no duda en
arrodillarse ante un ángel casual, Lila (Malin
Akerman) –ya lo decía
Eric Clapton, «Layla, you've got me on my knees»–. La
precipitación saldrá a la luz durante una luna de miel poco
idílica y protagonizada por una esposa que, de la noche a la
mañana, revela su faceta psicótica, infantil y ninfómana,
momentos que los Farrelly aprovechan para dejar bien claro que
el amor, el pretendido placer, también hiere físicamente. Si la
situación recuerda al arranque de "Y entonces llegó ella" (2004),
con la que comparte protagonista, la búsqueda optimista de una
relación sincera y estable que se desarrollaba en aquélla
encuentra aquí su lado opaco en Miranda (Michelle
Monaghan), una dulce,
divertida y benévola mujer que Eddie empieza a perseguir por las
playas mejicanas atendiendo a una nueva doble vida. Que las
apariencias engañan supone la hipótesis central de la historia,
y aunque las conclusiones, poco arriesgadas, no compensan el
desarrollo típico y con despuntes romanticones, al menos conduce
a un final desmitificador que, ahora sí, podría dar pie a una
desmadrada película.
Ambos directores tampoco
consiguen que el trazado musical de un desastre amoroso cuaje
apartándose del sentido comercial. Empezar una relación por unas
bragas perdidas con la efigie de David Bowie
–una de sus canciones sirve, además, para afianzar el feeling
creciente entre Eddie y Miranda. ¿Infidelidad melómana?– o
inaugurar el viaje de novios con el “Rosalita” de
Bruce Springsteen
desemboca en una degradación de
la banda sonora, según los irritantes gustos de Lila y los
subrayados mejicanos –Julieta Venegas
y la inevitable banda de
mariachis. «¡Mira, esto sí es Méjico», exclama el alma de
turista de Eddie–. De esta manera consigue destacar la idea de
la revelación matrimonial a través de la radio del coche, pero
una vez alcanzado el lugar de destino la acción cae en las
actitudes huidizas y encontronazos que pretenden embarullar con
poco esfuerzo los componentes de la película. La familia de
Miranda comparte juergas y chistes graciosos sólo entre ellos, y
el semi-encierro de Lila a mitad de metraje libera las alas de
Eddie, restando posibilidades tragicómicas. Los habituales
secundarios –en ocasiones salvavidas de una médula endeble– se
reducen al conserje mejicano y al padre y amigotes del
protagonista, cabezas destacadas de esa postura tendente a la
natural exageración en el terreno humorístico acerca del
matrimonio y las mujeres –amén de un cameo sorpresa final–.
Quizá absorbidos por las
expectativas de su propio éxito impertinente y las miradas
asesinas de quienes odiaron su tratamiento de cuestiones tabú,
los Farrelly se han comedido de manera que las puntuales
groserías puedan ser fácilmente obviadas por el fan de la
comedia romántica y captadas por el espectador de productos
menos clásicos. Aunque
eficaz, dicha actitud desvela mucha comodidad a la hora de poner
patas arriba esto de hacer reír y de entender las relaciones
modernas hombre-mujer, algo que podíamos esperar visto ese beso
interruptus en bicicleta, el colmo de la ñoñería y el
tortazo merecido.
Calificación:
    
Imágenes de "Matrimonio compulsivo" - Copyright © 2007
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y Conundrum Entertainment.
Distribuida en España por Universal Pictures International
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