CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Al contrario de lo que afirma
nuestra supuestamente libre y plural sociedad, ser irreverente
está cada día peor visto. Tenga sus raíces en fenómenos
antropológicos, culturales o esnobistas, los dramas, al
margen de sus debilidades o aciertos exclusivos, reciben un
respeto indiscutible frente a la mayor parte de la comedia,
siempre condenada al rechazo frívolo y a la revalorización
sujeta a enormes distancias temporales. Importado de Hollywood,
el desprecio visceral hacia una comedia romántica esquelética y
a una caterva del Saturday Night Live rápidamente tachada de
descerebrada –actitud que obvia las muchas y aceradas críticas
ocultas tras esa superficie– no promete un diagnóstico saludable
para un género poco mimado y venerado. Si en los Estados Unidos
hacer reír empieza a equipararse, en sus estrenos masivos, a un
"suma y sigue" de slapsticks rancios y chistes
verdes, la respuesta europea tampoco ayuda a elevar un listón
catatónico. Por eso es una pena que, a pesar de su fama de
impulsor hilarante,
Frank Oz
firme en “Un funeral de muerte” el mismo sinsentido de equívocos
requetevistos bañados en un sosísimo humor British.
Lo que podía prometer una
vuelta de tuerca irónica y desmitificadora de la “Celebración”
de Thomas Vinterberg (1998), provoca en realidad una regresión a
una de aquellas comedias protagonizadas por un imberbe Tom
Hanks. El hijo responsable (Matthew MacFadyen)
que debe lidiar con los gastos y la organización del funeral del
patriarca, galería de familiares desubicados que certifican
sucesivas leyes murphyanas hasta que todo lo que iba mal
termina peor. Sin embargo, a la película le falta relax para
creerse sus propias tonterías –como si a Zoolander no le
enchufasen la canción homónima para alienarse a gusto–, ni de
lejos atisba el honor de sus compatriotas Monty Python, y su
velado humor negro deriva con lentitud hacia una escatología que
roza el caca-culo-pedo-pis. Un viejo incontinente, un enano
amante del muerto, un tipo desnudo por el tejado y un frasco de
alucinógenos rodando de mano en mano resultan más graciosos así
dichos que vistos en una trama que los trata como obstáculos e
incordios antes que como protagonistas de una acción destinada a
desmadrarse.
Parte de la culpa de este
desasosiego se debe al exceso de seriedad que aportan los
personajes "equilibrados", como MacFadyen –y su continua
expresión llorosa y sus balbuceos de anestesiado, que hacen
increíble que un día este actor quisiera hacerse pasar por el
famoso señor Darcy–, Martha (Daisy Donovan),
la prima histérica que no deja de aporrear puertas y mantener
las apariencias, y el hermano viva la virgen que enseguida
descubre su pedacito de bondad y benevolencia. Pero tampoco hay
demasiado que salvaguardar, pues el resto de los invitados son
una masa informe que sólo despuntan en la figura de la viuda
–cuya explosión se reserva para un final breve y abrupto– y el
tío cascarrabias que perpetúa su rol frente al triunfo de los
jóvenes. La otra mitad del problema recaería en la concepción
del orden, abstracto y espacial, que luce un guión demasiado
rígido y que alterna los escasos escenarios según un canon de
lógica que no hace justicia al tono alocado del
propósito. Apenas móvil entre
el jardín y el salón central de la casa, la
cámara registra de manera teatral e inexpresiva un vaivén
empañado por demasiada flema británica, mientras desaprovecha el
enclave de las confusiones:
el despacho del difunto que es a su vez conexión con el baño, el
salón y un nuevo contexto de muerte fortuita. La estructura
circular que adopta el largometraje, trazada desde el ataúd
expuesto en la sala, no plantea lecturas superpuestas o vueltas
vertiginosas a medida que avanza el metraje, sino un retroceso a
la tranquilidad del principio una vez que todos se hartan del
surrealismo intermedio.
La destrucción del orden,
representado en el velatorio, una reunión de conveniencias y
tradiciones ancestrales que pretende reafirmar el núcleo
familiar, no tiene por qué pagarse, en el terreno humorístico,
con su restitución. Más bien al contrario, dinamitar el orden
supone una demostración del desorden implícito al hombre y su
entorno, enmascarado bajo reglas racionales –principio que el
director sí conseguía en “In & Out” (1997)–. Esto, que lo sabían
los grandes nombres de la comedia y lo practicaban hasta
personajes tan injustamente denostados como Jerry Lewis, ha sido
un salto de pértiga para Frank Oz, quien prefiere encauzar un
clímax prometedor hacia el panegírico de ese orden perdido antes
que utilizarlo como colofón de una crítica pequeño-burguesa o de
un vacío lógico en todas direcciones. La emoción mostrada desde
una perspectiva conmovedora rompe el sentido burlesco original y
entrecruza dos géneros a causa de la confianza en el drama y el
riesgo suicida de firmar un cartoon humano, del que se reniega
tanto como del que se avergüenza. Tanta condescendencia supone
elevar al paroxismo la máxima de Blake Edwards sobre el
equilibrio entre momentos cómicos y descansos sentimentales,
bache que también sufría
"Las mujeres perfectas"
(2004), ejemplo previo de fracaso recargado, con un plantel de
actores mal conducido y una tendencia a abrazar la "normalidad",
inexplicable viniendo de alguien que pone voces a muñecos
peludos, y que impide a la comedia ser lo que debería: la capa
interna y latente del mundo, sobre la que pretendemos edificar
nuestros rectilíneos mapas urbanos, y no una atmósfera
extraterrestre que pueda evaporarse con los disparos de débiles
argumentos en pro de una sensatez absurda.
Calificación:
    
Imágenes
de "Un funeral de muerte" - Copyright ©
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