CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
El orfanato
es una película que llega beneficiada y perjudicada al mismo
tiempo por las preconcepciones del público. Me refiero a esa
especie de inconsciente colectivo que la ha ido etiquetando,
incluso antes de haberla visto, en el mismo cajón que "Los otros". Las
razones, en realidad, son tan vagas e insuficientes como el mero
hecho de ver a una rubia y a un niño metidos en una vieja casa
en la que parece haber fantasmas (un razonamiento que, así
planteado, a bocajarro, se cae por su propio absurdo). Sin
embargo, la cinta de Juan Antonio Bayona tiene tanto que
ver con la de Alejandro Amenábar como, de hecho, pueda tenerlo
con "Frágiles", de Jaume
Balagueró, que al fin y al cabo también nos hablaba de un
decrépito orfanato encantado y una protagonista rubia con
cuentas por saldar con el pasado.
Por suerte, la película se queda con lo
mejor de esa arma de doble filo que son las apariencias: por
un lado, sin duda atraerá a las salas a todos aquellos
espectadores a los que gustó la propuesta de Amenábar y, por
otro, posiblemente se gane el beneplácito de aquellos que
sepan ver bajo la superficie y descubran que, en efecto, el
film de Bayona tiene su propio espíritu y su propio pulso,
aunque irónicamente sea una (sabia) combinación de los de las
dos obras arriba mencionadas.
La naturaleza de la cinta, pues, obedece
antes a la de un melodrama con ribetes de thriller
sobrenatural que a la de una obra de terror puro. No en vano,
nos cuenta la historia de Laura (Belén Rueda), una mujer
que se traslada con su esposo Carlos (Fernando Cayo) y su
hijo Simón (Roger Príncep) al antiguo orfanato que fue su
casa en la infancia, con la intención de rehabilitarlo como un
modesto hogar de cuidados a niños con minusvalías psíquicas. Sin
embargo, los juegos de Simón con unos amigos invisibles hacen
que Laura se inquiete y comience a sospechar que hay algo que no
anda bien en el orfanato.
Quizás el mayor lastre que arrastre el
largometraje sea un comienzo y un final un tanto alargados. En
el primer caso, se entiende perfectamente, dada la necesidad de
asentar las bases de la historia y las claves necesarias para
comprender en toda su dimensión el alucinante viaje emocional
que nos depara Bayona, aunque tal vez pida con ello demasiado a
ese espectador estándar poco acostumbrado a que una película de
terror tarde tanto en empezar a zarandearle. En el segundo caso,
posiblemente sí se le haya ido la mano a la hora de subrayar la
dimensión poética del relato e incluso de atar cabos (muchos de
los cuales siguen quedando sueltos, cabe señalar) con esa
sucesión de epílogos a mi juicio un tanto excesiva.
En cualquier caso, se trata de trabas
menores en un film que funciona sorprendentemente bien a todos
los demás niveles. Y digo sorprendentemente porque, no lo
olvidemos, viene dirigido por un novel como es Bayona y con un
reparto encabezado por Belén Rueda, actriz más conocida
por sus no demasiado espectaculares trabajos televisivos, en su
primer papel protagonista para la pantalla grande. De nuevo las
preconcepciones, sí... pero el caso es que nada podía augurarnos
una mano tan férrea y segura por parte de Bayona (que demuestra
haber digerido y reformulado espléndidamente lo mejor de sus
referentes americanos), ni tampoco una actuación tan
arrolladora y absorbente como la que nos depara Rueda, que no
sólo llena la pantalla con su mera presencia, sino que nos
regala un magnífico tour de force interpretativo que,
a buen seguro, le deparará más de un premio.
Por fortuna,
los méritos del film no se quedan ahí. De una factura
sencillamente impecable, funciona muy bien tanto como reflexión
sobre los fantasmas de la infancia y los miedos de la maternidad
(deliciosamente integrados los apuntes al Peter Pan de Barrie),
así como cuento de terror, con escenas tan memorables y
escalofriantes como la sesión de hipnosis regresiva con la
siempre inmensa Geraldine Chaplin. Un cuento de terror
que no sólo consigue mantener en vilo al espectador con esa
tensión in crescendo culminada en uno de los finales más
irónicos y desoladores que un servidor recuerda en cintas de
corte similar, sino que también nos ofrece algunos de los
sobresaltos más brutales, honestos y alejados del cliché que se
hayan visto en el cine reciente.
Quizás habrá
de pasar mucho tiempo para que el inconsciente colectivo deje de
asociar "El orfanato" a "Los otros", pero
mientras tanto, y al menos para quien esto firma, el film de
Bayona ya le ha ganado la baza al de Amenábar. Más sincero y
emotivo, menos tramposo y, a todas luces, más terrorífico, queda
claro que no se trata de una obra perfecta, pero ni falta que
le hace: sigue siendo, aun con todo, una obra muy poderosa.
Calificación:
    
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