CRÍTICA
por
Leandro Marques
Ni pizca de
ingenio
Si algo
define lo esperable de una cinta de serie B –que se caracteriza
por su bajo presupuesto, actores de segundo y tercer nivel, y
una apuesta estética y narrativa divertidamente brusca– es la
posibilidad de encontrarse con un cine descontracturado,
sin pretensiones desmedidas, capaz de reírse de sí mismo y del
resto de las personas y sucesos del mundo. Desfachatez, absurdo,
malos efectos especiales, son factores que suelen aparecer en
esta clase de películas. Factores que bien entrelazados, y con
el sostén de una historia que sepa a dónde dirigirse y cómo
hacerlo, pueden constituir pequeñas grandes obras, o al menos
pequeños grandes entretenimientos. “Idiocracia”, en exceso
respetuosa, cuidada y hasta políticamente correcta, cuenta con
varios elementos característicos de la serie B –bajo
presupuesto, escasos esfuerzos en el arte de cada escena, etc.–,
pero nunca logra encontrar un espacio donde poder sentirse
cómoda y fluir con naturalidad. Es más, por momentos, se la
percibe casi como una agresión al honesto prestigio obtenido por
los filmes de su clase.
De todas maneras, dejando de lado
cualquier etiqueta de género, en “Idiocracia” se destacan
negativamente unos cuantos aspectos que hacen a la
construcción de una película y que ciertamente van más allá de
cualquier clasificación. Todo el recorrido argumental que
decide atravesar el largometraje, dirigido por
Mike Judge y protagonizado
por Luke Wilson, es una
clara muestra de las carencias esenciales del largometraje. En
primer lugar, porque luce tan desalineado como aburridamente
simple y miles de veces observado antes. Con la excusa de un
experimento militar, que se propone preservar a los mejores
individuos para futuras guerras, se decide congelar por un año
a dos personas, un hombre y una mujer, cuyos coeficientes de
inteligencia, a falta de voluntarios brillantes que aceptaran
ser parte de la experiencia, los sitúan como prototipos de
personas absolutamente promedio. Léase comunes. Léase
ordinarias.
Los diez minutos introductorios dejan una
impresión cercana a lo grato. En este primer fragmento, la cinta
no parece esforzarse por construir un contexto sólido ni por
delinear un relato coherente. Tal vez por esa despreocupación se
constituye en el tramo más refrescante y divertido de la
película. Pero a partir de que lo obvio sucede, que el
experimento se abandona, y que los congelados se despiertan
quinientos años más tarde, el film no hace más que exponer sus
serias dificultades creativas. El planeta está en un caos de
inteligencia y desbordado por la ineptitud de los hombres. Las
ciudades se dejaron invadir por montañas de basuras, y las
personas, inodoro frente a la televisión, son incapaces de
resolver hasta la suma más sencilla. En ese contexto, dos
personas normales como los protagonistas se convierten en una
especie de genios salvadores del colapso que acecha al planeta.
La puesta en escena de la mencionada situación no juega, no
provoca, prácticamente no se burla, de la situación en sí. No es
malo eso, sí que lo intente, que se lo proponga, y no esté ni
cerca de generar una sonrisa. Ni la ambientación, ni los
diferentes percances que viven los personajes proponen algo
demasiado original, no se plantean ni demasiado grotescas, ni
irrisoriamente comunes. Es como si la propuesta, que
potencialmente podría abrir un universo de posibilidades e
ideas, no se terminara de exigir a fondo a sí misma y se
conformara con ofrecer una amarga y previsible intrascendencia.
Parece quedarse satisfecha con poco, con casi nada: porque no
asume riesgo alguno.
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La narración
transcurre en una medianía que no regala momentos de intensidad.
“Idiocracia” puede mirarse en piloto automático, en actitud
pasiva. Como no construye lazos de comunicación con el
espectador, como no lo seduce en ningún momento, deja espacio
para ir y volver un rato después conservando la idea de que no
se ha perdido nada. Por si fuera poco, la falta de audacia y
voluntad de diversión y riesgo que evidencian las imágenes y
situaciones, chocan con destellos de un discurso moral tendiente
a señalar cómo deberían ser las cosas y a forzar un mensaje al
respecto. Esto toma lugar en el personaje interpretado por
Wilson, que de hombre apenas normal pasa a convertirse en la
persona más lista del planeta: es atravesado por momentos por un
discurso moralizante tan chato, pretencioso y fuera del marco
estético narrativo del film, que sería muy dificultoso
encontrarle un sentido. De una propuesta que pareciera
ofrecer entretenimiento liviano, audaz, hasta provocador,
“Idiocracia” se vuelve casi lo contrario: aburrida, pesada, nada
ingeniosa y, sobre todo, torpemente invadida por ciertas
pretensiones de enseñanza explícita que sólo provocan
sensaciones semejantes a la vergüenza ajena.
Calificación:
    
Imágenes
de "Idiocracia" - Copyright © 2006
Twentieth Century Fox y Ternion Films. Distribuida en España por
Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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