CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El cine de aventuras marinas siempre se ha nutrido de novelas
que previamente habían hecho las delicias del lector
imaginativo. Directores como Raoul Walsh, Jacques Tourneur o
John Huston lograron obras imperecederas en los años 40 y 50,
como “El mundo en sus manos”, “El hidalgo de los mares”, “La
mujer pirata” o “Moby Dick”. Piratas y corsarios, tesoros y
romances, hombres recios y amistades nobles, aventuras y
peligros en alta mar que han querido ser recientemente
reflotados con "Master
and commander: Al otro lado del mundo" y la
saga de "Piratas
del Caribe"...,
aunque ya no es lo mismo. El cine ha cambiado, y la industria se
ha impuesto hasta el punto de darnos productos de consumo fácil
y digestivo. Salvo excepción, no encontramos guiones de
construcción sólida ni historias apasionantes, y son
infrecuentes los retratos de personajes caracterizados con
sutileza o profundidad. En cambio, las facilidades técnicas nos
han permitido seguir disfrutando de panorámicas marítimas
placenteras, así como de bandas sonoras y de una fotografía muy
sensoriales que nos transportan a lugares de marejada y
profundidades insondables para ser allí un protagonista más.
En
esta ocasión, una novela de Arturo
Pérez-Reverte sirve a
Imanol Uribe
para sumergir su cámara en los mares de Cartagena, y buscar con
Tánger, Coy y Palermo un tesoro hundido con el bergantín Dei
Gloria que lo transportaba en el siglo XVII. Personajes
enigmáticos y obsesivos para una aventura en busca de esmeraldas
o sirenas –cada cual tiene sus preferencias–, dispuestos a
mentir o servirse del sexo y la violencia sin ningún reparo
moral con tal de conseguir su objetivo. El éxito de la novela y
del escritor hacen que la película parta con un público seguro
–también más exigente al conocer la historia–, y el buen cartel
del reparto invita a asistir a su proyección. Sin embargo, la
decepción llega, una vez más, del guión, demasiado literario y
carente de fuerza dramática. Sus diálogos se convierten, en
ocasiones, en algo artificioso y desvitalizado, con reacciones
poco naturales y forzadas, cuando no se nos presentan
situaciones venideras previamente radiografiadas por la cámara.
Pero el problema no está en las
interpretaciones, sino en la construcción de la historia y de la
caracterización de los personajes, así como en la falta de ritmo
e intensidad dramática.
La búsqueda del tesoro carece de tirón y enganche, y quizá por
eso se recurra a una historia de amor pasional –aunque el
temporal no acompañe y no asistamos a ninguna tormenta ni
naufragio, como el género exige–, algo que resulta previsible
con cada giro y que parece necesitar de sexo fuerte en su
intento de capturar la atención y de generar personajes con
pulsiones interiores. Son concesiones mercantilistas y caminos
equivocados para enganchar a un espectador que asiste sin
altibajos emocionales a un largometraje que permanece siempre en
la superficie, por mucho que Carmelo Gómez
cargue con oxígeno y baje una
vez tras otra al fondo marino a buscar el dichoso tesoro.
Decíamos que el problema no radica en las interpretaciones, nada
extraordinarias por otra parte. Carmelo Gómez se esfuerza por
dar coherencia y credibilidad a ese marino mercante que actúa de
narrador al hilo de su diario de mar, pero que en algunas fases
parece fuera de la historia, y que no llega a trasmitir la
necesaria sintonía con Tánger ni con el resto de personajes. Más
discutible aún es la encarnación de Aitana
Sánchez-Gijón como
Tánger, que en ocasiones parece una refinada e ilustrada modelo
para en otros momentos adoptar con poca convicción una pose de
heroína o mujer fatal sin escrúpulos. En su falta de
pretensiones y en un papel secundario, Javier
García Gallego merece
una mención especial como el “piloto” por su naturalidad y
verosimilitud.
Como decíamos al principio, lo bueno de la cinta de Imanol Uribe
hay que buscarlo en los aspectos artísticos, y especialmente en
la fotografía de Javier Aguirresarobe,
que logra captar tanto la blancura de la luz marítima como la
oscuridad nocturna para trasmitir con ello las intenciones más o
menos rectas de unos y otros. También la música de
Bingen Mendizábal
aporta la frescura de la
aventura, y una ajustada planificación permite al espectador
contemplar bellos paisajes marinos y seguir bien la historia.
Aciertos que, sin embargo, no son suficientes para esta
adaptación fallida de la obra de Pérez-Reverte, demasiado
presente en la literalidad del guión. Parece como si el director
no hubiese sabido extraer su esencia y generar imágenes con vida
propia que atrapasen al espectador, que asiste impertérrito a
una aventurilla de mar, olvidadiza e insustancial, con tesoro y
sirena incluidos.
Calificación:
    
Imágenes
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en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
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