CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Tristeza en el
celuloide
Con solo dos
películas, Jaime Rosales se ha ganado el respeto de todos
y el merecido título de “autor”. Alejado del cine comercial y
comprometido con el valor de la imagen como instrumento para
reflejar la vida, ha sabido recoger historias humanas llenas de
verdad y sentido de lo cotidiano. El Festival de Cannes ha
reconocido este talento, y la cinta que ahora se estrena viene
de recoger los mejores elogios de crítica y público. Su
propuesta se sitúa en ese territorio compartido por la ficción y
el documental, donde se da una cuidada puesta en escena y una
marcada voluntad de estilo, todo al servicio de una autenticidad
y de un respeto hacia la realidad, con unos personajes
retratados en sus más interiores y complejos recovecos.
Estructurado
en cuatro capítulos y un epílogo, Rosales deja que la cámara se
empape de tristeza y también de humanidad al recoger fragmentos
de vida de dos mujeres, Antonia y Adela, y de sus respectivas
familias. Sus historias conforman tramas que apenas se
entrecruzan en su devenir, pero que funcionan como hilos de un
mismo tejido social, entre la lucha por evitar la soledad y las
dificultades propias de la convivencia. Antonia es una viuda que
vive para sus hijas y que encuentra en Manolo, un buen hombre,
alguien con quien sobrellevar el final de sus días. Su único
anhelo es mantener la paz y armonía familiar, a pesar de las
pequeñas mezquindades y egoísmos de Nieves, del cáncer que
padece Helena o de las verdades lanzadas como puñales por Inés.
Por su parte, Adela es una joven separada y con un hijo, que
abandona el pueblo para intentar abrirse camino en la capital, y
que tendrá que enfrentarse al trágico destino de estar sola en
el mundo.
Entre
otras muchas, quizá la primera y mayor virtud del director
catalán sea la de saber presentarnos a personas normales, con
sus intentos por convivir pacíficamente y evitar la soledad, y
los problemas que torpedean esas relaciones y amenazan con
llevarlas a pique: dinero, enfermedad, muerte e
incomunicación frente a sentimientos soterrados de amistad y
amor pudoroso para seres necesitados de compañía e ilusión. Sus
diálogos son naturales y espontáneos, nada pretenciosos ni
rebuscados, sobre los temas más ordinarios y también más
importantes. En cuanto a sus reacciones, resultan absolutamente
verosímiles y cargadas de frescura, tanto cuando se enfrentan a
un diagnóstico médico fatal como cuando hablan de los tatuajes o
se disponen a repartir una herencia. Son vidas que comienzan
entre divertidos comentarios con un punto de ilusión y alegría,
entre juegos infantiles y opiniones sobre la importancia o no de
ser guapos para enamorar, y que poco a poco van derivando, entre
situaciones dramáticas y esfuerzos por capear el temporal, hacia
la negrura existencial. Retratos matizados y respetuosos, con
una marcada pátina de pesimismo que su director ya mostraba en
"Las horas del día",
aunque sin amargura y sí con una triste resignación.
En cada
situación y gesto se adivina una magnífica dirección de actores
y unas interpretaciones acordes con la cuidada puesta en escena
y planificación. Desde el comienzo, Rosales hace gala de un
estilo preciso en el que cada detalle tiene un sentido narrativo
o expresivo. Los mismos títulos de crédito aparecen fragmentados
en su disposición, en clara referencia a la fragilidad de la
vida y de las relaciones humanas. En las primeras escenas, la
pantalla partida en dos le servirá para mostrar el aislamiento
de unos personajes que hablan y conviven en un mismo espacio
pero cuya realidad está continuamente amenazada por la distancia
emocional; ese mismo recurso cobra especial fuerza cuando
recoge, con primeros planos, las difíciles conversaciones de
pareja situando a uno de perfil y a otro de frente, con miradas
a cámara que llegan a conmover y perturbar al espectador que
advierte el dolor de los personajes. De igual manera, más
adelante el uso de una cámara fija y discretamente colocada no
impide un perfecto tratamiento espacial de los lugares de
acción, y entonces la planificación partida permite elaborar una
mirada plural de un único objeto, desde distintos ángulos o
puntos de vista a modo de "cubismo cinematográfico", y penetrar
en los entresijos de una matizada realidad relacional o
personal.
Todos los
actores y actrices realizan trabajos soberbios y logran momentos
de verdadera emoción contenida, nada impostada ni artificiosa.
Parecen no estar representando ninguna tragedia ni drama
existencial, sino sólo permitiendo que la cámara se cuele en su
alma cuando el dolor la inunda y quedan sumidos en la soledad y
tristeza. Duele ver a Petra Martínez como esa madre que
se esfuerza por pasar por alto las salidas de tono de sus hijas
que se pelean, o contemplar a Sonia Almarcha sola ante el
espejo hundiéndose en su fatalismo, o la llegada al Hospital de
una María Bazán dispuesta a enfrentarse a una
operación de riesgo. El guión avanza con un ritmo constante y
adecuado, el necesario para que el espectador se meta y comparta
con los protagonistas unas oscuras nubes que van cubriendo el
cielo de su vida. La ausencia de música extradiegética permite
que el sonido y el silencio adquieran una función esencial para
dar verismo a cada situación, lo mismo que un inteligente uso
del fuera de campo con el que Rosales permite al espectador
asistir activamente a esos momentos de convivencia real.
En todo el
desarrollo de la trama, únicamente hay un momento en que el tono
parece romper la dinámica intimista y lacónica. Es el de la
acción terrorista, quizá algo forzada en su necesidad de dar un
giro narrativo a la historia y también en el deseo —según su
director— de dejar constancia de un miedo tan presente en la
actualidad. Pero, a pesar de esa cuestionable opción, la verdad
es que está resuelto de la manera menos espectacular posible,
con un minimalismo y desnudez narrativa que nos recuerda al
mejor Robert Bresson.
No estamos
ante una película de entretenimiento, lo que no significa que
sea un film "raro" o de difícil visión. Todo lo contrario, pues,
desde su inicio, quien asiste a la proyección se siente
cautivado por su cuidada e inteligente elaboración, donde forma
y fondo caminan al unísono en su intento por plasmar la verdad
de la realidad cotidiana. Es cierto que sólo es recomendable
para quien así entienda el cine, y no para quien sólo busque una
evasión loca y desenfrenada repleta de acción externa y efectos
especiales. Aquí la acción es interior y se da en cada
personaje, la realidad es cierta y no construida sobre sueños
imposibles, y la imagen es cauce para decir algo y no sólo
soporte en el que se impresionen unos objetos. Rosales nos
ofrece una joya de cine auténtico, que recoge una parte de la
realidad, triste y dolorosa, desde una óptica nada complaciente
ni optimista, pero verdadera y honesta.
Calificación:
    
Imágenes
de cómo se hizo "La soledad" - Copyright © 2007 Wanda
Visión, Fresdeval Films e In Vitro Films. Distribuida en España
por Wanda Visión. Todos los derechos
reservados.
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