CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Esta
película, sin lugar a dudas, es la más revolucionaria de toda la
filmografía de los Coen, desde que en aquel ya lejano
1984 irrumpieran con la mítica “Sangre fácil”. Y lo es porque,
por primera vez, no hay revisión, no hay ironía, no hay juego
con las reglas de los géneros. Si “Fargo” no dejaba de ser una
genial y estupenda impostación (empezando por la falsa
declaración de estar basada en hechos reales), en la que los dos
hermanos no terminaban de tomarse en serio el cine negro, en “No
es país para viejos” ha desaparecido cualquier visión más o
menos alternativa: todo está contado en serio, y bien en serio,
hasta el punto de que la cinta se convierte en la menos
reconocible estilísticamente de los autores de “Muerte entre las
flores”.
Lo cierto es que, en cierto modo, la
novela es la antítesis del universo coeniano: en el
libro, Cormac McCarthy traza un paisaje a medio camino
del western y la novela negra, donde la muerte acecha
sin adorno a cada personaje, y donde la prosa fluye desnuda,
sin un gramo de grasa, sin vericuetos estilísticos ni excesos.
Y con una estructura, además, frustrante, que niega al lector
escenas que en otras obras serían claves pero que al autor no
le importan, porque él lo que capta es un mundo que se viene
abajo, sin principios, ahogado en una violencia sin sentido
ante la que los tres personajes principales (el sheriff
Bell, Llewelyn Moss y el asesino profesional Anton Chigurh) se
revelan anacrónicos, porque los tres, a su modo, tienen
principios y se rigen por ellos.
Y lo sorprendente es que, en su
traslación fílmica, los Coen han respetado punto por punto el
universo de McCarthy, levantando una cinta desoladora, donde las
imágenes parecen haber sido tejidas por la prosa del autor de
“La carretera”, y que para muchos espectadores resultará
demasiado árida, porque no hay grandes agarraderas: no hay un
verdadero héroe, no hay acción al estilo palomitero, y el ritmo
es el de una cadencia que termina asfixiando a los mismos
personajes, arrastrados por una narración que desemboca en una
confusión que es la misma en la que viven, en medio de un mundo
que resulta difícil de entender. No deja de resultar paradójico
que
el abrigo de los
Oscar ®, en realidad, pueda ser un arma de doble
filo contra esta película, cuando muchos espectadores se
acerquen a las salas buscando algo muy diferente de lo que ésta
da: una vez más, los Coen no hacen ninguna concesión a la
comercialidad, y por eso les ha salido la que, desde luego, es
una de sus cintas más desoladoras y, a la vez, hermosas.
Escribir algo
sobre la interpretación de Javier Bardem como Anton
Chigurh sería ya casi reiterativo, porque logra dar humanidad
(una humanidad terrible, es cierto, pero humanidad al fin y al
cabo) a un personaje que corre el peligro de deslizarse al
estereotipo. Pero sería igualmente injusto no hablar del resto
del reparto, con un Josh Brolin (Moss) que está
definiendo su propia imagen para teñir, incluso, de una apenas
insinuada y ruda ternura a su personaje; y de un Tommy Lee
Jones (el sheriff Bell) que se ha ganado a pulso el
derecho a ser considerado como uno de los grandes, la
encarnación del mundo ordenado que definitivamente se va al
garete y que asiste, entre desbordado e impotente, a su
desaparición. Los tres miran y no entienden, y entre tanto se
matan, mueren o desaparecen, porque en realidad es lo único que
cabe hacer, aunque en realidad ninguno de los tres pueda
explicar por qué tiene que ser así. Pero lo es, y pensarlo poco
importa; lo dijo McCarthy, lo subrayan los Coen.
Calificación:
    
Imágenes
de "No es país para viejos" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions.
Distribuida en España por Universal Pictures International
Spain. Todos los derechos
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