CRÍTICA
por
José Arce
Justo cuando
parecía que Joel y Ethan Coen vagaban por otros
derroteros artísticos alejados de sus primeras producciones, han
frenado en seco retornando a sus raíces con la inestimable ayuda
de Cormac McCarthy, disidente literario que con tan sólo
diez novelas escritas ha puesto patas arriba la literatura
norteamericana reciente. Los hermanos vuelven con fuerza en una
de sus mejores producciones, y de paso ponen a la industria
yanqui a los pies de Javier Bardem, rendida ante una
interpretación tan inquietante como estimulante.
Llewelyn Moss
(Josh Brolin) se topa en medio del desierto tejano con
las consecuencias de un fallido trato entre narcotraficantes de
la frontera: un buen puñado de cadáveres, kilos de heroína y dos
millones de dólares. La tentación es demasiado grande como para
desperdiciar este billete a una vida mejor —máxime teniendo en
cuenta que vive con su esposa, Carla Jean (Kelly Macdonald)
en una vetusta autocaravana—; así, coge el dinero y planifica su
huida, iniciando con ello un torbellino de violencia que tiene
su epicentro en el letal y diabólico Anton Chigurh (Bardem), su
principal perseguidor. Tras la pista de ambos, el desilusionado,
frustrado y serenamente desangelado sheriff Ed Tom Bell (Tommy
Lee Jones), incapaz de seguirles los pasos y turbado antes
los cambios del mundo en el que vive, para él cada vez más
alejado del que conoció en su juventud.
“No es país
para viejos” es tan deliberadamente profunda, compleja,
pausada y átona como cabría esperar. Se trata de la mejor
película de los Coen en mucho tiempo, puede incluso que la
más madura, dotada de ese ritmo peculiar que se ha convertido en
marca de la casa gracias a sus títulos más recordados, desde su
inicial “Sangre fácil” (1984) a “Muerte entre las flores”
(1990), “Fargo” (1996) o “El gran Lebowski” (1998); además, es
su propuesta más violenta y visceral, al tiempo que la única que
podría englobarse netamente en el género de cine de acción,
siempre filtrado por la visión de estos inclasificables
guionistas y realizadores. Todo contribuye a la redondez de la
propuesta, desde los paisajes áridos, desasosegantes y
aplastados por el eterno sol del Oeste tejano hasta la ausencia
de banda sonora, un metraje rendido tan sólo al sonido de un
ambiente tan parco y deshumanizado como los sucesos que enmarca.
En este contexto frío y apático, el trío central puede conformar
una sola figura, cada uno de ellos aportando sentimientos que
van desde la exasperante parsimonia de Chigurh a la rudeza y
emoción encubierta de Moss, pasando por la desidia de Bell,
derrotado desde el momento en el que su voz en off
arranca la narración abriendo un círculo que él mismo cierra con
un relato final que provoca un pasmo en el espectador del que
cuesta recuperarse. La dirección de actores, una de las virtudes
definitorias del cine made in Coen, es soberbia,
extendiendo su saber hacer más allá del tridente central y
logrando extraer lo mejor de cada participante de la tragedia,
por escasa que sea su participación en la obra.
La
arrítmica pero sorprendentemente fluida narración demuestra una
soberana capacidad para saltar de un personaje a otro
regalándole nuestra total atención, beneficiándose de la
inexistencia de una presentación previa de los mismos. Porque
este es uno de esos extraños casos en los que el espectador
se ve inmerso en la trama desde el primer instante, sin que su
interés decrezca en ningún momento, fascinado por un reparto
coral alucinado y alucinante; como remate de esta pirueta
artística y formal, los responsables del proyecto son capaces de
disfrazarlo todo de tal forma que ni siquiera nos percatamos de
que Bell es el protagonista absoluto, el viejo del título que ve
pasar la vida con la etérea sombra del fantasma de su padre,
pretérito cowboy de Río Grande, planeando sobre su
existencia. Porque, en efecto, estamos ante lo que no es otra
cosa sino un western moderno y que desmitifica
definitivamente la dorada grandeza del Oeste americano, un
momento en que el Bueno y el Malo —con mayúsculas— luchaban
conforme a valores más o menos válidos pero que defendían con
convicción desde uno y otro lado de la Ley. Aquí no hay nada
consistentemente hermoso, en un momento —la historia está
ambientada en 1980— en el que Estados Unidos comenzaba a perder
sus libertades en beneficio de un caos que aún sigue
apoderándose de una sociedad tendente al temor de manera
peligrosamente natural.
Cierto e
indudable es aceptar que el film puede resultar pesado en
algunos momentos a lo largo de sus dos horas de metraje, y que
determinados personajes aportan poco o nada a la trama y su
desarrollo —Woody Harrelson es el mejor ejemplo—, pero lo
que es de un valor innegable, a la postre la gran baza y
aportación de la película, es la creación de un ambiente tan
pasmado que retrotrae inevitablemente nuestra percepción,
incluso, a los mejores momentos de aquella maravilla de la
pequeña pantalla que es “Twin Peaks”. Y eso, en los tiempos
creativamente áridos que corren, no tiene precio. No es país
para viejos, desde luego; de hecho, este microuniverso
fronterizo no es país para nadie. Pero desde el otro lado de la
pantalla se está muy a gusto, si aceptamos la invitación de los
Coen a conocerlo sin reservas.
Calificación:
    
Imágenes
de "No es país para viejos" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions.
Distribuida en España por Universal Pictures International
Spain. Todos los derechos
reservados.
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