CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Derrotismo
fantasmal
Pocas veces
una película ha levantado tantas expectativas, y no sólo por la
buena interpretación de Javier Bardem y por los premios
conseguidos. Con ella, los hermanos Coen pueden haber
regresado a su época dorada de “Muerte entre las flores” o
“Fargo”, con un trabajo que recoge todo el espíritu del
western crepuscular para barnizarlo con una pátina del
pesimismo post 11-S, y construir un relato posmoderno a base de
imágenes que diluyen la realidad y la vacían de contenido. Y es
que el cine norteamericano parece decidido a desmitificar su
pasado y deconstruir su personalidad, a impregnar el celuloide
de sensaciones de fracaso del sueño americano, a mostrar la
inutilidad de una lucha contra los fantasmas del mal desde la
acción policial-militar. Un derrotismo fatalista y seco para una
nueva historia de violencia sin anestesia o para otro psicópata
asesino al estilo "Zodiac", aquí recreada a partir de la adaptación
de la novela de Cormac McCarthy, que la cámara de los
Coen sirve fría al espectador como si se tratara de un plato de
venganza e indefensión, de corrupción y codicia.
El tono pesimista y nostálgico de la
cinta viene marcado por la voz en off del sheriff
Bell, que desde su retiro evoca sus vanos esfuerzos por
erradicar la violencia de una pequeña localidad texana, en la
frontera con México. Sus recuerdos traerán a la pantalla la
historia de Moss, un veterano de Vietnam que se deja llevar
por la avaricia cuando encuentra una maleta con dos millones
de dólares, abandonada tras una operación de narcotráfico
saldada con sangre y muerte. Pero en su camino se cruza un
delincuente de síntomas patológicos, Chigurh, hombre de pocas
palabras y soluciones drásticas y unilaterales, dispuesto a
todo por hacerse con el dinero. Vivos y muertos cuyo destino
decide una moneda, persecuciones y chantajes entre hombres sin
escrúpulos ni principios, sangre y balas que irrumpen entre
tranquilas gentes de la América profunda, y el duelo a muerte
entre dos (o tres) individuos primarios y un sheriff
que nunca llega a tiempo.
Pocos y lacónicos diálogos para una
acción violenta y seca, con una narrativa depurada que busca
crear atmósferas siniestras en las que recortar unas figuras al
borde del abismo: un mezquino e ingenuo veterano que cava su
propia tumba al dejarse arrastrar por la codicia, un psicópata
que encarna el mal en estado puro y que carece de sentimientos,
y un sheriff que añora unos valores del pasado ahora
desaparecidos en un mundo de droga y violencia. Muerte entre
flores marchitas, entre desolados parajes del desierto
texano-mexicano, un territorio inhóspito que viene a conformarse
como el cuarto personaje del film, en la misma línea áspera y
sombría que los humanos. Conseguida ambientación de western
decadente, donde la droga sustituye al whisky y el arma de aire
comprimido al revólver, pero donde el sheriff sigue
estando solo ante el peligro, a merced de los pistoleros de
turno. Los Coen nos trasladan a un universo negro de miedos e
inquietudes, y por eso se apoyan en el sonido como elemento
fundamental para generar sensaciones en el imaginario del
espectador, cuando no se sirven de una cuidada planificación que
prima los picados y contrapicados, los planos selectivos de unos
pies que avanzan o de una cerradura que de nuevo salta por los
aires, para lograr así un expresionismo visual. El guión es
cronológicamente lineal y con montado en paralelo, a ratos
pesado y repetitivo por su insistencia en bajar a las cloacas de
sus personajes, con diálogos cortantes y expeditivos, con una
fotografía llena de tantas sombras y misterios como sus
personajes, de los que no se sabe —ni se pretende saber— el
pasado ni las motivaciones. Sólo interesa el presente de un país
que se tiene que olvidar de otra época y que no conoce su
devenir, por lo que su cierre antes de los títulos de crédito
debía ser un “final-cut” y plano en negro, que sin aviso ni
sentimiento saca al espectador de un universo brutal, como si le
hubieran noqueado de un disparo seco con aire comprimido.
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La película
se redondea con unas buenas interpretaciones, de nuevo con
Tommy Lee Tomes como sheriff desencantado de rostro
triste que camina hacia la jubilación, un Josh Brolin que
resuelve con solvencia su papel de antihéroe mezquino e
inocente, mientras que Javier Bardem asusta con su sola
presencia y su pose de máquina de matar. Sin duda, Bardem puede
ganar el Oscar® al mejor actor secundario —si
se lo permite Casey Affleck—,
pero hay que reconocer que su rol carece de progresión
dramática y de matices, dado su carácter permanentemente
impasible, su comportamiento autómata, y también la decisiva
planificación con que los Coen dotan a su personaje de toda la
fuerza, misterio y terror que necesita. Película bien rodada —la
escena de la persecución con el perro tiene un realismo
espeluznante—, con momentos que cortan la respiración —cada
conversación en torno a la cara y cruz de una moneda— y algún
toque de humor negro en el que resuena lo mejor de “Fargo”.
Una cinta
dura y llena de crudeza, con mucha sangre y violencia interior
por el vacío que trasmite, por el pesimismo y tristeza de sus
protagonistas, por los aires viciados y plomizos que respira.
Paradigma del nuevo cine americano que ahonda en los fantasmas
que amenazan la paz y la libertad, que llegan sin avisar y que
se van sin dejar rastro, como el silencioso Chigurh de mirada
torva o el desgastado Bell de voz cansina. Un cine muy personal,
no apto para todos los gustos ni sensibilidades, al que sin
embargo hay que reconocer su cuidada factura visual, su certera
caracterización de ambientes y personajes, su depurada
narrativa.
Calificación:
    
Imágenes
de "No es país para viejos" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions.
Distribuida en España por Universal Pictures International
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