CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Los hermanos
Coen se han convertido, por activa y pasiva, en
compiladores de relatos estadounidenses muy en la línea de la
tradición narrativa, de ahí su casi siempre cálida acogida en
Europa. “No es país para viejos” remite, inevitablemente, a
“Fargo” (1996), la piedra angular de los círculos especializados
y una suerte de reverso métrico de este último estreno. El
cambio de escenario o las similitudes temáticas no esconden la
progresión estilística y un grado de madurez que la pareja sabe
tamizar tras el humor, aunque sea en los dominios del drama
donde el triunfo parezca más contundente.
Si en aquella película circunscrita en
Minnesota el hielo y la nieve se oponían a las bajas pasiones
y el descontrol de una pareja de asesinos, en esta fábula,
también ambientada en los transitorios años ochenta, es el
desierto fronterizo con Méjico un horno que no derrite la
frialdad calculada de un psicópata, Anton Chigurh (Javier
Bardem), en pos de un lugareño, Llewelyn Moss (Josh
Brolin), que siente un golpe de suerte al hallar dos
millones de dólares junto a un traficante muerto. El tercer
vértice en discordia, la policía, representa en el tono áspero
de Tommy Lee Jones una sabiduría dolorosa lejana al
sarcasmo de Frances McDormand en “Fargo”. Un esquema
triangular de este tipo ha llevado a muchos a calificar la
nueva obra de los Coen como un western moderno,
crepuscular o urbano, pero la estética polvorienta sólo
encubre una aproximación liviana al género: la banda sonora
desaparece, el silencio se impone a las escuetas y astutas
réplicas entre oponentes, el duelo se omite y la tensión se
sumerge en un vacío de cobardía y confusión de objetivos. El
viejo outsider sabía, al menos, que su lucha
significaba un arraigo a la tierra, la misma que ya no susurra
nada a los nuevos antihéroes.
A causa de esta obligada marcha hacia
delante, impulsada por el miedo a volver la cabeza a tiempos
pretéritos y no ver ni aprender nada de ellos, la evolución del
filme puede parecer estática, anti-climática, incluso
predecible. Sin embargo, ésa ha venido a erigirse en tónica de
un nuevo cine lúcido que no se lame las heridas y que prefiere
continuar andando hacia algún sentido común —Llewelyn y Anton
coinciden en esa precisa actitud al huir de la misma forma
cuando una grave lesión les obligaría a detenerse y reconocer
que ya no son como los Eastwood de antes—. El suspense
adquiere fuerza en pequeñas dosis de escenas cotidianas, cuyo
costumbrismo en manos de los Coen se trastoca en magia visual,
mientras deja de tener importancia quién persigue a quién o
quién posee menos motivos para quedarse el dinero, esa dádiva
surgida del desierto y que vuelve a apropiarse con sádica
ironía, como si se tratase de un círculo dantesco donde todos
los personajes deben deambular sin conseguir consuelo en la vida
o la muerte.
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El elenco de
actores arropa con plenitud estos propósitos con sus plantas de
hombros caídos, sus miradas siempre pendientes de un horizonte
deshabitado y sus acentos de un fuerte americano, el último
vínculo a su condición de herederos. Tanto Brolin como Bardem y
Lee Jones dibujan expresividades propias que a la vez componen
un tríptico de una misma personalidad aterrada, a punto de
apagarse en un entorno monótono e inexplicablemente amable.
Kelly MacDonald, en el papel de esposa de Llewelyn, rememora
a las pacientes mujeres fordianas, pero convirtiendo la
espera no en motivo de reafirmación de su rol, sino en período
preparatorio para la renuncia a toda esperanza, pues si la mujer
tampoco confía en la fertilidad del futuro en la vieja tierra
todo está perdido. Los Coen, con cierta revancha callada,
reciclan elementos de su cine más alimenticio en el personaje de
Woody Harrelson, un ciudadano del Oeste que reivindica la
estética cowboy al tiempo que habita en altos despachos,
al igual que los pintorescos secundarios de "Crueldad intolerable"
(2003). De alguna manera, todas las capas sociales y genéricas
de la filmografía Coen se solapan como un único vecindario o
mapa en el que las historias podrían estar sucediendo a la par o
siendo narradas —"O brother!"
(2000)— en ese mismo entorno; la fundación de una memoria
colectiva que pasa por la sospecha individual en cada película
de una disolución segura, a la que sólo queda mirar desde la
broma o el derrotismo humillante.
A colación de
su experiencia juvenil en la oficina del sheriff y las
anécdotas de su padre, el personaje de Tommy Lee Jones redunda
al comienzo de la cinta sobre los planos generales de una estepa
llana, amarilla y seca, desprovista de figuras humanas que
puedan generar un horror inaguantable para la mirada del
añorante. En este panorama donde se invoca de continuo a los
grandes cineastas del pasado, los Coen mantienen su confianza en
el clasicismo demacrado, que reconoce su propia insuficiencia.
En el nuevo mundo donde lo horrible convive con lo diario, los
viejos valores dan la espalda a los hijos, y es de nuevo el
personaje de Lee Jones el que describe un sueño que carece de
todo rastro onírico, más bien una pesadilla de la condena de
hombres vivos, moribundos y muertos que no dejan ni una pálida
sombra en la tierra que sus mayores habrían aprovechado para
hacer honor al mismo honor perdido.
Calificación:
    
Imágenes
de "No es país para viejos" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions.
Distribuida en España por Universal Pictures International
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