CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Otro ilustre
malvado
Desde su
aplaudido paso por el pasado Festival de Cannes hasta su estreno
en nuestras salas, han pasado los suficientes meses —demasiados—
como para que se haya inflado la expectación por ver “No es país
para viejos”, atención creciente que ha ido de la mano al
repertorio de
premios que este último
trabajo de los hermanos Coen ha recibido, al igual que,
por la parte que nos toca, Javier Bardem. Una hábil
estrategia de la distribución que decide estrenar ahora que
las candidaturas a
los Oscars®
están conseguidas, y antes de que el globo, tal vez, pueda
deshincharse. De cualquier forma, pese a las arbitrarias
decisiones que a menudo sufre el espectador, la espera ha valido
la pena. Y no sólo por la llegada de este potente film, sino
porque trae consigo la vuelta de los directores en su mejor
forma, su propuesta más interesante de los últimos años, tal vez
desde la celebrada “Fargo”.
A lo largo de algo más de dos décadas,
desde que se dieron a conocer a mediados de los 80, Joel y
Ethan Coen han mostrado cierta dispersión en la concepción de
sus proyectos, una tendencia a aunar, reinterpretar e incluso
homenajear géneros; capaces de estimables obras —la divertida
“Arizona baby” o “Muerte entre las flores”— y de otras cintas
sobre las que flota cierta vacuidad, que hace que se olviden
con la misma facilidad que se consumen —la banalidad arrastra
a títulos como “El gran salto” u "O brother!". Hay quienes incluso podemos
pensar que cruzarse por el camino con el seductor George
Clooney, siempre dispuesto a aliarse con directores de
talento, no le ha sentado demasiado bien a sus carreras
—aunque ellos, al parecer, no deben pensar lo mismo: ya hay
próxima comedia con el avispado actor-director-productor—.
Vuelven con “No es país para viejos” a un
terreno ya pulsado en anteriores aproximaciones, el Medio Oeste
americano, adaptando una novela de Cormac McCarthy del
mismo nombre, autor considerado como una de las principales
voces de estas tierras fronterizas, unos inmensos parajes de la
llamada América profunda reflejados durante años en miles y
miles de metros de celuloide. Los realizadores recogen la
resonancia de este desierto inclemente, el viento constante, un
paisaje baldío de carreteras polvorientas pero dotado de una
extraña belleza. Este espacio se erige en un elemento
fundamental del relato, visto a través de la nostalgia por un
mundo cambiante que representa un sheriff en el ocaso de
su carrera, al que da vida el excelente Tommy Lee Jones.
Y se sitúa, además, en un momento que tal vez no sea fortuito,
1980, fecha en la que el western crepuscular “La puerta
del cielo” de Michael Cimino se hundía, indicando que estas
tierras ya no estaban hechas para héroes; la épica ha terminado
para dejar paso a tragedias tan prosaicas como en la que se ven
envueltos estos personajes en torno a un botín del narcotráfico
—propio de “delincuentes y drogas”, tal y como dice un cansado
policía de la frontera—.
El paisaje tejano se convierte en el
elemento integrador de una narración eminentemente visual,
sofocantemente física, en la que a diferencia de otros
largometrajes “contados”, el diálogo —se mantiene el justo— es
reemplazado en este estilizado film por un extraordinario
ejercicio de reconstrucción que encaja las persecuciones
paralelas de los tres protagonistas, donde cada plano es
elocuente y el montaje logra un verdadero diálogo de las
imágenes. Hay quienes señalan que el cine actual sigue de
forma constante e infatigable a los personajes, que la cámara no
descansa en este acoso, y que se ha perdido el gusto —y la
pericia— por las elipsis. Aquí están los Coen para hacer uso de
este recurso de manera formidable, para hacer avanzar lo narrado
y dejar fuera algunos fragmentos que habrían sido difícilmente
soportables.
De esta forma
consiguen un relato estructurado, vigoroso, capaz de una tensión
creciente abocada a la tragedia, en el que la huida de estos
personajes adquiere el sentido de lo inevitable, donde la
violencia se convierte en una ceremonia. Y este uso primario del
lenguaje fílmico, la simple imagen en la pantalla, se apoya en
buena medida en la labor de los intérpretes, unos rostros
capaces de sustituir líneas y líneas de diálogo. Tommy Lee Jones
encarna el temperamento circunspecto de esas tierras en un papel
que se añade a la galería de sus memorables trabajos, al igual
que un muy ajustado Josh Brolin. Y por supuesto, poco hay que
añadir sobre la intervención de altura de Javier Bardem que no
se haya escrito reiteradamente este tiempo, un personaje que
superará al actor y se convertirá en un referente del género. Es
necesario señalar también un sólido plantel de secundarios
—muchas veces, éstos son la verdadera grandeza de un film— que
tienen la virtud de parecer salidos de lo más recóndito de Texas
que seamos capaces de imaginar.
Si algo se le
puede objetar a “No es país para viejos” es que, al igual que en
otros de sus largometrajes, los Coen dejan la sensación de no
haber cerrado del todo el relato, de haber podido ir más allá,
de quedarse casi al final del camino; situación que, es curioso,
puede reflejar su propia realidad personal a mitad de trayecto,
su prolongado vaivén entre el cine independiente y el comercial.
De cualquier forma, la inquietante atmósfera de ese universo
tejano que se acaba, el poderío visual, el sentido fatalista y
el trabajo de los intérpretes, sitúan de nuevo el nivel a la
altura de sus primeros obras, y supone un más que alentador
reencuentro.
Calificación:
    
Imágenes
de "No es país para viejos" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions.
Distribuida en España por Universal Pictures International
Spain. Todos los derechos
reservados.
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