CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Si en esta misma temporada
Gusteau, el orondo chef de
"Ratatouille"
(2007), venía a recordarnos que «todo el mundo puede cocinar»,
Scott Hicks
se ha apuntado al carro de los recetarios universales para
confirmar, en su también culinaria “Sin reservas”, que todo el
mundo puede dirigir. Porque cualquiera puede calcar una película
alemana casi escena por escena, frase por frase, canción por
canción, y "embellecerla" con rostros bonitos y reconocibles que
permitan un consumo rápido, incongruente con su envoltura de
nouvelle cuisine, del mismo modo que no admite justificación
posible el que un amanuense así suspire confortablemente en el
cierre de un film redundante después de haber afirmado que las
mejores recetas son las que inventa uno mismo.
Martha
era una exigente y amargada jefa de cocina en uno de los más
exquisitos restaurantes berlineses hasta que la repentina muerte
de su hermana la enfrentó a dos fuentes de alegría: una niña, su
sobrina, y un hombre, su nuevo subchef. A su homóloga
norteamericana, Kate (Catherine Zeta-Jones),
le ocurre lo mismo, pero no estamos ante una revisitación naif
–Dios nos libre– de “La doble vida de Verónica” (1991), sino
ante la duplicación aclaratoria que necesita un público no
habituado a doblajes, ni subtítulos, ni marginales estrenos
extranjeros. En ese sentido, no es de extrañar que “Sin
reservas” no gane nada más que “Deliciosa Martha”, el original
de 2001, aunque en el acto del copieteo se le descubra algún
desliz que otro. La cinta de Sandra Nettelbeck supuso el
eventual sleeper europeo fabricado mediante el siempre
efectivo boca-oreja, una historia pequeña, colindante al
melodrama, que tenía su particularidad en el conflicto inverso a
las aspiraciones contemporáneas: la felicidad corriente que
viene a revolver la rutina de una vida laboral plena y
satisfactoria. Ese viaje desde la cúspide hacia la base se
voltea en la versión estadounidense sin alterar el orden de los
acontecimientos, pues si Martha era una mujer que debía aprender
con esfuerzo a ser feliz, Kate desea con todas sus fuerzas
serlo. La fábula urbana ya está servida.
A
Catherine Zeta-Jones no le bastan las expresiones de basset
hound para hacer creíble su condición de fémina incompleta,
y tras ellas sólo esconde unas tremendas ganas de ponerse
sensual y risueña que en absoluto casan con un personaje gris y
aburrido por naturaleza. Sus dotes para la comedia –o eso nos
hizo creer actuando al lado de John Cusack– la han abandonado
por una inmensa sensación de ridículo que explica las continuas
miradas de reojo que la protagonista prodiga como si estuviese
buscando la cámara oculta entre las cazuelas. Una sosería que no
equilibra Aaron Eckhart,
siempre funcional, siempre plano y rígido, como el especialista
italiano que entona y escucha una ristra de típicas arias –había
que mantener el "toque europeo", que en el original suponía un
choque de culturas del norte y del sur–. Los dos componen una
pareja demasiado predestinada –a pesar de los risibles
obstáculos, como les sucedía a “Frankie y Johnny” (1991)–, lo
cual aumenta la ya de por sí importante previsibilidad de la
historia, que apenas ahonda en temas tan dados a la ironía
macabra y moderna como las indeseadas ampliaciones familiares o
el rescate imposible de la terapia psiquiátrica –flancos que
tampoco aprovechaba su referente alemán y que, con más ojo,
habrían ofrecido el punto débil para la reescritura y el
enriquecimiento del guión–.
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Por su parte, Hicks se
conforma con rodar de forma estricta la descarada adaptación
–por llamarla de alguna manera– de Carol Fuchs,
inspirándose hasta la saciedad en su referente como si se
tratase de una obra de culto protegida por legiones de fans
irascibles. Puro pirateo transfronterizo: caracterizaciones de
personajes, secuencias de montaje musicales, bromas visuales y
verbales, diálogos completos, reacciones faciales, incluso la
disposición del espacio, entran en el inventario del visto y
copiado, al que sólo añade un par de apuntes de esa ñoñería con
fondo de balada popera que tanto gusta a la comedia romántica
made in USA. Atado a esa perspectiva de moraleja y
aprendizaje unidos a la mentalidad del éxito, el director
enfatiza los momentos deprimentes con una gravedad que viene a
ser compensada por irreprimibles explosiones de optimismo sin
conseguir una atmósfera homogénea –recordemos que pequeñas joyas
de su propiedad, como “Mientras nieva sobre los cedros” (1999),
se deslizaban con mayor sutileza por el primer supuesto–. Una
enorme farsa en la que se dilapida una pequeña historia de
relaciones humanas para ofrecer un cuadro de la tan codiciada
perfección familiar y amorosa –en dicha categoría entra la
chupilerendi cena con ambiente de “El rey león” (1994) que
se montan los supuestamente sufridos personajes–.
El amante de la cocina tiene
un pequeño aliciente en las escenas del restaurante –aunque lo
que menos se ve es la comida–, Philip Glass
firma una partitura agradable y equilibrada, como es habitual en
él, y la película posee una factura innegablemente más atractiva
que un drama de bajo presupuesto, pero el estómago no se ve
satisfecho al probar sabores de sobra catados y relamidos. Poca
confitura se puede preparar a partir de una fruta humilde, y el
tarro se apura repleto de tropezones que reconocemos, o bien de
“Deliciosa Marta”, o bien del romance cinematográfico más
cercano, porque lo que aquí se hace sin reservas es imitar a
destajo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Sin reservas" - Copyright © 2007
Castle Rock Entertainment y Village Roadshow Pictures.
Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International
España. Todos los derechos
reservados.
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