CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Donde la venganza se
esconde
Cuando desapareció el peligro
soviético tras el final de la Guerra Fría, comenzó a forjarse
otro tipo de amenaza rusa en forma de mafia organizada. Y cuando
a Estados Unidos le golpearon en su corazón de Manhattan,
algunos perdieron la inocencia a la vez que asumían un espíritu
de justicia que fácilmente se confundía con la venganza. Pues
bien, ese panorama geopolítico y social es el que se recoge en
este thriller policial que es también un drama familiar
con sabor a regeneración de la oveja perdida. En el microcosmos
de la familia en cuestión se ve reflejada la evolución de una
sociedad herida, donde los dos hermanos vienen a simbolizar el
orden y la pasión de manera un tanto simplista y maniquea, como
dos realidades que no acaban de conciliarse armónicamente en un
mismo sujeto.
En Brooklyn, el vividor e
irresponsable Bobby se encarga de sacar adelante un club de
alterne y baile, propiedad del ruso Marat. Es hijo del jefe de
la policía de Nueva York, pero hace tiempo que ha roto con su
familia y nadie en el club sabe de ese parentesco. En el polo
opuesto está Joseph, ahora sargento de la policía que persigue
el tráfico de droga, y que hace una redada en el club de su
hermano al seguir la pista de un importante narcotraficante,
Vadim, sobrino de Marat. La venganza rusa está servida cuando un
encapuchado dispara a bocajarro a Joseph, y Bobby entiende que
debe decidir entre seguir permaneciendo al margen de su familia
o ayudar a la policía a encontrar al culpable.
Como decíamos, el director
opta por dibujar dos hermanos y dos mundos diametralmente
opuestos en sus estilos de vida para acabar redimiendo al
descarriado, y así insuflar de esperanza a una sociedad dividida
frente a las mafias de violencia y corrupción. Joseph encarna la
vida ordenada y familiar, sujeta a la estabilidad y también a la
sumisión, mientras que Bobby es la amoralidad y el hedonismo en
persona, con una trayectoria de rebeldía y anarquía que le han
llevado a buscar un nuevo padre (o padrino, Marat), un
cuasi-hermano y una medio-novia, Amada. Una nueva familia que no
será como la natural y primigenia, porque las apariencias nunca
pueden oscurecer lo auténtico, y la sangre acaba siempre
acudiendo a la herida para frenar la vida que se va.
En la construcción de la
historia familiar y de la lucha contra el narcotráfico hay que
aceptar algunos supuestos más que discutibles en su
verosimilitud, como ese anonimato o secretismo de la identidad
de Bobby que una mafia tan capaz debería haber conocido, o la
forma en que el delincuente Vadim se escapa —que al director no
le interesa referir—, o la misteriosa facilidad con que la
policía acaba por desbaratar una y dos veces los planes rusos.
Sin embargo, lo que más se echa en falta es el retrato de
personajes, esquemáticos y huecos, con un Bobby que, por mucho
que se esfuerce Joaquin Phoenix,
evoluciona asombrosamente desde la frivolidad e indiferencia
familiar hacia una implicación afectiva y profesional inaudita.
Está claro el tirón de los lazos sanguíneos y la fuerza pasional
de la venganza, pero da la impresión de que su personaje ha sido
dibujado en el guión sin tonos intermedios, con trazos
excesivamente gruesos. Algo parecido sucede en un modélico y
gris Joseph o en un sanguinario Vadim, ambos traídos desde el
estereotipo, o en una Amada tan sensual como nada determinante
en la trama. En definitiva, personajes sin fuerza y con escasa
consistencia, muy alejados de los rusos de "Promesas del Este"
o de los "Infiltrados"
de Martin Scorsese. Sólo Robert Duvall
da peso al jefe de la policía, padre absorbente y atribulado,
pero es insuficiente para dotar de entidad dramática a la cinta.
Quizá lo mejor del
largometraje esté en la recreación de ambientes siniestros y
turbios, gracias a una fotografía pictórica que trasmite toda la
sordidez y amoralidad de unos traficantes despiadados, lo mismo
que el alma de un juerguista reconvertido en ángel exterminador
con placa y pistola. Una historia de venganza encubierta, de
lucha entre familias, de choque de culturas y modos de vida, que
está llevada con corrección y buen ritmo y que entretiene, pero
que no pasa de ser una película que navega por territorios muy
transitados: en ocasiones, algunas escenas y planteamientos de
James Gray
parecen traslaciones de recientes títulos construidos sobre la
venganza, las mafias y sus infiltrados, pero con una mayor
explicitud y una menor ambigüedad en la puesta en escena. A los
aficionados al thriller policiaco de los años 70 les
gustará, pues permanece en los territorios de Francis Ford
Coppola y Michael Cimino y sabe mantener el pulso narrativo,
aunque no pase de ser una fábula construida desde el artificio
para trasmitir un mensaje moral de tono fatalista, donde una
familia rota busca en vano redimirse por el sacrificio de un
héroe que buscó justicia y venganza a partes iguales.
Calificación:
    
Imágenes
de "La noche es nuestra" - Copyright © 2007
Columbia Pictures y 2929
Productions. Fotos por Anne Joyce. Distribuida en España por
Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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