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LA NOCHE ES NUESTRA
(We own the night)


Dirección y guión: James Gray.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 117 min.
Género: Thriller policiaco, drama.
Interpretación: Joaquin Phoenix (Bobby Green), Mark Wahlberg (Joseph Grusinsky), Eva Mendes (Amada Juárez), Robert Duvall (Burt Grusinsky), Tony Musante (Jack Shapiro), Antoni Corone (Michael Solo), Alex Veadov (Vadim Nezhinski), Moni Moshonov (Marat Buzhayev), Danny Hoch (Falsetti), Maggie Kiley (Sandra Grusinsky).
Producción: Marc Butan, Joaquin Phoenix, Nick Wechsler y Mark Wahlberg.
Música: Wojciech Kilar.
Fotografía: Joaquin Baca-Asay.
Montaje: John Axelrad.
Diseño de producción: Ford Wheeler.
Vestuario: Michael Clancy.
Estreno en USA: 12 Octubre 2007.
Estreno en España: 28 Marzo 2008.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Los directores podrían clasificarse en aquellos que procuran cultivar una carrera polifacética y los que se repiten con plena consciencia, imposiciones de industria o prestigio, reiteración de la que emergen revitalizados o más previsibles que los bostezos que llevarán parejos. James Gray se dio a conocer por “Cuestión de sangre” (1994), retrato de asesino a sueldo condicionado por dañinos vínculos familiares, y hasta el año 2000 no retomó temática, estructura y corpus personae con "La otra cara del crimen", película más accesible y vistosa para el gran público, cuyas pretensiones intelectuales se ven sustraídas por esa imagen de artefacto comercial. Mudo, que no ciego, heredero de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Brian De Palma, Gray cultiva un tipo de cine criminal suburbano, que fija su mirada en un pasado más reciente para hermanarlo con la crisis moral contemporánea. Su fetichismo por ciertos actores, la obsesión por determinados valores y composiciones, y el control que ejerce sobre los guiones, que él escribe, revelan la porfía de ser nuevo maestro, aun a costa de imitar el procedimiento de los grandes.

 

  Para “La noche es nuestra” se apropia de un lema de la policía neoyorquina y bucea —al menos de planteamiento— en la llegada del crack al tráfico y las mafias rusas durante 1988. El peso documental y social que habría rellenado páginas y páginas del libreto, se compensa con el máximo interés del director: conflictos personales en entornos reconocibles. A causa de esa reducción argumental, la película es legible en clave opuesta a "La otra cara del crimen": los actores intercambian papeles y las eternas dudas éticas y existenciales ya planteadas siguen formulándose —sin respuesta definitiva, faltaría más— en un contexto distinto que venda el proyecto como algo novedoso. No lo es del todo: Bobby Green (Joaquin Phoenix) regenta un club en Brooklyn que atrae al más importante grupo de negocios de droga. Que Bobby sea hermano e hijo de policías (Mark Wahlberg y Robert Duvall) propicia el oficio de infiltrado y que la tensión se acreciente entre los típicos bandos y el núcleo romántico-familiar.

  Brochazos de thriller setentero para tan fina acuarela: Gray solventa de un plumazo el contenido más físico de la trama para centrarla en los dilemas que él considera de relevancia, empapados de sentidos religiosos que en vez de alegorizar el conjunto lo vuelven adoctrinador e ingenuo. El esquema padre-dos hermanos, la culpa, el perdón y la venganza adquieren lenguaje popular para que resuenen motivos bíblicos intragables bajo las formas en que tiende a subrayar el realizador. El toque fotográfico a lo falso amateur y el predominio de las tonalidades cálidas buscan ensuciar, no acercar, como tampoco lo consigue la construcción de unos personajes encajados en el duelo de las categorías bien-mal, ésas que en toda película “seria” de policías y ladrones terminan aparcándose. Tras reconocer influencias pictóricas en su estilo, el aire telefilm de las tres cintas de Gray, en lo estético y en el precipitado encarrilamiento argumental, indica tanto un objetivo demasiado alto como que o bien los telefilmes han aprendido bien de sus modelos o éstos han caído en una desidia formal galopante.

  Otros rasgos destacados tampoco contribuyen a delimitar con claridad la frontera entre anteriores trabajos del director y el presente: la escenografía, salvo el majestuoso cine restaurado que sirve de club El Caribe, no identifica al ambiente de la película como sí lo hace el primer tramo musical, compuesto de referencias disco, Blondie o David Bowie, que posteriormente deriva en nuevos destellos de egocentrismo a costa de un final operístico. La grandilocuencia de Gray se refleja en atisbos como esa iglesia desértica en la que se reúnen los policías, en disímil de Coppola, aunque ambos compartan una fuerte perspectiva religiosa, más conceptual y manipuladora en este caso. Si el juego bofia-chivato-mafia ya no puede estirarse sin chocar con puñados de referencias, negar a las compañeras de género mediante una pátina de profundización y sobriedad no parece una actitud constructiva. En vez de reconocer que su historia ofrece un entretenimiento medio y que su breve trayectoria venía unificando una tendencia clásica con un nuevo tipo de cultura urbana —ese mundo que no supo reflejar “The last days of disco” (1998)—, Gray explota la vena emotiva y desaprovecha sus nada desdeñables bazas.

  Porque el reparto salva en gran medida la fibra que falta en las escuetas líneas de diálogo y narración. Joaquin Phoenix y Eva Mendes —contra todo pronóstico, aunque su papel rememore el prototipo de Charlize Theron en "La otra cara del crimen" y en casi todos sus planos aparezca en poses de sirena— son un dúo con nervio que al director se le desboca en momentos puntuales, al igual que algunas estúpidas réplicas de Robert Duvall, ese tótem experimentado que Gray parece necesitar entre sus actores —antes habían sido James Caan y Vanessa Redgrave—. Tanto éste como Wahlberg permanecen en una superficie —autismo en el segundo— que echa por tierra la intención primera de construir una crítica realista contra el cuerpo policial —y en sentido opuesto a las heroicidades de nuevas cintas retro, como "American gangster" (2007)—. Sin embargo, la responsabilidad de esos fallos recae sobre todo en la endeble evolución sentimental, sin justificaciones sólidas, que sacude a los personajes como recortables que encajan en el único hilo coherente del protagonista, Bobby.

  “La noche es nuestra” solo trasluce perturbación, inquietud y oscurantismo en el último careo perseguidor-perseguido —a pesar del campo de trigo, nuevo lugar común del que ya me he pronunciado acérrima enemiga— y en un intercambio de “te quiero” que dejan asomar una ambigüedad y doble moral asfixiada durante el resto del discurso. Entre ese abismo de estereotipos cuestionados y la más pura tensión —una carrera automovilística marcada por los golpes del parabrisas—, se pierde una buena película que cumple con las más simples expectativas y que se deja magrear, pero no querer, como la secuencia de apertura.

Calificación:


Imágenes de "La noche es nuestra" - Copyright © 2007 Columbia Pictures y 2929 Productions. Fotos por Anne Joyce. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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