CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Los directores podrían
clasificarse en aquellos que procuran cultivar una carrera
polifacética y los que se repiten con plena consciencia,
imposiciones de industria o prestigio, reiteración de la que
emergen revitalizados o más previsibles que los bostezos que
llevarán parejos. James Gray
se dio a conocer por “Cuestión de sangre” (1994), retrato de
asesino a sueldo condicionado por dañinos vínculos familiares, y
hasta el año 2000 no retomó temática, estructura y corpus
personae con
"La otra cara del crimen",
película más accesible y vistosa para el gran público, cuyas
pretensiones intelectuales se ven sustraídas por esa imagen de
artefacto comercial. Mudo, que no ciego, heredero de Francis
Ford Coppola, Martin Scorsese o Brian De Palma, Gray cultiva un
tipo de cine criminal suburbano, que fija su mirada en un pasado
más reciente para hermanarlo con la crisis moral contemporánea.
Su fetichismo por ciertos actores, la obsesión por determinados
valores y composiciones, y el control que ejerce sobre los
guiones, que él escribe, revelan la porfía de ser nuevo maestro,
aun a costa de imitar el procedimiento de los grandes.
Para
“La noche es nuestra” se apropia de un lema de la policía
neoyorquina y bucea —al menos de planteamiento— en la
llegada del crack al tráfico y las mafias rusas
durante 1988. El peso documental y social que habría
rellenado páginas y páginas del libreto, se compensa con el
máximo interés del director: conflictos personales en
entornos reconocibles. A causa de esa reducción argumental,
la película es legible en clave opuesta a "La otra cara del crimen":
los actores intercambian papeles y las eternas dudas éticas
y existenciales ya planteadas siguen formulándose —sin
respuesta definitiva, faltaría más— en un contexto distinto
que venda el proyecto como algo novedoso. No lo es del todo:
Bobby Green (Joaquin Phoenix)
regenta un club en Brooklyn que atrae al más importante
grupo de negocios de droga. Que Bobby sea hermano e hijo de
policías (Mark Wahlberg
y Robert
Duvall) propicia
el oficio de infiltrado y que la tensión se acreciente entre
los típicos bandos y el núcleo romántico-familiar.
Brochazos de thriller setentero para tan fina acuarela:
Gray solventa de un plumazo el contenido más físico de la trama
para centrarla en los dilemas que él considera de relevancia,
empapados de sentidos religiosos que en vez de alegorizar el
conjunto lo vuelven adoctrinador e ingenuo. El esquema padre-dos
hermanos, la culpa, el perdón y la venganza adquieren lenguaje
popular para que resuenen motivos bíblicos intragables bajo las
formas en que tiende a subrayar el realizador. El toque
fotográfico a lo falso amateur y el predominio de las
tonalidades cálidas buscan ensuciar, no acercar, como tampoco lo
consigue la construcción de unos personajes encajados en el
duelo de las categorías bien-mal, ésas que en toda película
“seria” de policías y ladrones terminan aparcándose. Tras
reconocer influencias pictóricas en su estilo, el aire telefilm
de las tres cintas de Gray, en lo estético y en el precipitado
encarrilamiento argumental, indica tanto un objetivo demasiado
alto como que o bien los telefilmes han aprendido bien de sus
modelos o éstos han caído en una desidia formal galopante.
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Otros rasgos destacados
tampoco contribuyen a delimitar con claridad la frontera entre
anteriores trabajos del director y el presente: la escenografía,
salvo el majestuoso cine restaurado que sirve de club El Caribe,
no identifica al ambiente de la película como sí lo hace el
primer tramo musical, compuesto de referencias disco, Blondie o
David Bowie, que posteriormente deriva en nuevos destellos de
egocentrismo a costa de un final operístico. La grandilocuencia
de Gray se refleja en atisbos como esa iglesia desértica en la
que se reúnen los policías, en disímil de Coppola, aunque ambos
compartan una fuerte perspectiva religiosa, más conceptual y
manipuladora en este caso. Si el juego bofia-chivato-mafia ya no
puede estirarse sin chocar con puñados de referencias, negar a
las compañeras de género mediante una pátina de profundización y
sobriedad no parece una actitud constructiva. En vez de
reconocer que su historia ofrece un entretenimiento medio y que
su breve trayectoria venía unificando una tendencia clásica con
un nuevo tipo de cultura urbana —ese mundo que no supo reflejar
“The last days of disco” (1998)—, Gray explota la vena emotiva y
desaprovecha sus nada desdeñables bazas.
Porque
el reparto salva en gran medida la fibra que falta en las
escuetas líneas de diálogo y narración.
Joaquin Phoenix y Eva Mendes —contra todo pronóstico, aunque su
papel rememore el prototipo de Charlize Theron en "La otra cara del crimen"
y en casi todos sus planos aparezca en poses de sirena— son un
dúo con nervio que al director se le desboca en momentos
puntuales, al igual que algunas estúpidas réplicas de Robert
Duvall, ese tótem experimentado que Gray parece necesitar entre
sus actores —antes habían sido James Caan y Vanessa Redgrave—.
Tanto éste como Wahlberg permanecen en una superficie —autismo
en el segundo— que echa por tierra la intención primera de
construir una crítica realista contra el cuerpo policial —y en
sentido opuesto a las heroicidades de nuevas cintas retro, como
"American gangster"
(2007)—. Sin embargo, la responsabilidad de esos fallos recae
sobre todo en la endeble evolución sentimental, sin
justificaciones sólidas, que sacude a los personajes como
recortables que encajan en el único hilo coherente del
protagonista, Bobby.
“La noche es nuestra” solo
trasluce perturbación, inquietud y oscurantismo en el último
careo perseguidor-perseguido —a pesar del campo de trigo, nuevo
lugar común del que ya me he pronunciado acérrima enemiga— y en
un intercambio de “te quiero” que dejan asomar una ambigüedad y
doble moral asfixiada durante el resto del discurso. Entre ese
abismo de estereotipos cuestionados y la más pura tensión —una
carrera automovilística marcada por los golpes del parabrisas—,
se pierde una buena película que cumple con las más simples
expectativas y que se deja magrear, pero no querer, como la
secuencia de apertura.
Calificación:
    
Imágenes
de "La noche es nuestra" - Copyright © 2007
Columbia Pictures y 2929
Productions. Fotos por Anne Joyce. Distribuida en España por
Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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