CRÍTICA
por
Leandro Marques
Desde
Rumanía, buen cine de exportación
Pese a que la llegada
de producciones rumanas a las carteleras de cine no es masiva,
ni siquiera frecuente, dos grandes obras han podido esquivar
todos los obstáculos y, ayudadas por el prestigio obtenido,
premios internacionales mediante, han logrado hacerse un hueco
merecido dentro de un ámbito dominado por los parámetros del
comercio y los números de taquilla. La primera de estas obras,
estrenada en España en mayo de 2007, es "12:08 al Este de Bucarest", de
Corneliu Porumboiu. La segunda, la presente “4 meses, 3 semanas,
2 días”, viene dirigida por Cristian Mungiu
y resultó la brillante ganadora de la Palma de Oro a la mejor
película durante el Festival de Cannes en su última edición.
Ambos largometrajes tienen
puntos en común y, obviamente, disidencias. Comparten el hecho
de contar con un fuerte rasgo político en el tratamiento de sus
temas. En el film de Porumboiu el enfoque es más frontal, porque
la trama aborda directamente, con mucha ironía, humor y acidez,
un suceso vinculado a la revolución que implicó la caída del
dictador Nicolae Ceauşescu en 1989. La película de Mungiu, en
contrapartida, propone registrar el clima de una época, los
últimos momentos del gobierno comunista, a través de una
historia que si bien no tiene una relación tan directa con la
coyuntura política, está plenamente conectada con el ambiente
político y social reinante en ese período.
Si una sensación prevalece
sobre otras en “4 meses, 3 semanas, 2 días”, es la de
nerviosismo. La cámara persigue a Otilia, la protagonista, en
los que probablemente sean los dos días más agitados de su vida.
Gabita, su compañera de habitación, va a realizarse un aborto
ilegal. El título del largometraje hace referencia al tiempo de
embarazo que lleva. La ciudad es gris e inquietante. Otilia,
voluntariosa, generosa, es la responsable de todos los
preparativos. En este proceso, las imágenes no se detienen, la
tensión empieza a construirse.
El film plantea muchas
preguntas sin anteponer juicios ni sanciones morales. Abre un
diálogo abierto y horizontal con el espectador, que en
definitiva será quien elija en cuál de los desarrollos de la
película prefiere profundizar (uno de los puntos más
interesantes tiene que ver con un planteamiento relacionado con
los límites de tolerancia que pueden o no existir dentro de una
amistad). Y el asunto es cómo filmar el nerviosismo y al mismo
tiempo contar una historia que le sirva de marco. Cada escena
deja brotar un aire de tensión que puede percibirse en el
movimiento de la cámara, en su planos cortos, en los espacios
pequeños, en general asfixiantes, en los que se desarrolla la
trama. Pero, sobre todo, el nerviosismo se deja percibir ya
desde el rostro de las dos protagonistas, especialmente Otilia,
interpretada por una notable Anamaria Marinca
que habla con sus silencios, con sus miradas, con sus gestos. Y
es que ésta es una película que deja prevalecer lo no dicho, lo
no explícito, a favor de la imaginación y la sugerencia. Ahora
bien, tampoco se planta únicamente en ese extremo, porque cuando
tiene que ser literal y mostrar... lo hace sin que le tiemble el
pulso.
La obra gira en torno a sus
protagonistas. Hay un buen trabajo en la construcción de los
personajes —principalmente del central, Otilia—, que conmueven y
dejan transmitir la valentía, el buen corazón y la fortaleza de
una, tanto como la fragilidad, el dolor, y la conveniente
ingenuidad de la otra. Sin embargo, el resto de los caracteres
que les acompañan carecen del suficiente peso como para resultar
atractivos. El largometraje posee un tono casi
teatral, íntimo, cerrado, con escasa puesta en escena y sin
aditamentos estéticos; recrea una atmósfera tan cruda e intensa
como los dos días en los que se desarrolla la historia.
Permanentemente, además, hay llamadas de atención respecto a un
momento específico en la historia de Rumanía. La cinta, como no
queriendo focalizar en eso, casi como de pasada, registra un
modo de vida, un período dominado por el control policial, por
las dificultades para movilizarse con tranquilidad por la
ciudad, la necesidad de comprar cigarrillos de manera ilegal.
Como no pretendiéndolo, sitúa al espectador en esa realidad. Así
como "12:08 al Este de Bucarest" hacía
uso directamente de la revolución de 1989 para jugar con la
ironía y el absurdo sobre el asunto, en “4 meses, 3 semanas, 2
días” la cuestión pasa por dar cuenta de un estado político y
social contando otra cosa, tan lejana y particular como cercana
y conectada con todos. Las dos, cada una con su estilo, han
traído el cine rumano a las carteleras comerciales. Las dos,
cada una por sus razones, son propuestas que no deberían pasarse
por alto.
Calificación:
    
Imágenes
de "4 meses, 3 semanas, 2 días" - Copyright © 2007
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