CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Cuando la
convivencia es posible
El diálogo
cultural entre mundos enfrentados por la política, y, sobre
todo, el amor y entendimiento entre las personas como elementos
superador de las diferencias. Esa es la apuesta de esta película
israelí, premiada en Cannes, Tokio, Montreal, Munich, Los
Ángeles,
Valladolid...
y en todos los lugares donde se ha presentado. Su director,
Eran Kolirin, cree en las personas para superar el conflicto
de Oriente Medio, y se sirve de una comedia de tono agridulce,
con elementos de corte lírico-dramático y también con un aliento
poético, para dar esperanza y acallar la violencia y cizaña
política, para ayudar al espectador a que sonría y disfrute con
una delicada y exquisita historia, con una precisa y depurada
narrativa cinematográfica.
El punto de
partida es mínimo y hasta esperpéntico, y queda reflejado con un
estilo visual que recuerda al mejor Jacques Tati. Un autobús
llega a la ciudad israelí de Betah Tikva, y el plano del autocar
ocupa todo el ancho de la pantalla. Al arrancar vemos que una
banda de música se ha bajado y, desorientada, busca a quién
dirigirse en un lugar despoblado y situado en tierra de nadie.
Es una orquesta de la policía de Alejandría que llega para
inaugurar un Centro Cultural Árabe, con el teniente coronel
Tewfiq al frente de tan curioso y dispar grupo de músicos
militares. Ha habido un error en la comunicación, y en esa
localidad no existe ningún Centro Cultural ni nada parecido, con
lo que tendrán que regresar en el primer autobús que haya.
Mientras, la hospitalidad de Dina permite que pasen la noche de
espera bajo techo, y servirá para que unos y otros abran el
corazón, se establezca un diálogo tan catárquico como reparador,
y vuelvan a creer en la comunicación y en las personas.
La
propuesta de Kolirin es una apuesta por la inteligencia y la
delicadeza, con los diálogos justos y necesarios entre unos
personajes tan solitarios como necesitados de cariño. La fuerza
de su narrativa es visual, con un magistral empleo de la elipsis
y un tempo contemplativo que permite a la cámara adentrarse en
el alma de sus protagonistas y llegar a la confidencia en una
noche que invita a ello. Silencios incómodos llenos de
complicidad y rostros muy expresivos desde la contención, ritmo
constante que va ganando en fuerza dramática y emotiva a medida
que avanza la cinta, momentos estelares y únicos en los que dan
ganas de levantarse y aplaudir, o de callar y dejar que la
emoción fluya: esa escena a la entrada del bar donde se cuentan
sus frustraciones e inquietudes o dejan ver su soledad y
sentimiento de culpa, o aquella otra llena de simpatía y gracia
en la pista de patinaje donde Haled enseña a un israelí a ligar
más que a moverse sobre el hielo... son inolvidables y
entrañables momentos para una pequeña obra que se hace grande en
el corazón del espectador.
Sin embargo,
la película no se apoya en la provocación sentimental fácil y
artificiosa, sino en el arte de llegar a unas almas buenas que
nos permiten ver su interior, con suave ternura o toques de fino
humor, según convenga, y siempre sin excesos interpretativos ni
gestos grandilocuentes. Todos los actores rayan la perfección en
sus papeles, pero en especial la pareja protagonista: Sasson
Gabai borda su trabajo como director de la orquesta y se
convierte en un personaje muy querido por el público, que llega
a sentir lástima y compasión por él, a sentirle próximo; lo
mismo consigue Ronit Elkabetz, dueña del bar que les
acoge, tan fresca e inteligente como triste y desencantada, de
carácter fuerte y a la vez frágil por dentro, que recuerda al
prototipo de mujer latina que tantas veces ha retratado el cine.
También tenemos que hablar de Saleh Bakri, que da vida a
Haled, un simpático y díscolo trompetista que encandila a una
mujer israelí en una bella historia de amor, y al espectador.
Historias personales de inquietudes, amores y desamores, de
esperanzas e ilusiones rotas, recogidas por una matizada
fotografía de luces blanquecinas o de oscuridades nocturnas que
iguala a israelíes y egipcios, y que viene a significar la
convivencia pacífica y el entendimiento de unos y otros.
Una divertida
comedia llena de chispa e ingenio, con el absurdo y las miradas
que sirven para suscitar un diálogo sin palabras, con la elipsis
como elemento narrativo, y una puesta en escena sincera y
transparente como vehículo para llegar a los personajes de la
historia. Desde el inicio, la cinta atrapa a la platea con
suavidad y delicadeza, la poesía inunda poco a poco las
relaciones entre sus personajes, y la historia deviene entonces
hacia el melodrama contenido e íntimo, para finalmente dejar en
el espectador un regusto placentero y agradable. Excelente ópera
prima de este israelí, muy recomendable para un público que
busque las historias personales e íntimas, de tempo lento y
contemplativo pero en absoluto aburrida; su humor y poesía
conseguirán más de una carcajada con sus abundantes gags
surrealistas, y, sobre todo, dejará una huella y un sentimiento
de haber asistido a una historia, a un viaje, tan entrañable
como necesario, con el convencimiento de que la convivencia es
posible.
Calificación:
    
Imágenes
de "La banda nos visita" - Copyright © 2007
July August Productions, Bleiberg Entertainment y Sophie Dulac
Productions. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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