CÓMO SE HIZO
"CONVERSACIONES CON MI JARDINERO" ©
2007
Golem
1. Entrevista con Jean Becker
¿Qué le atrajo de la
novela de Henri Cueco?
Me
sorprendió la forma de hablar, de expresarse del jardinero, con
expresiones muy particulares. Supongo que Henri Cueco se quedó
igual de sorprendido cuando conoció a ese hombre y le entraron
ganas de escribir un libro, para que quedara algo de él. El
jardinero es un ser singular, excepcional. Tiene una visión de
la vida totalmente espontánea e ingenua, pero acertada y
profunda. No es un hombre corriente. Sus palabras, transcritas
por Henri Cueco, son extrañas y llenas de sentido común a la
vez.
¿Cuál fue la principal
dificultad a la hora de adaptar la novela?
Casi hubo que inventar el personaje del pintor. En
la novela, solo sirve para devolver la pelota al jardinero.
Empecé a escribir el guión solo, pero no tardé en sentir que
necesitaba ayuda. Naturalmente pensé en Jean Cosmos, no solo
porque trabajamos muy bien cuando desarrollamos el guión de
Effroyables jardins/Los jardines de la memoria, sino también
porque su hija es pintora y estoy seguro de que le ayudó mucho a
la hora de desarrollar el personaje. Era necesario encontrar el
equilibrio justo entre los dos sin debilitar al jardinero y
dando la vida y la consistencia necesarias al pintor.
¿No le pidió a Henri Cueco que
adaptase la novela?
No, como tampoco usé sus dibujos o sus cuadros.
Creo que eso me permitió entrar más profundamente en el tema.
Tampoco le pedí a Michel Quint que participase en la adaptación
de Effroyables jardins/Los jardines de la memoria. Si Henri
Cueco aparece en los títulos de crédito como autor de los
diálogos, es porque hemos usado muchos diálogos del libro sin
cambiarlos. Del mismo modo que hemos conservado intacto el
personaje de la esposa del jardinero. Después de trabajar con
Jean Cosmos, llamé a mi amigo Jacques Monnet y a François
D’Epenoux, que ni siquiera figura en los créditos, para que
dieran el último toque. En mi opinión, lo más importante es que
el guión sea lo mejor posible.
Su amistad con
Jacques Villeret es conocida. Probablemente pensó en él para el
papel del jardinero cuando leyó la novela.
De hecho empecé a escribir el guión para él. Casi
había acabado la primera versión cuando falleció. Estuve a punto
de dejarlo, pero el jardinero me caía demasiado bien. Empecé a
buscar a un actor capaz de comunicar la bondad e ingenuidad de
Jacques. Siempre había pensado que Jean-Pierre Darroussin, a
pesar de ser muy diferente físicamente, tenía algo parecido.
Cuando vi Como en las mejores familias, me sorprendió su forma
de mirar a los demás, una mirada llena de bondad. Cuando le di
el guión, le dije que había sido escrito para Jacques, pero
aceptó enseguida. Fue muy diferente trabajar con él. Para
empezar, no nos conocíamos. Pero supo aportar naturalidad,
simplicidad y auténtica profundidad al personaje.
¿Qué le hizo
escoger a Daniel Auteuil para el papel del pintor?
Lo hice por intuición. Me atraía la idea de verle
en una historia muy sencilla. Estaba convencido, además, de que
el personaje del pintor, el de “payaso blanco”, interpretado por
él cobraría toda su importancia. Daniel tiene una enorme
cualidad: entiende perfectamente las situaciones. Lo capta todo
enseguida; le basta con una mirada, un guiño, para comprender.
Es un actor muy sobrio y que nunca se equivoca de tono.
¿Por qué cree
que los dos actores se complementan?
Son a la vez muy cercanos y muy diferentes. De
hecho, se complementan muy bien. Cada uno sabe comunicar
emociones a su modo. Pero ambos tienen la misma sutileza, su
juego es simple y directo. Además, tengo la impresión de que
Jean-Pierre y Daniel estaban realmente contentos de trabajar
juntos por primera vez y enseguida nació una complicidad entre
los dos, lo que ayudó a la relación entre sus personajes. Se
nota en sus miradas y en la forma en que se escuchan.
Sinceramente, no podía soñar con un dúo mejor. Han ido mucho más
allá de lo que esperaba.
¿Cómo
definiría la puesta en escena de CONVERSACIONES CON MI
JARDINERO?
Es muy simple. Ruedo con dos cámaras y con planos
diferentes: primeros planos, planos medios, planos más
generales. Eso me sirve, por una parte, para tener más
posibilidades en el montaje, y porque creo que en una película
como esta, la puesta en escena no debe hacerse notar. El
espectador debe fijarse en los personajes, estar con ellos, a su
lado.
Verano
asesino, La fortuna de vivir, Effroyables jardins/Los jardines
de la memoria, CONVERSACIONES CON MI JARDINERO, en muchas de sus
películas parece haber cierta nostalgia de la vida en el campo,
pero no se educó en el campo...
Bueno, en parte sí, y me viene ahora... Cuando
empezó la II Guerra Mundial, mi padre fue hecho prisionero y nos
fuimos a vivir al campo. Tenía 7 años entonces. Era una granja y
vivía como los hijos de las personas que nos acogieron. Mi padre
regresó del cautiverio y rodó Goupi, manos rojas, una historia
que transcurría en el campo. Fuimos a vivir a Saint Léonard des
Bois, en el campo. Durante la primera parte de mi carrera,
oculté esos recuerdos de la provincia. Creo que trabajando en
Verano asesino con Sébastien Japrisot me di cuenta de que me
gustaba, pensé: “Me siento bien, me gusta contar historias con
personas auténticas y sencillas”. Hoy, tengo la sensación de que
es importante retomar mis recuerdos de infancia.
2. Entrevista con
Daniel Auteuil
¿Conocía
a Jean Becker antes de CONVERSACIONES CON MI JARDINERO?
No.
Sentía mucho cariño por sus primeras películas con Belmondo, Un
tal La Rocca, A escape libre, Dulce gamberro, pero nunca
habíamos hablado. Por eso me quedé sorprendido cuando me mandó
el guión de CONVERSACIONES CON MI JARDINERO. Al leerlo, me
conmovió el personaje del jardinero. De hecho, decidí aceptar el
papel porque tenía ganas de ser amigo del jardinero. La historia
me pareció sencilla, conmovedora y totalmente alejada de lo que
hoy se hace en el cine. Era un proyecto atípico, un guión
atrevido, ambicioso. Además del importante lugar que ocupa la
naturaleza en la historia, contenía también algo armonioso,
tranquilo, como si fuera el relato de una reconciliación; me
recordaba la película de los hermanos Larrieu, Pintar o hacer el
amor.
¿No tuvo ganas
de hacer el papel del jardinero?
Es verdad que al leer el guión es el papel más
atractivo, pero ya sabía que lo interpretaría Jean-Pierre y me
parecía una buena idea. Además, los papeles tipo “payaso blanco”
me interesan porque no son obvios. Y reconozco que era más fácil
proyectarme en el papel del pintor que en el del jardinero. Su
vida, sus interrogantes, sus relaciones amorosas, sus torpezas
con su hija eran cosas que me hablaban. Incluso ir a vivir al
campo o cerca del mar me encantaría, pero al contrario del
pintor mi profesión me obliga a estar en contacto con los demás.
¿Cómo se
complementó con Jean-Pierre Darroussin?
No sé si nos complementamos, más bien somos
bastante parecidos. Los dos somos tranquilos, reservados;
sabemos cuál es nuestro lugar y qué debemos hacer para que la
historia de esos dos pueda contarse. Si nos complementamos se
debe a que ambos somos conscientes de la composición de un
personaje y que supimos establecer una relación de trabajo, una
complicidad que nos permitió equilibrar nuestras
interpretaciones para que todo encajase de forma natural.
¿Qué fue lo
más difícil para usted, memorizar el texto, encontrar el tono
exacto?
Sobre todo, conseguir que lo que nos contamos
mutuamente tuviera vida. La película tiene algo muy sencillo,
muy fluido, en parte gracias a lo que nos rodea, la naturaleza,
la luz y, a la vez, una auténtica construcción intelectual que
se basa en los diálogos, tal como indica en título de la
película. Pero no fue fácil. Rodamos seis semanas casi en los
mismos decorados y la dificultad imaginativa fue encontrar
fuentes nuevas, inventarnos cada día. Pero había escenas
milagrosas.
¿Cuáles, por
ejemplo?
Las escenas más emocionales. Cuando el jardinero
debe hacer frente a su enfermedad y cuando el pintor tiene
graves preocupaciones. Las escenas en las que empiezo a ser más
generoso, más adulto... Las escenas en el jardín cuando está
enfermo... La escena de pesca fue un auténtico milagro. Llegamos
al lago a las 7:00 de la mañana, nos sentamos en la barca y allí
nos quedamos hasta la 8:00 de la noche sin bajar, ni siquiera
para mear. Ni nos dimos cuenta. Para los dos, para la relación,
era un momento muy particular... Me di cuenta enseguida, durante
el rodaje, de que Jean-Pierre estaba “habitado”. Es como un
motor diesel. Primero tiene que calentarse, pero cuando se pone
en marcha, es increíble. No es tan fácil como parece porque el
jardinero debe tener ese lado popular, sencillo y, a la vez, ser
un filósofo. Es un papel muy grande.
El suyo
tampoco está mal. Debe quedarse en un segundo plano, escuchar,
sin por eso dejar de construir a ese pintor que debe existir
ante el jardinero para que sus conversaciones tengan fuerza,
cobren vida...
En lo que se refiere a escuchar, basta con
entender la corriente misteriosa y subterránea de la situación.
A partir del momento en que se descubre el sentido de una
escena, las miradas, los gestos, las actitudes vienen casi sin
pensarlo. Muchas cosas dependen del compañero de interpretación.
Es verdad que, en este sentido, Jean-Pierre y yo nos
complementamos. Interpretábamos juntos, nos apoyábamos
mutuamente, estábamos juntos. Me fue mucho más fácil porque
confiaba en el otro actor, no puedo decirlo de otro modo. Tenía
ganas de dejarme sorprender, y no me decepcionó. Jean-Pierre ha
realizado una composición muy sensible, muy sutil.
¿Tomó
lecciones de pintura para hacer el personaje del pintor?
Bueno, me presionaron un poco, pero no me apetecía
mucho. Pensé: “Si preparé Van Gogh, de Pialat, durante diez
meses, no me será tan difícil hacer de pintor actual”. Además,
el pintor de los cuadros que salen en la película estaba
presente durante el rodaje. Pero es verdad que no es tan fácil
pintar y hablar a la vez.
¿Qué le gustó
más del pintor?
Es el adulto que vuelve a casa de sus padres, la
casa de su infancia y que, a pesar de todo, no está tan lejos
del niño que fue. Un niño viejo. Me gusta la idea de que
descubra los secretos de sus padres, que aprenda que su padre
también tenía talento como pintor, pero que no realizó su deseo
para seguir con la farmacia de sus padres. Nos conmueven los
sueños sacrificados de nuestros padres; la infancia está siempre
al acecho. La relación con la infancia me conmueve aún más que
la vida de las personas. Otra cosa que me gustó mucho del
pintor, y puedo hablar libremente porque no soy un creador, es
su discurso sobre la diferencia entre el genio y el talento. Es
un pintor de talento, pero no tiene genio y lo sabe. Siendo un
creador, y lo es, hace falta mucha humildad para aceptarlo.
Luego está la relación con el jardín. Me gusta mucho. Sobre todo
porque, para mí, en los jardines siempre está el fantasma de
Ugolin y de los claveles flotando. No soy capaz de cuidar de un
jardín, pero me parece muy importante. En casa, en Córcega,
tengo un jardín muy bonito en el que mi madre ha dejado su
huella plantando muchas cosas que crecerán aunque ya no esté
entre nosotros. Al igual que el personaje de la película, tengo
grandes conversaciones con... el dueño del vivero.
¿Está de
acuerdo con el pintor cuando dice que “delante de un cuadro, no
hay nada que explicar, basta con sentir”?
Sí y no. Recuerdo que cuando tenía 17 años, en el
“Théâtre du Chêne noir”, en Avignon, un pintor se encargaba de
los decorados y hablábamos de arte contemporáneo. Yo tenía
complejo de inculto y le dije: “No entiendo”. Y me contestó: “No
hay nada que entender, basta con sentir”. Es verdad, pero
también tuve la ocasión, en Florencia, de visitar el palacio de
los Oficios con el subdirector del museo y me explicó muchas
cosas. Me parece aún más bello saber. Con ciertas claves, la
emoción es más fuerte.
¿Por qué cree
que el jardinero turba tanto al pintor?
Le turba la inteligencia que tiene de la vida, su
filosofía natural, su sencillez y su pureza. La vida de ese
hombre es casi una obra de arte. Este ex ferroviario con sus
sueños de jardines, su mujer, el amor, el respeto... Es muy
posible que al pintor no le hubiera apetecido vivir así, pero no
puede impedir que le parezca ejemplar. Hay fuerza, autenticidad
en el rigor, en un recorrido tan recto...
Mientras
preparaba el rodaje, ¿sintió la necesidad de leer la novela de
Henri Cueco?
No. Me bastó el guión, sobre todo porque Jean me dijo
que habían desarrollado mucho el personaje del pintor con
relación a la novela. Pero no es una regla fija. Por ejemplo, en
Unos días conmigo, de Sautet, leí varias veces la novela de
Jean-François Josselin a pesar de que la adaptación estaba muy
alejada del original. Me ha ocurrido lo mismo con Le deuxième
soufflé, que acabo de rodar con Alain Corneau. Trabajé sobre
todo con la novela de José Giovanni. Creo que la leí unas quince
veces. No hay una regla definida. En este caso, en
CONVERSACIONES CON MI JARDINERO, había que trabajar sobre todo
los diálogos, el encuentro entre los dos.
¿Cómo
describiría a Jean Becker en un plató?
En contra de las apariencias, no es un hombre
fácil. Debajo de ese aspecto bonachón, tiene un motor lleno de
ansiedad que consigue propagar a su alrededor. Sabe muy bien lo
que quiere y que lo quiere enseguida. Es una mezcla de
brusquedad, impaciencia y ternura. Trabaja menos a través de la
palabra y más mediante la puesta en escena, la puesta en
situación, la tensión que crea y que obliga al actor a llegar al
corazón de la escena, a dar el máximo. Rodar con dos cámaras
aumenta la tensión, hace falta mayor concentración y, a la vez,
refuerza los lazos con el compañero. Somos como dos trapecistas
que dependen el uno del otro. Pero Jean me asombró. Consiguió
que hiciéramos lo que quería. Tiene un punto de vista muy
definido, es un autor auténtico. Además, se siente muy cómodo en
el campo a pesar de ser un hombre de ciudad. Debe tener un
campesino en su interior. Al principio fue duro, no dudó en
desestabilizarnos, pero sirvió para unirnos. También creo que no
era una situación cómoda para él. Estaba con dos actores a los
que no conocía, con los que nunca había trabajado. Aunque fuera
una película tranquila, no había descanso. Siempre me sorprende,
y en este caso aún más, la contradicción entre el ambiente de la
historia y la tensión de los actores; la oposición entre lo que
comunicamos a los demás y lo que sentimos nosotros; entre la
armonía, la elegancia, la emoción que se ve en la pantalla y la
tensión en la que vivimos.
3. Entrevista con
Jean-Pierre Darroussin
¿Cuándo
conoció a Daniel Auteuil?
Fue
para CONVERSACIONES CON MI JARDINERO. Jean Becker nos invitó a
comer. Una vez nos cruzamos en el pasillo del Fouquet’s y que
nos saludamos con mucha educación. O sea, que no nos conocíamos.
Me atrajo mucho la idea de trabajar con él en este proyecto, una
historia que se concentra en dos personajes. También me pareció
bastante atrevido hacer una película tan minimalista, que trata
de dos personajes y de sus conversaciones. Me atraía el
jardinero, me hacía pensar en mi padre.
¿En qué
sentido?
Por su forma de hablar. Las expresiones populares
un poco anticuadas y llenas de imágenes, el idioma típico de las
personas que siguen atadas a la tierra, despertaban un eco en mi
interior. Mi padre era estañador, pero venía del campo. Al igual
que el jardinero en la película, hacía de todo.
¿No le hizo
dudar un poco que Jean Becker pensara primero en Jacques
Villeret para interpretar al jardinero?
No. Sentía el personaje, enseguida vi cómo podía
interpretarlo. Además me proponía hacer el papel de jardinero,
no de Jacques Villeret. Eso sí, Jean tardó casi una semana en
darse cuenta de que no trabajaba con Villeret, sino conmigo. Fue
una primera semana difícil para todos. Creo que Jean estaba
bastante preocupado preguntándose en qué acabaría una película
basada en los diálogos de dos personas. Era muy brusco, un poco
colérico. Nos desestabilizó a Daniel y a mí. Pero nos llevamos
bien enseguida, así que nos aguantamos y ensayamos juntos. Había
mucho texto que memorizar, que preparar.
¿Es lo que más
le preocupaba?
Sí. Es casi como un texto para el teatro. Es un
diálogo muy definido, con un vocabulario muy preciso; no se
puede cambiar ni una coma, aunque a veces me permití añadir
alguna imagen o alguna expresión mía. En el teatro se ensaya
cien veces antes de salir al escenario. Hay tiempo para captar
los matices, explorar los recovecos. Aquí solo disponíamos de
unos cuantos ensayos, pero debíamos asimilar el texto para
hablarlo más que interpretarlo.
¿Sintió la
necesidad de leer la novela de Henri Cueco?
No, no me gusta hacerlo. Lo que debo interpretar
no está en el libro, está en el guión. La novela es otra visión,
incluso otro punto de vista. En el press-book de la película que
dirigí, Le pressentiment, utilicé una frase de Jacques Becker
donde decía que al adaptar una novela, por amarla tanto, por
trabajarla tanto, se olvida que la escribió otra persona. Solo
el adaptador sabe de dónde viene. El actor no tiene por qué
saberlo. A veces, mucho después de terminar la película, leo el
libro en que se inspiró, pero ya no hay nada en juego.
¿Qué le
conmueve más del personaje del jardinero?
Es un personaje que no hace trampas, está en
contacto directo con la realidad, ha encontrado un sentido a su
vida, es lo que busca el personaje del pintor, que se encuentra
en un desierto afectivo. El jardinero sabe que ha trazado un
surco recto. Puede mirarse en el espejo. Siempre ha sido
honrado, leal. No ha hecho daño a nadie. Es un ser profundamente
moral. Ha hecho su vida y, a partir de ese momento, su vida ha
servido de algo. Desde el punto de vista humano, es lo que más
me conmueve. Es la historia de la desaparición de un justo. Por
eso es tan turbador, porque la gente como él escasea. Me gusta
ese personaje, la forma en que anda, sus zapatos, sus
pantalones, su motocicleta... Me gustó disfrazarme de él.
¿Cómo se
complementa con Daniel Auteuil?
Me parece que vemos nuestra profesión del mismo
modo, que pertenecemos a la misma familia de actores. Somos
bastante tímidos y reservados. Respetamos nuestro trabajo y al
personaje al que damos vida. Ante todo somos camaleones,
esponjas de los diferentes arquetipos humanos que uno se cruza
en la vida. Luego hay cierta fragilidad, vulnerabilidad, y un
lado experimental. Nos preocupa buscar, avanzar siempre, nunca
dar nada por hecho. Me veo cuando le miro trabajar.
Y como
compañero, ¿cuál es su mejor cualidad?
La simpleza y la rectitud. Su comprensión de lo
que está en juego. La capacidad de saber materializar una cosa
inefable y palpable, misteriosa e íntima que nace entre los dos
personajes. Su facilidad para entender el objetivo de la escena
sin dispersarse en diversos estados anímicos hablando de
conseguirlo. El hecho de saber que basta con decir el texto y
escuchar a su compañero para que empiece a pasar algo. A eso
llamo simpleza y rectitud. El hecho de que no apoya su
vulnerabilidad en los demás, no gasta la energía de los demás
con sus angustias. Es de agradecer y menos habitual de lo que
pueda parecer.
Y Jean Becker,
¿cómo le describiría en el rodaje?
Es una fuerza de la naturaleza. Su energía circula
por el plató, sus entusiasmos, dudas, angustias, su exigencia y
voluntad. Lo expone sin más. Es un espectador casi infantil:
enseguida se nota su alegría o desilusión. No esconde lo que
piensa. Es directo. No me extraña que haya sido boxeador.
Aguanta los golpes y los devuelve. Hay un intercambio. De hecho,
el rodaje se parecía bastante a un partido de tenis; Daniel y yo
formábamos un jugador, una entidad, con él al otro lado de la
red. Fue un placer.
En su opinión,
¿qué cautivó a Jean Becker del encuentro entre el pintor y su
jardinero?
Ha conocido a mucha gente. Es alguien muy poroso,
muy sensible, siempre está al acecho. Cuando su padre rodó La
evasión, hablaba de la vida. Intenta rodar el misterio del
encuentro. ¿Por qué esos dos hombres se hacen cómplices? ¿Por
qué un artista intelectual, un parisino, un esteta se siente tan
cercano a ese otro hombre tan sencillo? Porque algo resuena en
su interior. Jean es muy nostálgico, está impregnado del cine
que hizo su padre, de las personas que conoció en aquella época,
e intenta comprender lo que había en aquella sociedad que no se
basaba en el consumo, por qué la gente creía más en el trabajo
que en el dinero, por qué estaban más dispuestos a servir a su
vida en vez de esperar que su vida les sirviera. Jean está en el
cruce de ambas generaciones. Vive con el sentimiento de lo que
se ha perdido por los imperativos de la eficiencia. Es un tema
universal, los antiguos y los modernos. Hay algo de chejoviano
en el interrogante de cómo muere el antiguo mundo.
Hoy, mirando
hacia atrás, ¿cuáles son sus escenas favoritas?
La escena en la que el pintor fuma un canuto y el
jardinero le observa. La escena en la que me como un arenque en
el jardín. Las escenas en el Louvre, en el hospital. El momento
en medio de las judías con música de Mozart. La escena de pesca
fue un auténtico placer rodarla. Jean quería todas las luces del
día. Estuvimos 12 horas en la barca, de 8:00 a 8:00, no bajamos
ni a mear. No pedimos nada, nos tiraban bocatas. Estábamos los
dos, Daniel y yo; hablábamos entre toma y toma. Fue un auténtico
momento de pescadores. Pero también nos unió algo a partir de
ese momento.
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2007 Ice 3, KJB Production, StudioCanal, France 2 Cinéma y
Rhône-Alpes Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
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