CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Las cosas que
importan
Las cosas que
importan son las que un inculto y sencillo jardinero acaba
enseñándole, sin pretenderlo, a un pintor engreído y frívolo.
Las cosas que importan son las que éste descubre detrás de las
nieblas de una vida de fracaso familiar, a la luz de un faro
existencial. Las cosas que importan son las que, en un homenaje
a su amigo, el artista inmortalizará en el lienzo en un intento
por plasmar la belleza de lo natural y sincero. Son, en esta
película del francés Jean Becker, dos amigos de la
infancia que se reencuentran cuando el pintor vuelve a su casa
natal –refugio tras la petición de divorcio de su mujer– y
contrata al jardinero para que le trabaje el huerto... y para
escuchar su sencilla conversación.
Crisis
personal de un hombre acostumbrado a que nadie se interponga en
sus objetivos, de alguien poco dado a preocuparse por las cosas
de los demás. De vuelta a sus raíces, el Pincel –así le llama su
amigo– espera hallar el sentido de sus días y capear el
torbellino emocional que se avecina. Y será un hombre sin
formación intelectual –el Jardín, su mote cariñoso–, quien le
marque el camino para valorar y disfrutar con lo que tiene. La
sabiduría y sensibilidad popular del trabajador no cualificado
–se enorgullece de ser un obrero de las clases bajas, jubilado
de los ferrocarriles– quien abra los ojos a quien ha cultivado
el arte de ver con la imaginación, de recrear la realidad
haciendo de ella algo personal para después llevarlo al cuadro.
Tenemos, pues, al “maestro de la mirada” aprendiendo del
aprendiz a ver a su mujer como “la mujer” (se extraña que el
Jardín se dirija siempre a ella de esa manera, en una
determinación que supone exclusividad), a cuidar unas lechugas y
patatas que “sienten que su jardinero está a su lado”, a
contemplar y poner color a los ojos de la mujer de su vida –las
cosas que le importan–.
El director
de “La fortuna de vivir” vuelve a retratar una historia de
amistad, una vuelta a lo natural y sencillo, una mirada amable a
la vida. Y vuelve a esas escenas de pesca y camaradería, entre
la nostalgia y la contemplación de la Naturaleza, para mostrar
al descentrado e inseguro artista y al espectador que lo
esencial es esa relación personal que se teje con “la bicha”, a
la que una y otra vez pesca para volver a soltar. Diálogo y
sabia conversación para hacerle frente a la vida, a la muerte, a
los problemas cotidianos... de la misma manera que se lucha con
ese gran pez que entra al juego del anzuelo. Becker nos
ofrece a bordo de la barca una bella escena de hondo sentido
metafórico, donde la humanidad de sus personajes se potencia en
un ambiente sereno y placentero. Sucede lo mismo en uno de
los flash backs que introduce, cuando el Jardín le cuenta
a su amigo esas vacaciones anuales en Niza con “la mujer”,
recorriendo arriba y abajo el Camino de los Ingleses y
sentándose en silencio a contemplar el mar. Admirable sencillez
y conmovedora escena de amor de quien sabe “las cosas que
importan”, de quien vive sin complicaciones ni intereses
retorcidos, con la naturalidad y heroísmo de lo cotidiano.
A estas
alturas resulta evidente que la película, construida a base de
diálogos llenos de espontaneidad y transparencia, de hablar uno
y escuchar el otro, exige una pareja de protagonistas que la
sostengan y que atrapen al espectador. Son Daniel Auteuil
y Jean-Pierre Darroussin, magníficos actores que hacen
uso de la palabra con ejemplar naturalidad y frescura, como si
realmente pertenecieran a esa clase social y llevasen toda una
vida entre óleos o verduras. Diálogos espontáneos y sencillos, y
también ingeniosos e intelectuales, salpicados por la ironía
sutil y mordaz cuando apuntan a pretenciosos artistas
posmodernos, políticos oportunistas o médicos de medio pelo,
pero directos y sinceros cuando hablan de “las cosas que
importan”. La presencia de secundarios –principalmente mujeres
de su vida– apenas aporta nada a esta historia de amistad y
descubrimiento existencial, que innecesariamente recurre a
breves flash backs para recordar sus jugarretas
infantiles o un pasado contado en esas mismas conversaciones. El
poder de la palabra supera a la fuerza que trasmite la imagen,
en una cinta correctamente rodada, con una planificación
cuidada, aunque con un guión previsible y que desaprovecha
algunas posibilidades dramáticas de la historia. Sólo el Pintor
evoluciona como personaje, pero lo hace con convicción y siempre
empujado por el respetuoso ejemplo que descubre en el Jardinero:
la mirada de Auteuil es suficientemente expresiva para
vislumbrar en cada momento esa conversión interior,
transformación que le lleva a preguntar por su hija o regar unas
hortalizas abandonadas.
Entrañable
y luminosa historia de dos amigos en horas difíciles, que aporta
oxígeno y optimismo al espectador, y que se ve con agrado y
placer. Película para la contemplación de espacios naturales
convenientemente fotografiados, y para escuchar sin prisas unas
conversaciones sabias y fluidas. Gustará a un público que
prefiera el cine de actores al que privilegie la puesta en
escena, el que valore más el guión escrito que el poderío visual
y estético, el que busque historias interiores y cine de
personajes más que tramas de acción complicadas.
Calificación:
    
Imágenes
de "Conversaciones con mi jardinero" - Copyright ©
2007 Ice 3, KJB Production, StudioCanal, France 2 Cinéma y
Rhône-Alpes Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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