CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El dolor
de la Naturaleza
En la pasada Seminci
estuvo este trabajo de
Naomi Kawase
premiado en Cannes, una película de apariencia liviana pero de
gran hondura existencial. En ella, su directora se acerca al
mundo de la ancianidad y del dolor interior mal digerido, para
seguir transmitiendo al espectador sus propias experiencias (fue
abandonada por sus padres al poco de nacer), con el tema de la
ausencia siempre presente en su filmografía. Cada imagen y
situación llegan impregnadas de profundos sentimientos y de una
espiritualidad muy oriental, donde la naturaleza adquiere un
sentido metafórico y es reflejo del estado interior de sus
protagonistas.
La historia transcurre en un
primer momento en una residencia de ancianos donde trabaja
Machiko, mujer que vive con el peso de la culpa por la muerte de
su hijo pequeño. Ese dolor hace que pronto sintonice con el
pesar de Shigeki, un anciano que lleva treinta años viudo y que
ahora decide ponerse en camino para despedirse de su esposa
fallecida, antes de que ascienda al mundo de Buda desde el
bosque del luto. Para ambos, ese peregrinaje a través de una
naturaleza llena de vitalidad se convertirá en una auténtica
odisea de purificación interior, de encuentro consigo mismo y de
liberación. Uno y otro sienten el vacío de la ausencia y de la
omisión, el dolor de unas heridas mal cicatrizadas que siguen
sangrando, por lo que parten en busca de armonía con los muertos
y de paz para el espíritu.
La directora japonesa
nos muestra un cine de exquisita sensibilidad y
de profunda piedad,
moroso y sin prisa para contar sucesos extraordinarios o
exteriores durante el viaje, sin interés en desvelar el pasado
de los protagonistas. Es un relato interior, un viaje emocional
de ritmo lento, que se entretiene en recoger parajes de una gran
belleza pero con una fuerte carga simbólica: no son simplemente
estampas hermosas sino más bien estados sensoriales y
emocionales de fuerte dramatismo. Le interesa acompañar a esas
dos almas en pena que deberán sufrir vientos y lluvias
intempestivas, rápidos fluviales que están a punto de costarles
la vida, para después llegar a disfrutar de la tranquilidad y
sosiego de haber cumplido con un deber de conciencia. El paisaje
es el auténtico protagonista porque es trasunto del alma de los
dos individuos atormentados por su pasado, y la película se
convierte en una suerte de "ascensión" o "balada" a la montaña
de Narayama, una constante del cine japonés. Con una cámara
nerviosa que habla de la dificultad para atravesar la vida, el
espectador asiste a momentos críticos seguidos de otros
conmovedores, como la escena en la que, tras el aguacero
torrencial, Machiko se quita la ropa para dar el calor de su
cuerpo al anciano que tiembla con síntomas de muerte.
El comienzo del largometraje
es ilustrativo para lo que el público se va a encontrar.
Asistimos a un largo plano sostenido del viento moviendo los
árboles, para a continuación enfocar un cortejo fúnebre que
atraviesa el bosque, y después de varios minutos escuchar las
primeras palabras de la cinta, pronunciadas por un monje budista
a un grupo de jubilados a los que explica la diferencia entre
"estar vivo" y "sentirse vivo". Estéticamente quedan ya
definidas las pautas de un cine contemplativo y muy poético, de
enorme belleza visual y potente sentido simbólico, pero también
muy intimista y parsimonioso, que exigirá sosiego y tranquilidad
en quien se disponga a verlo. La atención se centra en cada
gesto y mirada de los personajes (magníficas las
interpretaciones de Shigeki Uda
y de Machiko Ono),
en una palabra dicha a media voz entre el temor y la duda, en el
contraluz y el cielo que tan pronto deja pasar los rayos de luz
del sol como los oculta entre la negrura de nubes de lluvia. Es
la tensión entre la muerte y la vida, entre el remordimiento y
la necesidad de encontrar la paz de conciencia, entre la
presencia de los seres queridos y su ausencia, entre la
materialidad de lo terreno y lo etéreo de lo espiritual, entre
la oscuridad y la luz.
Dualismos estéticos y
dualismos existenciales, tan propios del cine oriental como de
esta directora que nos habla de su propia experiencia. Por eso,
sus imágenes recogen los breves instantes de una vida que se
mueve en el terreno de la fragilidad y en busca del afecto
perdido. A la vez contemplativa y reflexiva, su
lentitud puede retraer o expulsar a algún espectador, pero su
belleza y lirismo atraerán a muchos otros,
invitados a perderse en el bosque interior y descubrir otras
realidades.
Calificación:
    
Imágenes
de "El bosque del luto" - Copyright © 2007
Kumie, Celluloid Productions y Visual Arts College Osaka. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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