CRÍTICA
por
Leandro Marques
Un baile hacia
el paraíso
No sería
posible, ni mucho menos justo, iniciar cualquier análisis de
“Hairspray” sin hacer referencia a la primera versión del film,
de 1988, dirigida por el fabuloso John Waters. En aquella
cinta, producida con poco presupuesto y muchísima creatividad,
de manera casi artesanal, sobresalían no sólo los notables
momentos de música y baile, sino también una tensión extra y
mucha agudeza para retratar con acidez una época (los 60), un
lugar (Baltimore, Estados Unidos) y varios conflictos (la
segregación racial, la mediocridad de la clase media
norteamericana). “Hairspray”, que como gran parte de la
filmografía de Waters se considera un film de culto, era mucho
más que una película de género musical: era la mirada
sobrecargada de la ironía, acidez y extravagancia propias de un
realizador genial.
El contexto actual muestra otra
coyuntura política, social y económica a nivel mundial. No es
necesario adentrarse demasiado en la observación de los
parámetros que dominan a la sociedad de consumo actual,
prisionera del vértigo, de la acumulación, de la falta de
tiempo y de la impaciencia. Pero sí es importante considerar
este contexto para poder realizar una lectura apropiada de
esta “Hairspray” aggiornada, del director Adam
Shankman, protagonizada entre otros por John Travolta
y Michelle Pfeiffer. Primero, antes de empezar a
describir las características de este film, es fundamental
aclarar que teniendo en cuenta sus recortes
estéticos/narrativos, su viraje hacia lo casi exclusivamente
musical, y la ausencia de una mirada crítica e irónica, este
largometraje podría definirse apenas como “lo que quedó” de la
obra original. La cinta de Shankman se propone como puro
musical, retoma algunos ejes narrativos de la versión que le
da origen, comprime otros, resta atención a algunos
personajes, incorpora nuevos roles para otros, y se construye
a sí mismo como una historia lineal, casi transparente,
edulcorada también, cuyo casi único objetivo –al menos, el
principal– es proporcionar un rato de entretenimiento.
Frente a este panorama, el espectador,
principalmente aquél que tuvo la oportunidad de regocijarse con
la película de John Waters, va a encontrarse con una propuesta
menos pretenciosa, pero a la vez conocedora de sus limitaciones
y por lo tanto honesta. Esta “Hairspray” tomó prestada una idea
–la del musical, la de la época en que transcurre– y la modificó
en función de sus intenciones expresivas; por esa razón, quien
intente acercarse a este film pensando en encontrar alguna señal
que la ligue a la excentricidad y agudeza del original,
probablemente termine decepcionándose. De todos modos, la
utilidad de las comparaciones tiene siempre un límite acotado, y
si se piensa este remake como una película independiente
de la otra, la perspectiva cambiaría positivamente. Es que
ciertamente el nuevo largometraje, haciendo un balance, permite
encontrar unos cuantos atributos positivos. En consecuencia, tal
vez un ejercicio de distanciamiento y separación entre versión
nueva y versión original pueda poner al espectador en estado de
disposición al disfrute. Para quien no observó la cinta de
Waters, sin dudas, sucumbir a los encantos de la versión actual
resultará una tarea mucho más sencilla.
El principal eje de esta “Hairspray”
descansa en su noción de ritmo. La historia y la evolución del
relato están pensados como articuladores entre cada pasaje de
música y baile. La dinámica es vertiginosa, el film nunca se
detiene, no deja tiempo para la reflexión, ni espacio para
reclamos orientados a señalar la ausencia de mensajes que
trasciendan lo que muestra la pantalla. La puesta en escena
y ambientación, la gracia de las coreografías, el color del
vestuario, la simpatía de los personajes centrales –se lucen
Travolta, Pfeiffer y Nikki Blonsky, la protagonista
central– y la muy buena calidad de la banda sonora, todos estos
elementos reunidos armónicamente, materializan de forma
irrefutable el principal objetivo del film. “Hairspray” es una
obra bien lograda, respetuosa con aquella que le dio origen, que
derrocha diversión para la vista y los oídos. Cada movimiento de
baile, sumado a la atinada introducción de algunos espacios que
no aparecían en el film original –como una tienda de regalos–, o
a la mayor preponderancia a otros que no eran tan tenidos en
cuenta –como un aula donde se castiga a los alumnos, en especial
a los negros, que se convertía literalmente en salón de baile–,
y hasta el tratamiento liviano pero consistente de algunos ejes
temáticos que se encontraban en la primera película –como la
cuestión de la segregación racial– configuran un relato
hipnótico y envolvente, gracioso, por momentos hasta emotivo,
que, por supuesto, no suspende ni un instante su alto voltaje de
entretenimiento.
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En varios
pasajes, la trama cae en excesos que obstaculizan su fluidez
natural. A veces, porque su permanente tono jocoso puede
resultar un poco cansino. Otras veces, porque termina cayendo en
varias secuencias previsibles, cuya razón de ser pareciera más
vinculada a una especie de “darle al público lo que quiere y
espera ver”, como sucede con alguna coreografía poco inspirada
en la que bailan Travolta y Christopher Walken. Pese a
esto, el relato logra alcanzar instantes verdaderamente
sensibles y emotivos, en los que, a través de la música y el
baile, se conduce al público hacia el privilegiado territorio
donde reinan la magia y el disfrute. Si hubiera que destacar una
virtud de esta versión de “Hairspray”, es que hace suya una
característica tradicional del género musical: su intento
–exitoso en algunos momentos– de construir un mundo donde la
fantasía y los sueños esperan a la vuelta de la esquina.
Calificación:
    
Imágenes
de "Hairspray" - Copyright © 2007 New Line
Cinema, Ingenious Film Partners y Zadan/Meron Productions.
Fotos por David James. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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