CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Alas para
volar
Hay vidas que merecen ser llevadas a la pantalla porque,
entre otras cosas, encierran un material cinematográfico de
primer orden. Es el caso de
Jean-Dominique Bauby,
redactor jefe de la revista Elle, que en 1985 sufrió una parada
cardiovascular que le dejaba totalmente inmovilizado, a
excepción de un ojo y de una mente lúcida y fuerte. Sin
capacidad de hablar, sólo podía comunicarse con el parpadeo y
siguiendo un alfabeto que su cuidadora le iba deletreando y él
asintiendo a cada letra. Ardua tarea que no le impidió escribir
su autobiografía, “La escafandra y la mariposa”, éxito literario
rebosante de sensibilidad y humanidad que recogía esos dos años
de “encarcelamiento” en su cuerpo, de lucha por vivir y por
sentir emociones reales o imaginadas, rodeado del cariño y
atenciones de médicos y enfermeras, de familia y amigos.
El neoyorquino
Julian Schnabel
leyó el libro y no dudó en convertir esas emociones y
experiencias en imágenes impactantes. No cabe duda de que lo ha
conseguido. Basta con los primeros minutos de la cinta para
percibir que el director ha dotado de una fuerza visual inusual
a la tremenda historia real, que maneja con maestría todos los
resortes cinematográficos, que ha logrado una obra maestra. Se
trata de un trabajo muy personal de quien ha sabido dirigir a un
equipo espléndido: el guión de Ronald Harwood
(“La lista de Schindler” y "Salvar
al soldado Ryan") es
preciso y equilibrado al no abusar del sentimentalismo dramático
ni de los excesos a los que invitaba la obligada subjetividad
del protagonista; el montaje de
Juliette Welfing
permite al espectador viajar de la cruda realidad presente a los
dulces recuerdos del pasado, evadirse a un mundo de imaginación
en el que sentir la libertad, o vivir la ficción de la novela
sobre la venganza de una condesa de Montecristo que inicialmente
se proponía escribir; y la fotografía del polaco
Janusz Kaminski
("El
pianista") sabe
dar a cada una de esas realidades un tratamiento diferente y
suscitar emociones en unos ambientes tan fríos como dolorosos.
Con esta tarjeta de presentación —el reparto no desmerece en
absoluto, con magníficas interpretaciones de todas las actrices,
un esforzado trabajo del francés
Mathieu Amalric, o el
gran Max Von Sydow
dando peso humano a su personaje—, no es casualidad que
los Oscar®
les esperen en las candidaturas
de mejor director (Schnabel ya se llevó la Palma del pasado
Cannes, y los
Globos de Oro a
mejor director y mejor película de habla no inglesa),
guión adaptado, montaje y fotografía. Y aunque no esté nominada,
es justo también destacar la música de
Paul Cantelon, que
trae aires de libertad cuando suena su banda sonora en esa playa
desierta o mientras el inválido pasea en su imaginación por las
calles de Lourdes al anochecer.
El director de
"Antes que anochezca"
asume el riesgo de adoptar el punto de vista de Jean-Dominique
para narrar su propia historia, en su intento de dar a la cinta
la mayor fuerza dramática posible y también de apropiarse de su
propia sensibilidad. Busca la empatía con ese “cautivo” que
aprende a ver y oír en su interior, y por eso se sirve de la
cámara subjetiva y de los primerísimos planos que entran en su
reducido campo de visión: una planificación cerrada que, unida a
un desenfoque fotográfico y a un excelente empleo del sonido,
generan una inquietud y sentimiento que contagian al espectador.
Especialmente los primeros momentos, tras despertar del coma y
ser atendido por el médico, la fisioterapeuta o la logopeda, son
de una intensidad y angustia increíbles, entre el desconcierto y
el aturdimiento emocional, al comprobar que su pensamiento no se
traduce en palabras y que todo se reduce a un monólogo interior
que le aísla del entorno (pero que el público escucha
sobrecogido).
Escena impactante e inolvidable, pero que no será la única, que
Schnabel sabe oxigenar adecuadamente con algunos momentos de
fina comicidad —con sarcásticos pensamientos replicando los
comentarios de médicos y durante la visita de su amigo negro, o
ante los técnicos de telefonía— y con otros de indudable ternura
y emoción incómoda —con su “traductora literaria” o con su
ex-mujer durante la conversación telefónica de la amante de
Jean-Dominique que ella debe interpretarle—.
Cine de primer orden que sabe ser sutil y no subrayar las
poéticas metáforas que hablan del sentido de superación personal
en la adversidad
o de esa libertad interior que encuentra en la parálisis y el
aislamiento: afectividad, memoria e imaginación que dan
humanidad a un cuerpo en estado vegetal y sentido al dolor y al
sacrificio, que son a la vez escafandra y mariposa para hundirse
y volar juntos, como dice una de las mujeres que le atienden
(verdaderos “ángeles de compasión”, como ha declarado Schnabel);
o esos glaciares que se han derrumbado como su vida, para en los
planos finales reconstruirse en un “efecto moviola” mientras
pasan los títulos de crédito; o esas imágenes del mar y de la
playa solitaria, o del buzo hundiéndose con su pesado traje
submarino...
El polifacético artista Schnabel consigue una obra maestra
gracias a la perfecta y original integración de los distintos
elementos cinematográficos, con enorme libertad
creativa y una mirada llena de humanismo y vitalidad
que dan profundidad a una dura pero entrañable y conmovedora
historia de amor y dolor. Entre lo realista y lo onírico, entre
lo lírico y lo trágico, nos deja una obra más profunda y
equilibrada que las firmadas por Dalton Trumbo en “Johnny cogió
su fusil” o Alejandro Amenábar en "Mar
adentro"
al tratar similares circunstancias. La suya es una valiente
apuesta por la vida disminuida y los cuidados paliativos a
partir del calvario del periodista francés, que se adentra con
intimismo poético y sin tremendismo morboso en la enfermedad, y
que sabe tratarlo con eficacia narrativa y visual.
Calificación:
    
Imágenes
de "La escafandra y la mariposa" - Copyright ©
2007 Pathé Renn Production, France 3 Cinéma y CRRAV Nord-Pas de
Calais. Fotos por Etienne George. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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