CRÍTICA
por
Leandro Marques
Cuando la
repulsión se hace cuerpo
Hay un momento, siempre
llega, en el que las cosas se ponen realmente feas. Que apestan.
Lo peor de todo es que casi nunca hay posibilidad de una vuelta
atrás: esos momentos marcan un antes y un después en la historia
de aquel al que le toca vivirlos. Si en algo se destaca “Michael
Clayton”, ópera prima como director del guionista
Tony Gilroy,
es en su capacidad para construir, detrás de una trama compleja
y sobrecargada de matices, una película que, pese a eso, puede
considerarse pura y casi visceral. En un instante exacto de la
narración, cuando el relato llega a su punto de quiebre, el
largometraje se hace cuerpo y vomita el sentimiento predominante
de su protagonista: repulsión. Por el mundo, por quienes toman
decisiones, por quienes tienen el control, por quienes no lo
tienen pero callan pasivamente, por quienes prefieren mirar para
otro lado...
Michael Clayton se encarga de la parte sucia de una importante
firma de abogados en Nueva York. La parte sucia es negociar,
tapar, encubrir todo aquello que no puede salir a la luz.
Corrupción, traición, muerte, poder, dinero, verdad. Todo está
en juego, y probablemente se trate de eso, de un juego que se
escapó de las manos. Interpretado por un cada vez más
consolidado George Clooney,
Clayton lleva una vida donde lo más conveniente es no hacerse
demasiadas preguntas. Vive para su trabajo. Divorciado, con un
hijo al que trata de prestarle atención, sin nueva pareja a la
vista, serio y de pocas palabras, encantador a la vez, él es
el hombre ideal para resolver lo que otros no pueden.
La
excelente composición del personaje, sumada a la excelencia en
la interpretación, permiten acompañar cada fase del complejo
proceso de mutación que puede vivir una persona desbordada por
su entorno. Si algo caracteriza a Clayton es que es pura
negación de sí mismo, lo que le convierte en una bomba a punto
de estallar pese a que no pueda advertirlo ni esté cerca de
hacerlo. De todos modos, si bien el personaje de Clooney ofrece
el punto de vista desde el que se ubica la narración para
desarrollarse, no es el más influyente en los quiebres y giros
que toma la historia. Ese lugar lo ocupa Edens, el brillante
abogado encarnado por el no menos destacado Tom
Wilkinson. En un mundo
preparado para que triunfen los poderosos, podría decirse que
Edens representa el rol del “abogado del diablo” (el director
Gilroy, justamente, fue el guionista de la película en la que
actúan Al Pacino y Keanu Reeves) hasta que se vuelve prisionero
de una extraña locura y todo cambia. Se vuelve loco, o en
realidad se enamora, del amor, de sí mismo, de un sueño con
forma de mujer. En resumen, de un instante a otro pasa a formar
parte de los damnificados, en el otro bando en la contienda
judicial.
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La
trama es muy hablada y compleja. Pero está
contada con mucho dinamismo y utiliza con acierto
el recurso de la discontinuidad temporal como estrategia
narrativa. La
película empieza por la mitad, retrocede hasta el
principio, vuelve hacia el punto de partida y de ahí se
desarrolla hasta el final. Este recurso, a diferencia de
otros filmes que lo utilizan básicamente con un fin
estético, funciona en este caso para proponerle al
espectador una intriga que se va construyendo de a poco,
como un rompecabezas que va tomando forma a medida que
cada fragmento cobra sentido. Así planteado, la
comprensión de lo que sucede trasciende a cada escena,
sólo puede ser alcanzada a través de la articulación de un
momento con otro. En este sentido, la discontinuidad
temporal es un atractivo efectivo que aporta el guión.
Sobre todo, teniendo en cuenta que el verdadero foco de la
obra excede a los matices que construyen la historia en
general, que sirven de marco, o de excusa narrativa, para
explorar en perspectiva los procesos internos de los dos
personajes principales.
La
cámara acompaña constantemente a Clayton. Él representa los ojos
del film. Probablemente, Edens, que es un personaje fascinante,
podría y merecía haber ocupado mayor espacio en pantalla, pero
se prefirió que la fuerza de sus actos y pensamientos quedaran
fuera de plano. El trabajo que realiza el director con los
personajes es interesante: Clayton vive los ecos de lo que vivió
Edens, porque de alguna forma él es su gran influencia. La
historia se mueve al ritmo de quien menos se ve, de su
comportamiento, de su revolucionario cambio de bando, de su
alejamiento del mundo, de su redescubrimiento del amor. Todo lo
que a Edens le sucede, todo lo que siente y vive, que casi no se
ve, afecta a Clayton, se refleja en él.
La primera parte del relato
—que corresponde casi a tres cuartos del metraje— recorre la
gran transición que vive Clayton. Hasta que llega ese momento en
que las cosas se ponen realmente feas, que apestan. Ahí es
cuando hay que tomar una decisión. Ahí es cuando ya no hay
vuelta atrás. Clayton tiene que definir qué camino seguir, si se
abandona en la negación de sí mismo o asume la responsabilidad
de ser persona. La película está armada para este momento, a
partir de la construcción de climas y de una tensión sutilmente
articulada en función de ese dilema. Vale aclarar que
el film no se deja atrapar por la tentación de lo literal, sino
que ofrece varias líneas de lectura que pueden servir como
puntos de comunicación con el espectador.
En este abanico de posibilidades que ofrece la historia se
encuentra uno de los principales puntos positivos del
largometraje. No hay grandes moralejas ni bajadas de línea
ideológicas, pueden estar ahí sólo para el público que decida
buscarlas, o encontrarlas, y quedarse con esa lectura. “Michael
Clayton” es la historia, en definitiva, de un hombre que no
tiene nada de heroico pero que sí tiene límites. El límite lo
determina su capacidad de absorber la repulsión que, en un
momento específico, se puede terminar convirtiendo en sustancia
de su propia identidad.
Calificación:
    
Imágenes
de "Michael Clayton" - Copyright © 2007
Samuels Media, Castle Rock Entertainment,
Mirage Enterprises y Section Eight. Distribuida en España por
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