CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
La
familia judía busca orientación
Muchas veces, la pérdida de
algo de valor se convierte en clave para que salgan a la luz los
fundamentos de la vida, con la consiguiente maduración de los
afectados. Esto resulta más determinante cuando lo que se pierde
es la figura del padre, y la familia debe recomponerse en su
quehacer diario y en su equilibrio emocional. En ese momento,
todo cambia y las nuevas circunstancias exigen a los que se
quedan asumir unos papeles antes no contemplados. Este es el
marco en que vive el joven Menachem, el mayor de dos hermanos,
que ve cómo la estabilidad familiar se pone a prueba cuando su
progenitor desaparece tras un accidente de coche en Tel-Aviv. De
nada sirven las investigaciones policiales ni las oraciones
elevadas a Yavhé para encontrar a su padre. Es preciso adoptar
una postura que asuma lo ocurrido y sepa orientarse en la nueva
vida que ante ellos se abre.
Con esta mínima trama
construye el francés Raphaël Nadjari
este drama familiar ambientado
en la ciudad israelí, coproducción de ambos países. No hay
bombas ni cuestión palestina por medio en esta película, pero sí
está marcada a fuego por la tradición judía y los nuevos aires
de modernidad que corren por sus calles, en una búsqueda de
identidad entre el peso de las prácticas religiosas y el poder
aglutinante de la familia, entre la indiferencia de unos y la
intransigencia de otros. Por eso, Nadjari nos propone una
indagación acerca de un pueblo dividido entre la cosmovisión
religiosa y el laicismo contemporáneo, desorientado ante la
acelerada pérdida o disolución de su tradicional elemento
integrador —la religión—. De esta manera, la pérdida del padre
para la familia Frankel serviría de metáfora en clave
sociopolítica del Estado de Israel, un país en busca de
definición y una nueva seña de identidad.
Tras un inicio que recoge la
lógica algarabía familiar, con las intrascendentes riñas de
hermanos o la plácida y rutinaria convivencia de padres e hijos,
el accidente y extraña desaparición del padre se convierte en
desencadenante de la historia. Desde luego, el percance de
carretera es del todo inverosímil en su puesta en escena y nunca
resulta convincente tanto misterio ni tanto despliegue policial.
Nada se vuelve a saber del padre, ahora convertido en fantasma,
pero es que no es necesario para el propósito del director: su
intención no es tanto descubrir lo que pasó sino acercarse al
mundo judío y a su doble mentalidad a través de los restos del
naufragio. Por eso no hay signos de dramatismo en el accidente
ni en la desconsolada esposa, pero sí cuando salta la chispa y
los primeros roces con la familia del desaparecido: el abuelo y
tío de Menachem viven con estricta observancia la práctica
religiosa, y enseguida organizan reuniones de oración y caridad
en el domicilio familiar. Esto lo agradece el piadoso Menachem,
formado en el estudio y rezo del Talmud, pero saca de quicio a
una madre que necesita soledad y tranquilidad. El conflicto está
servido y viejas discrepancias afloran: mientras la rama del
marido —curiosamente todo hombres— siempre atiende a soluciones
trascendentes y emprenden una campaña de petición de plegarias
repartiendo el Libro de los Salmos —Tehilim en hebreo—, la de la
esposa —mujeres, más cercanas a lo inmediato— se preocupa en
cambio por la subsistencia y asistencia legal. Choque de
mentalidades para una familia rota, donde la tristeza se instala
y la incertidumbre y el desconcierto amenazan con destruirla,
con un hijo mayor que rechaza la compañía humana y busca
consuelo en Dios, un niño que quiere “hablar de cualquier cosa”
porque la soledad le da miedo, y una madre que encuentra las
cuentas bancarias bloqueadas —eran cosas que “llevaba su
marido”— y que debe reconducir a sus hijos en este difícil
momento.
La naturalidad y frescura
iniciales, la melancólica ambientación con rincones de la ciudad
y prácticas judías —la misma preparación o la celebración del
sabbat—, y el buen uso de la cámara —que no tiene prisa por
contar nada y que sabe recoger los sentimientos de duelo de sus
personajes, sin estridencias ni excesos— no ocultan un ritmo
parsimonioso de la película, y a ratos anodino.
El tono de la cinta es en todo momento realista, con una
fotografía de baja definición y luces frías que dan gravedad al
asunto, que se
adentran en la intimidad herida de la familia sin permitir que
nunca derive hacia el melodrama sentimental. No parece, sin
embargo, apropiado el tono enfático que la banda sonora adopta
repetidamente, entre la estridencia y la solemnidad, porque no
resulta coherente con el tratamiento visual ni argumentativo de
la historia, ni tampoco se requería ese aire de suspense o
enigma subrayado.
Estamos ante una pequeña
producción, que elige con acierto el punto de vista de Menachem
para reflejar la perspectiva religiosa de una parte del pueblo
judío y la más pegada al terreno de otra, para quedarse
finalmente con el afecto de la familia. Film de carácter
minoritario, reflejado también en su ambigüedad y en el carácter
abierto del desenlace, entre el misterioso destino del hombre
desaparecido y el de esa familia que espera la llegada del
autobús... para seguir unida su propio viaje.
Calificación:
    
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Productions y Transfax Films. Distribuida en España por Barton
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