CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una pintoresca tribu de Nueva York
Los directores de
"American splendor"
adaptan las memorias de dos mujeres que trabajaron como niñeras
en el Upper East Side neoyorquino, y meten el bisturí en la
sociedad actual para urdir una sátira mordaz que apunta al
consumismo y a la cultura del éxito, a la hipocresía y a la
moral puritana y vacía. Pero lo hacen con trazos gruesos, con un
esquematismo en el dibujo de personajes y situaciones que resta
eficacia a su crítica y acaban abandonando a su niñera en el
terreno mágico de los buenos sentimientos. Es cierto que sus
intenciones se mueven en el terreno de la parodia, y que ésta
exige estereotipos que dejen en evidencia planteamientos
desalmados y superficiales, pero la caricatura es excesiva y su
moralizante mensaje demasiado evidente, explícito y repetitivo.
Annie es una joven que, tras
la graduación, duda entre seguir estudios de antropología o
dirigir sus pasos hacia el ámbito ejecutivo y financiero. En esa
disyuntiva existencial, el azar le ofrece la oportunidad de
pasar el verano como niñera, y lo hace en una familia de la alta
sociedad neoyorquina, donde el pequeño Grayer sufre la falta de
cariño de unos padres ocupadísimos en sus reuniones sociales o
en su absorbente trabajo empresarial. Crisis matrimonial con
ceguera y mezquindad en grado supino de él y de ella, con una
niñera insegura y sola —sorprendentemente— que juega a ser Mary
Poppins, y con un vecino guapo y apuesto que hace las veces de
Príncipe Azul.
La puesta en escena no deja
lugar a dudas desde el momento inicial, cuando la narradora
—autora del diario que “leerá” al espectador— va paseando por el
Museo de Historia Natural y explica cómo algunas tribus de África o del
Amazonas piensan que para educar a un niño es preciso todo un
pueblo, mientras que otras sociedades como las de los países
civilizados occidentales opinan que para tal misión basta con
una sola persona, la niñera. Comienzo cinematográfico con
imágenes congeladas que responden al estudio de campo —que lleva
a hablar incluso de “señora X” y "señor X”, como si de un “tipo”
humano contemporáneo se tratara— que la observadora y aprendiz
de antropóloga se dispone a realizar a lo largo de un verano, y
que resume al espectador durante casi dos horas. Situaciones
patéticas de una madre que no ve —que no quiere ver—el absurdo
de esas reuniones de “madres” desocupadas o la infidelidad de un
marido ausente —tanto que su presentación se retrasa y su rostro
se oculta de manera tan patente como intencionada—, que se
mezclan con otros momentos con un punto de gracia y frescura por
lo esperpéntico de la situación —como ese baile de disfraces o
las iniciales jugarretas del niño consentido y las ridículas
“normas” a seguir—, y alguna que otra escena emotiva
—especialmente en la segunda reunión de “madres con niñera”— y
también romántica.
Afortunadamente, la cinta
soporta la tentación y no se deja arrastrar por esta última,
algo que habría dispersado la atención del núcleo central y
aguado su carga crítica. Se incluye sólo el mínimo de
romanticismo que exige la historia de una jovencita desorientada
en la encrucijada de la vida y que encuentra al hombre de su
vida... en un ascensor, cuando el otro hombrecito —un travieso
niño— la ha abandonado. Son escenas dulces y tópicas, sin
fuerza, pero las justas para encauzar una existencia cuyo drama
nunca adquiere tintes críticos ni la fuerza necesaria. En Annie
todo está suavizado por el azúcar de la niñera Poppins que aquí
pone la dulce Scarlett Johansson,
y los dardos de Robert Pulcini
y Shari
Springer Berman se
dirigen hacia los infelices y egoístas “señores X”. Como
resultado tenemos una cinta descompensada en la doble crisis
planteada, con una victoria a favor de la trama socio-familiar
(obviamos a la “otra madre” y la construcción de un futuro
concreto para su hija) frente a la antropológica-adolescente, si
esta rivalidad argumental se midiese por la contundencia y
profundidad de los golpes.
Tras el arranque
cinematográfico comentado, la historia se desarrolla casi
íntegramente bajo una factura de corte televisivo, apoyada en
situaciones grotescas llevadas al extremo —excesivas y
repetitivas, como hemos dicho— y en una ironía ácida y mordaz
que no deja títere con cabeza entre quienes viven inmersos en su
egoísmo y vaciedad social. La imagen sólo recupera el tono
fílmico en la despedida grabada por Annie y que se reproduce en
la reunión de “madres sofisticadas”, en una escena en la que se
alterna lo real con lo digital para acabar mezclándose en una
puesta en escena arriesgada, momento que logra generar más de
una lágrima en medio de un desenlace tan inverosímil como
complaciente. Las interpretaciones de Scarlett Johansson,
Laura Linney y
Paul Giamatti
están bien según los
presupuestos y dosis diseñados en el guión, y aportan
dulzura-inocencia, vaciedad-huida y autismo-egoísmo
respectivamente a sus personajes.
La película de la guapa e
insegura niñera, salvadora y salvada a la vez, se ve con gusto
porque resulta simpática, fresca y sincera, sin esconder sus
cartas ni sus propósitos. Aunque desaprovecha un planteamiento y
arranque atractivos, y no acaba de coger regularidad narrativa,
es una cinta interesante por lo que tiene de sátira a una
sociedad materialista y aparente, y además cumple su función de
entretener y hacer disfrutar con una niñera “lost in Manhattan”
como Caperucita, o que quiere emular a Mary Poppins con su
volador paraguas rojo.
Calificación:
    
Imágenes
de "The nanny diaries (Diario de una niñera)" - Copyright © 2007
The Weinstein Company y FilmColony. Fotos por K.C. Bailey. Distribuida en España por
DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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