CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Aunque no lo sepamos,
quizá Mary Poppins escondía tras su apariencia benévola y afable
un aguante a prueba de bombas propio de una investigadora de
campo, y llevaba consigo un cuaderno en el que apuntaba los
límites insospechados de la cursilería infantil y de la
estupidez paterna post-victoriana. Su colaboración desinteresada
en el cuidado de los niños no era más que una prueba de aptitud
para enfrentarse a su propia vida, de manera que insuflando
alegría y concordia en casa ajena trajese la paz a la suya
propia —o a su nube, vamos—. La propuesta no es descabellada,
pues así se resume “The nanny diaries (Diario de una niñera)”,
revisión actualizada del clásico con una cobertura de análisis
social irrisoria como excusa para la típica trama de catarsis en
una joven desubicada. Todo un triunfo en la manera de estropear
el rutilante debut de Shari Springer Berman
y Robert Pulcini
como directores de ficción, la
opuesta en formas e intenciones
"American splendor"
(2003).
El
juego fonético inglés entre Annie (Scarlett
Johansson) y
nanny —"niñera"— superpone la persona al personaje, la
realidad al tópico, pero, fuera de toda disección objetiva y
madura, la propia protagonista lo anuncia: será muy difícil
escapar al subjetivismo. Y éste en la comedia romántica actual
se entiende por emociones suaves, conflictos continuos y un
premio de consolación nada desdeñable. El paseo inicial por
unas salas ficticias del Museo de Historia Natural de Nueva
York es la única promesa apetecible, una sucesión de escenas
congeladas que obligan a observar al detalle nuestro mediocre
modo de vida, aunque la narración en off ya esté
guiando sobre unas líneas ácidas que en el resto del guión
apenas encontrarán réplica. Tras esa pausa inaugural, la
acción arranca y entre los continuos movimientos sentimentales
ni protagonista ni directores encuentran margen para pensar y
racionalizar el asunto, dejado en manos de la sensiblería más
evidente. En el apartamento de los señores X —tanta incógnita
no viene a nada cuando desaparece el interés científico y
analista— tampoco late una crítica o un retrato definitivo de
la alta sociedad neoyorquina, presentada con los mismos
tópicos que el capítulo más vulgar de un “Sexo en Nueva York”
o “Mujeres desesperadas”.
La mujer
rica, amargada y autoengañada, y el niño-llave que para sus
padres tiene la misma función que el jarrón chino del hall,
son presas fáciles de una chica con ganas de encontrar un
sentido en lo que la rodea. Perdida acerca de su futuro laboral,
las expectativas de su madre, las opiniones de sus amistades y
sus propios deseos, Annie no anda muy lejos de otro personaje de
Johansson, el que encarnó en "In
good company (Algo más que un jefe)"
(2004), y reafirma su sosería para la comedia, que ya había
pisado en un suelo tan aparentemente sólido como el de
"Scoop"
(2006), de Woody Allen. Sin capacidad para entremezclar los
nervios provocados por tan repelente familia con pizcas de
sentido del humor, su personaje resulta autocompasivo y
cascarrabias. La espléndida Laura Linney
es una mediadora de lujo, nunca mejor dicho, pero demasiado
solitaria en un escenario que desaprovecha el misterio en torno
al señor X —sus primeras apariciones, esquivas para la cámara,
se resuelven sin ningún sentido narrativo, y sus giros finales
se antojan torpes y a destiempo—, a pesar de la creíble
interpretación que ofrece un Paul Giamatti
como lo que es: orondo, serio y despreocupado. El
vecino-promoción Harvard-macizo tras el cual Annie ya no debe
esperar más loterías se pasea de vez en cuando como el
salvavidas de la joven, una opción de final feliz que a lo largo
de su desarrollo la película no descarta y recuerda en pequeños
apuntes para no soliviantar al consumidor medio de romanticismos
hollywoodienses.
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Por
todo ello, tejido como una eficaz, predecible,
blanda, blanca y agradable película de amor urbano,
uno se pregunta qué han hecho los nombres de Springer y Pulcini
en todo el proceso. Sus buenas intenciones se notan en la
secuencia inicial y en las referencias a la susodicha Poppins,
pero el resto bien podría ser un Richard Curtis o un Mike
Newell. Escasa mala leche, huidas veloces de los momentos más
comprometidos —como el acoso sexual—, y manipulación con
lagrimitas y planos intermitentes de un niño destrozado por el
abandono. Sólo en algún rincón pueden distinguirse dardos
dirigidos al esquematismo occidental –la coincidencia de los
trajes de ejecutiva en el metro– y a la política estadounidense
en particular —la brillante aparición en una fiesta infantil de
disfraces de una madre con enorme parecido a Condoleezza Rice
portando en brazos a un niño con careta de presidente Bush—. Por
lo menos, en su conformismo conclusivo, enfrenta el idealismo
familiar a realidades rotas que buscan la felicidad entre sus
imperfecciones, incluso a pesar del desacuerdo materno. Lo que
no resulta tan lícito es ofrecer las respuestas definitivas a
las dudas iniciales de Annie, como si el presente perfecto
pudiese enclaustrarse en una vitrina y conservarlo así, tan
joven y prometedor, para siempre. Algo que estos dos directores
y guionistas rechazaron a través del dibujo atípico, feísta e
informal de la adaptación de los cómics de “American splendor”,
quizá una visión negra de unos males sociales que han intentado
readmitir con esta obra de hechuras de encargo. Podía haber sido
menos, pero, desde luego, y si no nos engañaron, aún queda por
esperar mucho más.
Calificación:
    
Imágenes
de "The nanny diaries (Diario de una niñera)" - Copyright © 2007
The Weinstein Company y FilmColony. Fotos por K.C. Bailey. Distribuida en España por
DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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