CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Alas para
volar
No hay nada
como ser normal. Si no, que se lo pregunten a Vitus, un niño
prodigio que a los seis años es ya un virtuoso del piano y que
tiene un coeficiente intelectual muy superior a la media, lo que
le augura un insospechado futuro. Su padre, un
ingeniero-inventor, y sobre todo su madre son conscientes de
ello y se esfuerzan por proteger y encauzar tan sorprendente
talento, sin pararse a considerar los sueños que el niño tiene o
la soledad en que vive. Será su abuelo, un anciano cariñoso que
siempre quiso ser piloto, quien sea realmente su amigo y
confidente, quien le fabrique las alas para volar y quien le
enseñe que hay que desprenderse de algo para llegar a ser libre.
No es la
primera vez que el cine se acerca a la problemática del niño
superdotado y su falta de adaptación social, ya presente en
cintas como “En busca de Bobby Fischer” o “El pequeño Tate”. De
fondo, se advierte una cultura enfermiza que busca ciegamente el
éxito y el triunfo, la fama y el progreso socio-económico,
cuando no el poder a cualquier precio. En tal espiral de
posibilidades y reconocimientos, incluso unos buenos y
sacrificados padres pierden el norte para conducir al hijo hacia
caminos de felicidad, y acaban siendo quienes le presionan y
empujan hacia un “parque zoológico” de curiosos especimenes
(padres nunca retratados de manera maniquea ni despiadada, y de
interpretación notable y contenida). Afortunadamente, nuestro
Vitus tiene a su lado a un entrañable abuelo con quien se
entiende a las mil maravillas, siempre con tiempo para charlar y
nunca con agobios ni sermones para hacer tal o cual cosa. Él le
enseña a disfrutar de las cosas sencillas de la vida, a
encontrar su estrella y seguirla, a despegar del suelo y ser
libre aunque ello entrañe riesgos o suponga lanzar al viento su
sombrero.
Las
relaciones entre ambos, llenas de afecto y complicidad, arman
una cinta que camina por terrenos del melodrama y apunta hacia
la tragedia, con momentos de intensa pero contenida emotividad.
El veterano Bruno Ganz –magistral en un papel en las
antípodas de "El hundimiento", lo que habla de su versatilidad– hace
que los dos jóvenes actores que encarnan a Vitus se sientan a
gusto en su compañía, y obtiene de ellos las escenas de mayor
calado humano y de una sorprendente naturalidad. El carácter
despierto del pequeño Fabrizio Borsani y sus grandes ojos
dan vida al Vitus de seis años, unas veces locuaz e interesado
por todo, otras silencioso y enigmático como si su cerebro
funcionase a mil revoluciones por senderos desconocidos. Por su
parte, el virtuosismo al piano de Teo Gheorghiu –de doce
años y con importantes premios internacionales en la vida real–,
y su sorprendente desparpajo para moverse ante la cámara
arrancan momentos de lograda empatía con el espectador.
Sin entrar al
desarrollo de una historia salpicada de giros inesperados, cada
uno de los niños viene a dividir el film en dos partes
diferenciadas: la primera, más dramática e intimista, en un
clima de admiración y dilema educativo por parte paterna; la
segunda, más narrativa, donde Vitus coge todo el protagonismo y
también las riendas de la vida. Entre ellas, el deseo de un niño
que quiere seguir siendo niño y poder andar en bici con su
amigo, que desea tocar el piano por amor a la música y no "por
mamá", que quiere volar como Ícaro o construir una maqueta de
avión con su abuelo. La puesta en escena de Fredi M. Murer
es clásica y convencional, sólo con algunas imágenes de
vídeo doméstico que nos llevan a un pasado familiar, con una
narrativa que comienza invitando al espectador a adoptar una
postura más contemplativa-reflexiva y con algún apunte de
cómico, y que en su parte final se precipita hacia un desenlace
que cierre la historia y la redondee. Quizá la subtrama
romántica y la financiera-fantasmagórica del Dr. Wolf en la
segunda mitad desvirtúen en su complacencia una historia que
hasta entonces se encaminaba por terrenos realistas, y que desde
el accidente se decanta por el cuento moral o
fantástico-infantil. Pierde verosimilitud pero gana eficacia
en su propósito de convertirse en un canto al respeto de la
infancia y de la libertad, razón por la que también echa mano de
abundantes elementos metafóricos, como el propio murciélago
o los aparatos auditivos que el padre de Vitus inventa.
Por eso,
habrá quien piense que le sobra metraje y alguna que otra salida
rocambolesca e increíble como esos juegos bursátiles, y quizá no
le falte razón; pero parece que el director ha querido apuntalar
así su película con una crítica velada a ese "juego de los
mayores", cegados por el afán de dinero y olvidados del placer
de la familia. En cualquier caso, el espectador disfrutará con
un genio encantador que, a pesar de su excentricidad y aspecto
"trajeado", no pierde su alma infantil; y especialmente gustará
esta película a los amantes de la música clásica –auténtica
exhibición de Gheorghiu, con una asombrosa agilidad de manos– y
también a quienes estén interesados en un cine centrado en los
aspectos educativos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Vitus" - Copyright © 2006 FMM, Hugofilm
y Vitusfilm. Distribuida en España por Sherlock Films. Todos los derechos
reservados.
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