CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Música para
toda la familia
De nuevo
estamos en un orfanato y ante un niño que sueña con encontrar a
unos padres a los que nunca conoció, pero de los que nota su
misteriosa presencia. En esta ocasión es la hija de Jim
Sheridan, Kirsten Sheridan, quien firma este drama
familiar ambientado en el Nueva York actual y arropado por una
estupenda banda sonora. Lo protagoniza Freddie Highmore,
el niño de "Charlie y la fábrica de chocolate" y de "Descubriendo
Nunca Jamás", que demuestra estar convirtiéndose en
un gran actor, aunque aquí la música es realmente quien se lleva
la palma, tanto por convertirse en el vehículo para unir lo que
el destino fatal había separado como por arrancar los mejores
momentos de la cinta.
El niño del título está convencido de
que sus padres irán a buscarle al orfanato. Se lo dice su
interior y su sentido musical, capaz de percibir la hermosura
de la vida detrás de los sonidos más cotidianos y triviales.
El problema es que ellos no saben ni de su existencia, por
cosas del azar y de algún desalmado que hizo que el idilio de
los enamorados durara una sola noche. Han pasado once años
desde entonces, él ha dejado el grupo de música rock en
el que cantaba, y ella también ha abandonado su prometedora
carrera como violonchelista. Ahora August decide salir a
buscarles, a la vez que descubre su sensibilidad para la
música, de la mano de un nuevo explotador de niños marca
Charles Dickens-"Oliver Twist” y de un grupo de góspel de una
misión de Harlem.
Estamos ante una historia tierna y
conmovedora, de personajes dulces que mueven a la compasión, y
situaciones que buscan la lágrima y la emoción. La trama se
centra en la necesidad de la familia para alcanzar la felicidad,
en la búsqueda de los padres o de la persona amada, y también en
la explotación del talento de los niños prodigio por parte de
gente sin escrúpulos. Por su parte, el guión está construido de
manera convencional y no oculta en ningún momento su
previsibilidad, pero es que la película hay que verla como un
cuento contemporáneo, complaciente y con mensaje, y entonces
cobran sentido las múltiples licencias que se toma y el final
feliz. De otro modo, muchos de los giros argumentales y de las
casualidades del destino resultarían forzosas e inverosímiles,
la misma puesta en escena parecería irreal y artificiosa, y
algunas claves no podrían aceptarse: la pérdida del bebé, su
reconocimiento en una foto sin haberle conocido, el vertiginoso
aprendizaje de solfeo... Pero aceptando su carácter de “cuento
de hadas”, todo se entiende y sólo se le puede echar en cara
cierta pérdida de ritmo narrativo y algunos excesos
melodramáticos que aproximan la cinta al acantilado del
sentimentalismo por el que a veces parece despeñarse.
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Son
decisiones y buenas intenciones de la directora, que a algunos
de los espectadores no les importará porque se conmoverán como
el niño August. No en vano, la interpretación de los actores
busca esa misma empatía de sensaciones placenteras en medio de
la adversidad. Freddie Highmore trasmite con su mirada la
frescura y bondad de la infancia angelical, imagen del hijo
modélico que cualquier padre querría tener —y más si posee ese
extraordinario talento musical—, con una expresividad natural
que le eleva por encima del resto del reparto. Por su parte,
Keri Russell y Jonathan Rhys Meyers dan vida a la
típica pareja de enamorados que también buscan enamorar al
público, y Robin Williams es quien mayor gestualidad
aporta a su personaje, como no podía ser de otro modo.
Interpretaciones convincentes y aceptables para una película que
encuentra en la música su mayor logro, tanto por la banda sonora
que recorre la historia y conduce a los personajes, como por las
canciones que interpretan. Las mejores escenas parten también de
la música, como cuando August sale del orfanato y descubre entre
los ruidos de la calle toda una armonía musical con la que su
cabeza elabora una partitura —recuerda al mundo de Selma en
“Bailar en la oscuridad”—, o su primera demostración espontánea
con la guitarra en el “albergue de los niños perdidos”. Las
actuaciones musicales de Lyla y Louis al inicio y término de la
cinta suponen otros de los mejores momentos cinematográficos
gracias a un montaje paralelo ágil y acorde a la historia
narrada, reforzada a su vez por la emotiva y esperanzadora letra
de las canciones.
En
definitiva, una película familiar y entrañable, llena de
esperanza y un halo mágico, donde la historia de lo que se
cuenta cede protagonismo ante las sensaciones afectivas y
musicales que provoca. El espectador que asista a su
proyección fácilmente se conmoverá con los sentimientos que
encierra, y también disfrutará con una música cargada de
melancolía y romanticismo que servirá para unir a toda la
familia.
Calificación:
    
Imágenes
de "August Rush" - Copyright © 2007
Warner Bros. Pictures, Odyssey Entertainment, Southpaw Entertainment y CJ Entertainment. Distribuida en España
por A.Zeta Cinema. Todos los derechos
reservados.
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