CRÍTICA
por
José Arce
El Apocalipsis es un campo abonado para las producciones
de temática fantástica. La imaginería religiosa, plagada de
simbolismos más o menos inquietantes, en función de cómo se
quieran interpretar, regala infinidad de oportunidades al
género, que encuentra en el fin de la Humanidad un escaparate
fabuloso para desplegar todo el catálogo disponible de demonios,
infiernos varios, sectas religiosas y un ingente abanico de
desvaríos esotéricos. Sin conocer límites presupuestarios, la
lucha por nuestra salvación cabalga entre superproducciones y
películas de lo más modesto, siguiendo unas cuantas pautas que
generalmente concluyen en un epílogo bastante poco halagüeño
para el protagonista, tendente al sacrificio, más o menos
forzoso, en aras de que nuestras almas sigan en este valle de
lágrimas durante unos cuantos años más. A esta línea se
incorpora una nueva muestra nacional, una pequeña producción que
merece la atención del espectador por lo esmerado de la
propuesta, una sorpresita que se deja ver con gusto y que supone
un nuevo ejemplo de que nuestro fantastique sigue en
plena forma, rampa de lanzamiento de jóvenes realizadores que
encuentran en mecenas como Julio Fernández el apoyo
necesario para salir adelante.
Teo (Diego
Martín) es un fotógrafo especializado en conflictos bélicos
que ha de hacer frente a una terrible realidad: es el último de
una estirpe, los Justos, en cuyas manos está el devenir del
mundo tal y como lo conocemos. Sin pretenderlo, se ve atrapado
en una batalla entre dos facciones convencidas de que de su
muerte o supervivencia depende la continuidad de la raza humana.
A priori no es un planteamiento excesivamente original, pero
cuenta a su favor con varios factores que convierten la cinta en
una pieza interesante. En primer lugar, hay que destacar la
labor de realización llevada a cabo por el equipo, encabezado
por el debutante en el largo Manuel Carballo, que ha
desarrollado la mayor parte de su currículo cinematográfico
vinculado a diversos proyectos de la desaparecida Fantastic
Factory. El director aprovecha los recursos de que dispone para
firmar un producto lleno de detalles, cuidando cada imagen y
logrando exponer con seriedad temas y situaciones. Tantos los
planos más amplios como los más detallados presentan una
disposición muy elaborada, escenarios en los que los personajes
se integran con soltura y credibilidad; ejemplo claro es la
escena con Teo sentado al pie de la cama, desesperado, envuelto
en la violenta discusión que tiene lugar en la habitación
contigua. Por otra parte, el exotismo que aportan los escenarios
mejicanos, donde ha sido rodada íntegramente la película —aunque
no se hace referencia explícita a ello en ningún momento—, logra
aportar un punto más de verosimilitud, un marco en el que
incluso las grandes ciudades tienen en su esencia algo de rural.
El mastodóntico edificio desde el que la oscura organización
manejada por el Hombre del Puzle (Federico Luppi)
controla su ejército, supone un hallazgo visual espectacular,
una construcción de cristal impoluta e impersonal que impacta
por lo rígido de su disposición y por lo irreal de su
planteamiento arquitectónico.
Por lo que
respecta al reparto, el cada vez más solicitado Diego Martín
realiza un notable esfuerzo para interpretar a un personaje,
Teo, que está sometido a una tremenda presión no exenta de una
triste ironía, atrapado en una guerra que no entiende y de la
que no puede escapar, cuando su trabajo es, precisamente, buscar
conflictos bélicos y acudir a ellos como una polilla va a la
llama. Aunque su trabajo resulta un tanto forzado en
determinadas ocasiones, salva el trance con soltura, acompañado
por una constantemente alucinada Ana Claudia Talancón.
Buena parte del funcionamiento de la historia se apoya en el
trabajo de los veteranos Antonio Dechent como un honesto
policía, Pedro Armendáriz como el cura conocedor de los
secretos de todo lo que acontece y, sobre todos ellos, el
siempre titánico Federico Luppi, en esta ocasión pertrechado
como si se tratase del hermano mellizo del arquitecto creador de
Matrix. La nota trash y psicotrónica la aporta la
sorprendente participación de Brian Thompson, un rostro
familiar para los aficionados, que cuenta entre sus virtudes
artísticas la capacidad de dar más miedo cuanto menos abre la
boca.
El guión, un
tanto deslabazado, se desarrolla de manera más o menos fluida en
según qué momentos, con altibajos que se compensan en una visión
de conjunto final, a pesar de lo obvio de algunas situaciones y
personajes. Con todo, “El último Justo” no es, ni mucho menos,
una mala carta de presentación para Carballo, a quien podremos
seguir con interés en el futuro.
Calificación:
    
Imágenes
de "El último Justo" - Copyright © 2007
Filmax Entertainment, Castelao Productions, Lemon Films y Ensueño Films. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
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