CRÍTICA
por
Leandro Marques
Entre
sombras y códigos de otra época
El debut de Ricardo Darín
como director es resultado, como él mismo ha manifestado a los
medios, de una herencia y un gesto de amistad. No es un dato
irrelevante. “La señal” es un proyecto que
Eduardo Mignogna,
director argentino y autor de la novela del mismo nombre, no
pudo terminar de llevar a cabo porque la muerte lo sorprendió a
principios de octubre de 2006, semanas antes del inicio de su
rodaje. Fue entonces que Darín, gran amigo del difunto
realizador y protagonista de varias de sus películas ("La fuga", “El
faro del sur”) decidió asumir la responsabilidad de hacerse
cargo de la dirección del film, en conjunto con
Martín Hodara.
Como explicó al periodismo, su compromiso con el largometraje
excedía lo ordinario y sintió, a la hora de decidir hacerse
cargo del desafío, una especie de “legado moral”: dirigir esta
película se había transformado en el gesto que debía realizar
para culminar un sueño que compartió junto a Mignogna, primero
como su actor, luego como su reemplazante. Esta es la parte de
una trama que no se ve, la que no aparece en pantalla. Toda
película tiene la suya, pero pocas comparten el peculiar
acontecimiento que define a la protagonizada en los roles
principales por el propio Darín, Diego Peretti
y Julieta Díaz.
Para comenzar a hablar de lo que sí se ve, puede decirse que “La
señal” es un film cuya historia cuenta con una suma de elementos
poco frecuentes en el cine argentino. No es habitual encontrar
filmes argentinos protagonizados por detectives privados, que
giren en torno a la mafia y, por consiguiente, incluyan
asesinatos a sangre fría, una buena cuota de misterio, y tengan
como móvil de la trama la venganza. En este último asunto,
justamente, el de la venganza, se pone en evidencia uno de los
puntos fuertes de la cinta: la inteligencia con la que está
enarbolada la trama. Porque pese a que es la venganza el factor
que otorga sentido a la mayoría de los sucesos de la historia,
se trata de la venganza de alguien que apenas si aparece en
alguna imagen, de alguien que, en definitiva, no tiene una línea
de diálogo en pantalla. La cámara y la historia se sitúan desde
otro punto de vista, el del Pibe Corvalán, un detective privado
que no siente mucho su oficio pero que de a poco, mujer de por
medio, se va involucrando en una historia que en principio lo
tiene como testigo y luego, a pesar suyo, como protagonista.
El
largometraje está correctamente ambientado en la Buenos Aires de
la década de los 50,
precisamente en 1952, años de peronismo, año en el que todo un
pueblo sufre con la agonía y posterior muerte de su mayor
emblema, Eva Perón. Esa es una época de personas diferentes, una
época con códigos distintos a los actuales. Toda esta
representación está muy cuidada, luce pintoresca, y se
materializa tanto en la vestimenta de los personajes y en su
lenguaje, como en la manera de relacionarse entre sí. La
excelente composición de los protagonistas es fiel a ese momento
de la historia. Tal vez sea Santana, el socio de Corvalán
interpretado con inspiración por Diego Peretti, el que mejor
encarne al prototipo de personaje de aquellos años: formal,
fiel, reservado, amigo en las buenas y en las malas. El vínculo
entre los dos protagonistas, la manera que encuentra la película
de comunicar el lazo amistoso que les une, es uno de sus puntos
más destacados e interesantes.
“La
señal” tiene coherencia estética con su propuesta argumental y
con el contexto histórico en el que se desarrolla. Adopta un
tono de misterio y pocas palabras, a través de su banda sonora y
del juego permanente con los silencios, y evoluciona a un ritmo
narrativo pausado, paciente a la hora de llevar el relato a
picos de intensidad, que llegan casi por decantación en los
tramos finales de la historia. Visualmente, es
una película de sombras, de colores grises como sus personajes.
La fotografía es impecable.
Pese a esto, algo en la propuesta comunicativa no está del todo
bien resuelto. Es el aspecto referido a la construcción de
climas. Tal vez por mostrarse demasiado interesado y pretencioso
en ese ítem, el film no logra alcanzar su mejor expresión. Y por
consiguiente, la película nunca deja de percibirse como tal,
como película. Pareciera no poder terminar de invitar al
espectador a moverse de su lugar para sentir y vivir lo que
sucede desde un territorio más activo e involucrado con la
trama.
De
todas maneras, el guión está muy bien pensado, y la historia
siempre se muestra atractiva. Se trata, en definitiva, de un
film que da gusto seguir mirando, que cuenta con una visualidad
envolvente y que presta especial cuidado a todos sus aspectos
técnicos. Puede percibirse en “La señal”, cuadro por cuadro, el
amor y enorme respeto que Darín siente por el original pensador
de la historia y del proyecto, Mignogna. Y también hay que
mencionar otra presencia, visible en ciertas huellas, de otro
director influyente en Darín recientemente fallecido: Fabián
Bielinsky ("El aura",
"Nueve reinas"), que
especialmente puede detectarse en el manejo de los tiempos
narrativos y la búsqueda de atmósferas.
“La señal” se convirtió
seguramente en el film que el fallecido director de “El faro del
sur” hubiera soñado,
que pensó pero no pudo llevar adelante, al menos no físicamente.
Por su parte, este debut de Darín como realizador, ayudado por
Martín Hodara, si bien es auspicioso, por causas obvias no puede
servir como parámetro preciso para definirlo en ese rol. Al fin
y al cabo no se trata de una obra que eligió cabalmente, sino
que, sobre todo, es una obra y una función dentro de ella que lo
eligieron a él. En este sentido, probablemente este largometraje
tenga tanto que ver con él como con Mignogna. Esta no es, por
cierto, una cuestión irrelevante. “La señal” no puede
considerarse un proyecto sobre el que Darín haya tomado en
plenitud las decisiones creativas, estéticas y expresivas de la
misma forma en que lo hubiera hecho si se tratara de un
emprendimiento personal que implicara su más genuina necesidad
de contar algo y de materializar todo eso bajo la forma de una
película.
Calificación:
    
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