CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
No deja de
resultar paradójico que el espacio de nobles sentimientos que
propone “Mr. Magorium y su tienda mágica” sea una juguetería,
cada vez menos reducto de creatividad infantil y más seña
inequívoca de que las fechas del consumismo y la nieve
artificial se acercan. Si "Charlie
y la fábrica de chocolate" (2005), su inmediato referente a costa
de una viveza colorista y un adulto peterpanesco,
deconstruía ese espíritu moderno y criticaba con no poca acidez
el aburguesamiento como nueva forma de niñez, esta película
navideña parece resistirse a la traición que supone dicha
actitud. Revestido de un optimismo continuo y un chiquillerío
que inunda fondos, conversaciones y reacciones, el segundo largo
de Zach Helm —tras el prometedor guión de"Más extraño que la ficción" (2006)— resulta perfecto para tarde sin
escuela, niños y mayores de fácil distracción visual, y
espectadores no proclives a odiar las fábulas estomagantes.
Desde unos creativos títulos de crédito
la cinta se enmarca en una tradición de personajes chiflados
que, en su primitivo estado de embriaguez perpetua, terminan
resultando encantadores. Con un marcado estilo años sesenta
que no se modernizará en el resto del metraje, desprovisto de
efectos visuales de última generación y más centrado en el
trucaje efectivo y la sencillez sin chiribitas —al menos hasta
la escena final—, de tal forma que la magia se convierta en
algo tan normal para el público como para los personajes, la
historia remite a otros maestros de ceremonias que parecían
conocer la esencia de la vida, como el “Doctor Dolittle”
(1967). Sin embargo, esa ausencia de pretensiones en torno a
miradas maquiavélicas de la niñez o universos imaginarios
originales resta interés a una película, por lo demás, tan
desprovista de fuerza narrativa como de sorpresa visual. Sus
recursos llamativos son repeticiones de hallazgos ya
descubiertos, como las habitaciones temáticas, cuyo
copyright posee Willy Wonka, o las hileras de juguetes
animados y otros cachivaches fantasiosos, enseguida conectados
con detalles similares de “Pinocho” (1940), “Vaya Santa Claus”
(1994) o incluso me viene a la memoria un corto animado de
Walt Disney sobre el taller del Polo Norte.
La sensación general es la de estar
relamiendo una piruleta que no tiene fin —también idea del
personaje de Roald Dahl— y que, por supuesto, no sabe a nuevo.
Eso no es impedimento para dejar de disfrutarla si uno es
aficionado a los sabores dulzones e intensos, del mismo modo que
debe declararse muy fan de Dustin Hoffman o Natalie
Portman para anteponerlos como razones de peso. Contra lo
que pudiera parecer, “Mr. Magorium y su tienda mágica” no es una
cinta para todos los públicos disfrazada de delirio
pro-infancia: su consumo está pensado para niños acompañados
de, al contrario de la tendencia actual que fabrica cintas
"familiares" en las que los padres utilizan de excusa a sus
hijos para verlas. Los dos actores principales no despliegan sus
artes interpretativas —no, Hoffman no sobreactúa demasiado
frente a lo que temería cualquiera en un principio—, se limitan
a poner cara de pasmo, sobre todo en el caso de Portman, y a
recitar diálogos cargados de una lógica absurda y benévola,
inteligible para los pequeños, donde la magia carece de enemigos
sólidos y de explicaciones banales. Un argumento ideal para los
que se niegan a creer que los Reyes Magos son los padres o para
quienes lo han averiguado demasiado pronto —espero no haberle
chafado la Navidad a nadie que lea esto—.
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Aunque el
trazado es fácilmente digerible para el sector al que se dirige
en mayoría, no es menos cierto que su división radical de vida
hedonista-vida trabajadora resulta simplista y promulgadora de
un mundo de colores irreal en el que no tiene cabida el dolor —y
si se presenta lo hace con sus respectivas dosis de lucecitas
compensatorias—. Por esa razón la idiosincrasia de Molly
Mahoney, el personaje de Portman, pierde su hilo particular en
pro de la tesis general de la película: todo gira en torno a la
magia, la fe, la creencia inquebrantable, el amor. Un ideario
muy hippie y atractivo para los niños, pero al que le
falta algo de sustancia cinematográfica que lo haga novedoso y
pertinente. Se aparca al personaje y se fomenta su visión de la
vida: la tienda de Mr. Magorium, más que una juguetería que hace
feliz al que la pisa, parece una criatura alienante al más puro
estilo del hotel de “El resplandor” (1980), lugar que absorbe
los propósitos de quienes la habitan para adecuarlos a los suyos
propios. ¿Dónde quedan los sueños de infancia de la propia
Molly, hacia dónde van los de Eric —Zach Mills, que bien
podría pasar por sosias de Freddie Highmore en físico y
funciones narrativas— y cuáles serán los nuevos del gris
contable Henry (Jason Bateman)? Ésa es otra historia, la
que empieza cuando se cierra una etapa caduca, pero quizá más
interesante que la relatada ahora.
Zach Helm
descuida estos aspectos fundamentales de una construcción
fílmica porque le importa más el mensaje y la actitud
aleccionadora. Sí, película con mensaje cursi y maneras no
menos atildadas, cuyo armazón se subdivide en fáciles capítulos
de lectura —ésos tan de moda con títulos rimbombantes que no
expresan nada, o quizá la propia vacuidad de las páginas
siguientes— y unificados mediante unas melancólicas notas al
piano que expresan los anhelos de Mahoney antes de que éstos
exploten en un concierto del que ella es única directora. A
pesar de tanta celebración de la felicidad más a mano —o no
tanto, descuida que la cinta aboga por virtudes tan accesibles
como la amistad y la imaginación, pero olvida que su atractivo
envoltorio, la magia, es imposible para los frustrados
espectadores infantiles—, su cierre ya no sabe a piruleta, sino
a palo reblandecido. No se ha perdido nada en el transcurso,
pero tampoco se ha ganado ninguna revelación impredecible o un
chispazo, un destello, que de repente, en un segundo, arregle lo
que antes parecía corriente. Tal vez sea culpa de quien mira, y
no sabe mirar, o del propio director y guionista, quien con su
caleidoscopio ha distorsionado los materiales de partida para
dibujar una fantasía menos especial de lo que se considera a sí
misma.
Calificación:
    
Imágenes
de "Mr. Magorium y su tienda mágica" - Copyright ©
2007 Walden Media, Mandate Pictures, FilmColony y Gang Of Two.
Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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