CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Por fin
David Cronenberg
ha entrado sin obstáculos en el panteón de los preferidos por la
crítica. Para ello, ha tenido que abandonar (aunque sólo
aparentemente) su visión personal de la condición humana, según
la cual sólo en las desviaciones y en la enfermedad yace la
verdad última de lo que somos. Y, muy listo él, quizá ha
comprendido que el thriller –como desde que nació el
noir y en los años noventa nos demostró “El silencio de lo
corderos”– contiene, en esencia pero en un formato más
digerible, las mismas claves que le han hecho reconocible:
porque esta salvaje organización mafiosa rusa que habita el
metraje de “Promesas del Este” es a la aparentemente sana y
civilizada Londres lo que un cáncer oculto pero muy activo para
un organismo vivo.
Y es
en ese milagro, en el hecho de que Cronenberg siga estando ahí
a pesar de (insisto, sólo aparentemente) apartarse de sus
temas y obsesiones, lo que dispara el potencial de esta última
etapa en la que, conscientemente o no, parece embarcado, con
la complicidad de un Viggo Mortensen
que entiende como nadie a los personajes que el director
canadiense le pone en bandeja, seres condenados a la violencia
a su pesar, atrapados en una especie de infierno en el que
cualquier vestigio de luz nunca llega a calentar lo más
mínimo. En “Promesas del Este” apenas hay un atisbo a
cualquier cosa que pueda ser verdaderamente llamada humana, y
los pocos que hay giran en torno a la niña recién nacida a la
que la joven prostituta y heroinómana de 14 años da a luz al
morir en un hospital como único testimonio de su paso por
Londres... junto con un indiscreto diario en el que relata
todas sus desgracias y por cuya posesión la hermandad criminal
Vory V Zakone hará cualquier cosa.
Puestos
a ser exigentes, habría que reconocer que la historia de
“Promesas del Este” apenas innova gran cosa en un género, el de
los gánsteres, que Francis Ford Coppola ya fijara, de manera
casi inamovible hasta ahora, en “El padrino”: ¿o no se pueden
distinguir rasgos de Vito Corleone en el rey de la organización,
un verdaderamente inquietante Armin
Mueller-Stahl? Y la
trama, aceptémoslo, incluido el sorprendente y arriesgado giro
que toma en un momento dado, tampoco es la originalidad suma.
¿Dónde está, entonces, la grandeza de esta cinta?
Sin
duda, en el tono. Un tono eminentemente trágico pero que, a
diferencia de la épica que desprendía la trilogía coppoliana,
aquí se fija más como una condena o una maldición a los que la
habitan. Unos seres que como Kirill, el hijo considerado indigno
por un patriarca que gobierna sus asuntos con mano de hierro, o
como Tatiana, a la que sólo vemos viva durante unos segundos y
cuya voz en off leyendo fragmentos de su terrible diario
va puntuando la cinta, arrastran una corrupción que literalmente
parece haberles robado el alma. Un alma que sólo brilla en los
planos de Christine, la pequeña que descansa sola en una cuna
del hospital y cuyo destino el personaje de la siempre eficaz y
maravillosa Naomi Watts
–aquí, una frustrada madre que, además, vive en una especie de
limbo entre su Londres de cada día y una cultura, la rusa, que
le viene por vía paterna pero de la que en realidad está
totalmente desconectada– quiere a toda costa salvar.
Porque, curiosamente, el
metraje en el que aparece la violencia (siempre seca, desnuda
incluso en un sentido literal, sin ningún adorno ni musical ni
de otra índole, puro Cronenberg reduciendo al ser humano a un
mero trozo de carne que puede ser cortado, amputado o mutilado
sin que su esencia mute, sólo se haga más evidente), es escaso,
pero de una contundencia inviable en una gran producción
hollywoodiense. Y en su lugar, una poesía
oscura y triste pero curiosamente hermosa brilla por momentos,
apoyada en unos diálogos que atesoran réplicas y frases
suficientes para recordar.
Y así, mientras el alma de Nikolai, el personaje de Viggo
Mortensen, va volviéndose más negra al tiempo que crecen sus
tatuajes (otra metáfora puramente cronenberguiana), la
película avanza en una cadencia que desemboca en el hermoso
epílogo, en el cual, no sabes por qué, la tristeza te embarga. Y
quizá sea porque Cronenberg ha sabido otra vez (¿cuántas van?)
iluminarte el alma... sólo para descubrir que hay agujeros que
absorben casi toda la luz para no dejarla salir jamás.
Calificación:
    
Imágenes
de "Promesas del Este" - Copyright © 2007
Focus Features, BBC Films, Kudos Pictures, Serendipity Point
Films y Scion Films. Distribuida en España por Universal
Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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