CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Ahora que la guerra se ha
convertido en un motivo más del imaginario visual, mostrarla
como hilo narrativo y contexto de una historia ficticia es la
opción más convencional y vulnerable a la crítica de cada bando
afectado. Vistos los niveles de polémica a la hora de ensalzar o
derrocar situaciones bélicas, de forma directa o metafórica,
Brian De Palma
ha optado por salirse de la
tangente y observar el problema a la cara: no mediante los usos
fílmicos habituales, no como película reconocible e industrial,
sino apropiándose de las otras ventanas visuales de las que a
veces se aprovecha el cine. El director de “Carrie” (1976), sin
embargo, lo hace con la honestidad de quien quiere experimentar
y juguetear con la imagen, aunque en estas primerizas
sensaciones caiga en salidas menos prometedoras de lo esperado y
la idea se le escape hacia los cauces que mejor conoce.
Se
trata, pues, de reescribir lo conocido y escuchado hasta la
saciedad, un ejercicio de borrones y añadidos que tiene mucho
que ver con los silencios y la censura ejercida por los altos
mandos sobre la información popularizada. A pesar de ello y de
que el caso que aborda la película es bien sonado, los
primeros rótulos avisan acerca de la invención de una historia
cuya base documental se ha respetado dentro de unos parámetros
de reconstrucción ficticia. Los acontecimientos afectan a un
grupo de soldados que, como tienen inscrito en una pizarra,
llevan cuarenta y dos días en el infierno. Suficiente, quizá,
para arrastrarlos al límite de la crueldad humana y de la
presión psicológica, cuestiones que también se intentan
insinuar mediante rótulos que rompen la estructura
anti-narrativa del guión. La perspectiva de cámara de vídeo
doméstica –acompañada de las fechas de grabación en una
esquina del plano– predomina mientras De Palma recoge como un
testigo invisible las bromas y quejas de chicos que se graban
entre sí y que rompen el idealismo militar impuesto por otras
cintas del género, ya que los soldados montan sus juergas y se
evaden con porno, pero las tensiones no tardan en aflorar
incluso para exigir el apagado de la cámara.
Aunque a otro se le habría abierto un mundo de posibilidades
expresivas con ínfulas indies, el realizador evita
siempre que puede la apariencia de documental apostado en la
shaky cam, y ahí late la verdadera ruptura formal
de un film que no necesita
contaminarse de los referentes periodísticos para tratar de
ellos. En general la imagen presenta una esmero de alta
definición que tiene muy poco que ver con el usual granulado por
el que apuestan los falsos documentales o las películas de corte
realista. Esa mezcla de métodos expresivos que se asemejan a una
ronda de pruebas en la que buscar la verdad y el medio ideal
para dibujarla conlleva también que De Palma no pueda abandonar
del todo ciertos apuntes propios de su cine y del cine en
abstracto. Los encuadres preciosistas de los soldados que
vigilan las zonas de control bajo un cielo dorado, la alegoría
del escorpión devorado por unas hormigas –recordada por el
arranque de “Grupo salvaje” (1969)–, y que es grabado sin piedad
por uno de los jóvenes, o el empleo de la sarabanda de Händel
que identificase al “Barry Lyndon” (1975) de Stanley Kubrick,
grandilocuente al contraponerlo a la rutina corriente de una
aldea iraquí, denotan el deseo del autor por ir más allá de la
cubierta experimental, por aportar rasgos estéticos elaborados
que chocan frontalmente con el reciclaje de visiones que apenas
cuidan la imagen. A esta narración en un mudo subjetivismo se
suman los portales de Internet que muestran vídeos de baja
calidad –a veces para contraponerlos a la perspectiva en primera
persona, aunque el contraste no sea tan objetivo como se
pretende–, o los fragmentos de noticiarios televisivos, bien
desde una cadena iraquí o estadounidense, según los afectados en
el momento correspondiente –y aunque a veces sólo aporte más
morbo a la escena, como la visita a un hospital o la visión de
un familiar lloroso–-.
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Las trampas son tan obvias
como necesarias, pues De Palma no puede escapar de todo
referente –como en verdad nunca ha hecho– y empezar a elevar una
supuesta pureza visual. Por ello no le molesta cambiar la
perspectiva a gusto: desde los planos detalle de los soldados
hasta el interior de un coche abatido por ellos mismos, o
lanzando la cámara al suelo cuando la víctima no ha sido
norteamericana y al corte siguiente vuelve milagrosamente a su
sitio. A pesar del espacio naturalizado, sin puesta en escena
artificiosa, esta pseudo-redacción de la guerra se ve
perjudicada por esos rastros de narración consciente del medio
en el que se mueve y del entorno en el que nace. Parece una
obligación poco honesta para directores que, por ser
estadounidenses, deben analizar las causas y efectos colaterales
de aquello que les concierne, síntoma también apreciable en la
reciente "Leones por corderos"
de Robert Redford. Aquí se intentan abarcar todas las ópticas
posibles: el soldado, su mujer –vía blog– o el internauta
antibelicista, si bien con la misma fugacidad con la que es
mostrada la violencia. O bien sorpresiva por el estallido de una
mina, o bien demasiado explícita, y a pesar del camuflaje en la
visión de cámara nocturna que convierte a los soldados en
hombres con ojos de hiena. La violación cometida por dos de los
soldados, eje de los dilemas morales del film, sufre de una
apariencia casi de snuff movie, cuya acta testimonial no
supone más objetivismo que el conseguido con un abanico de
noticias estándares sobre el suceso.
En una de las arengas delante
del objetivo por parte de un personaje cabreado, De
Palma deja claro que “Redacted” intenta romper con el
estilismo hollywoodiense, demostrando la inutilidad de los
recursos ficticios al emitir juicios sobre la realidad. La
paradoja es que él mismo ha construido un artefacto que se hace
pasar por creíble tras sus hechuras de ficción corriente y
moliente, como un
juego de máscaras en el que al final las identidades se
confunden. Este metadiscurso termina ofreciendo la impresión de
que, si se arrancaran los pellejos formales de su interesante y
audaz planteamiento, no quedaría nada de más valor que otra
película de denuncia. El arrepentimiento, el dolor y los
remordimientos explotan al término de todo por ese sentimiento
de culpabilidad que introduce una gratuita galería de
fotografías de las llamadas víctimas colaterales, a las que,
ahora sí, De Palma tapa los ojos, la boca o los miembros
amputados porque son auténticos. Sin embargo, la ficción de unos
actores bien llevados no impone la libertad de mostrar cualquier
cosa de cualquier modo. Y en su innumerable cuenta de
interrogantes, como un panorama para el futuro de los canales
actuales de cimentación de la realidad, el director congela una
última estampa que no sabe si ser esperanzadora o resignada,
para el mundo y para el cine, mientras unos aplauden a rabiar y
otros rostros miran el objetivo con la mirada triste de quien lo
ha visto todo y no puede contarlo.
Calificación:
    
Imágenes de
"Redacted" - Copyright © 2007 HDNet y The Film Farm. Distribuida
en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.
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