CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
Michael Radford
cambia radicalmente de contexto y maneras con respecto a la
conservadora interpretación shakespeariana de
"El mercader de Venecia"
(2004). “Un plan brillante” se llama en realidad “Flawless”, que
podría traducirse como "perfecto" en cuanto a "carente de
imperfecciones", un término aplicable de forma muy particular a
los diamantes, indudables protagonistas desde el primer plano
hasta el penúltimo.
Michael Caine
y
Demi Moore
son encargado de limpieza y ejecutiva de altas esferas,
respectivamente, en la ficticia London Diamond Corporation de la
década de los sesenta; el objetivo de Radford y de
Edward A. Anderson
(guionista) es el de proporcionar motivos –más bien de jugar con
ellos– para que la pareja ejecute el robo de diamantes más
importante hasta el momento.
De entrada, a uno se le
vienen encima los recientes esquemas de
"Ocean's
eleven"
(2001), “La trampa” (1999) o
"The
Italian job"
(2003), y lo cierto es que quedan plasmados en la cinta como
tales: se dibuja un plan, se ejecuta al milímetro y
circunstancias no previstas se convierten en adversidad e
intríngulis para el espectador, anudando el cuello de los
personajes. No hay en esta secuencia de pasos grandes
diferencias con el método científico o un proceso de ingeniería.
El caso es que Radford, al proponer un robo de época, no puede
plantear un hurto con ingenios sino con ingenio, desestimando
los recursos mágicos –tecnológicos– que representan los primeros
por las triquiñuelas inspiradas que identifican al último.
Pero cabe preguntarse,
echando el guante a un fondo cargado de entropía, acerca de la
anunciada emanación de perfección, que resulta no ser tal. Hay
perfección en los primeros vistazos que propone Radford a la
extracción y refinado del más preciado alótropo del carbono,
desde el hurgar entre el barro hasta el engarce en el anillo; no
en vano las imágenes hablan por sí mismas de la ordenada
naturaleza estructural que le confieren belleza y dureza
extremas. Sin embargo no la hay en el resto de elementos
sugeridos por el enorme flashback, a excepción del
enmarcado capitalismo: las consecuencias éticas de éste, el arte
del ladrón y el feminismo. Si bien las referencias a Adam Smith
y Max Weber son claras durante unos compases que deben dejar
patente la esterilización de toda forma de socialismo –por
motivos únicamente escénicos–, prefacio y epílogo existen sólo
por hacer gala de que el metraje no tiene cuarenta años de edad;
la marca inequívoca del cine sensiblón y panfletoide noventero,
que sin lecciones morales no sabe hallar en el concepto del
hurto un guión con páginas suficientes.
Este debate se extiende hasta el mismo móvil del robo, que se
nos mantiene oculto, igual que el método, durante tanto tiempo
que el resultado no puede evitar resultar decepcionante. El
mismo señor Hobbs, interpretado por Caine, parece arder en
deseos de expresar sus verdaderos sentimientos, de revelar que
está más allá de Marx, Smith o la vendetta, de romper el
ambiente estéril con algo tan duro como el diamante pero que no
puede tocarse, extraerse ni venderse, ni siquiera por cien
millones de libras esterlinas. La premisa feminista fracasa
también al no existir siquiera: su lugar lo ocupa un sexismo
desesperado y artificial que dibuja a hombres absurdos y una
protagonista con más de hombre que de mujer.
Aceptando que la perfección,
como tal, se queda en los planos introductorios del cast,
el largometraje ofrece un par de momentos visuales delicados,
complementarios entre sí, plasmando la inesperada ausencia de
riquezas donde deberían estar, y la prevista presencia de ellas
donde jamás se las buscaría. Su composición estática contrasta
con carencias en el dinamismo, donde hasta transcurrida la mitad
de proyección no se corrigen encuadres excesivamente cercanos ni
la reticencia al zoom. Y, como si aburrido de la
mediocridad despertara de súbito, Radford consigue romper algo
del entorno aséptico del pre-robo a la resolución haciendo uso
de drama y trascendencia humana, uno de los pocos ápices del
malogrado feminismo –aunque no un verdadero nacimiento del
personaje de Laura Quinn–. Durante este fragmento, Caine
prácticamente desaparece, puesto que tras su emulación de Edward
Norton en
"The
score (Un golpe maestro)"
(2001) –aunque fomentando el factor empático con bonachonería en
vez de discapacidad– y en aras de contarnos cosas interesantes,
se borra momentáneamente para que Demi Moore tenga una
oportunidad de mostrarse convincente (no con el público).
El hilo instrumental del
que se responsabiliza Stephen Warbeck
no guarda mayor complejidad que la esperable para el binomio
hurto-años sesenta: algo de jazz (con una trompeta del
todo sobrante en la repetida secuencia de ingreso al complejo de
oficinas de la London Diamond Corporation) y de notas que
acentúan la tensión entre carreras con carros de limpieza y
búsquedas de combinaciones de caja fuerte conforman la totalidad
del espectro musical de la sonada sustracción. Aunque más que
sonada, que lo es por hipótesis de guión, palidece ante los
tentáculos de ese ambiente desinfectado e inocente y terminan
volviéndola yerma, como si el mismo crimen careciera de
auténtica importancia incluso para los apoderados de los
diamantes. ¿Será que Quinn se equivocó cuando los maltratados
soviéticos le dieron a elegir entre "vodka, danza o diamantes"?
¿Será que la pasión de la ética protestante de Weber por el
trabajo no supera, en ningún caso, a la pasión suscitada por las
fricciones humanas? ¿O será sólo un título "imperfectamente"
escogido?
Calificación:
    
Imágenes
de "Un plan brillante" - Copyright © 2007
Pierce/Williams Entertainment, Future Films y Delux Productions. Distribuida en
España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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