CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
La escuela de
los adultos
La familia de
los Makhmalbaf continúa creciendo como estandarte del
cine iraní. Ahora es Hana, hija menor del maestro Moshen y
hermana de Samira, que con 19 años se llevó el Premio Especial
del Jurado en la pasado Festival de San Sebastián por esta
ficción ambientada en el Afganistán postalibán. Fiel a las
pautas de la escuela de su padre y de Kiarostami, la joven
directora nos cuenta una historia mínima con niños como
protagonistas, apoyada en la sencillez narrativa y los pequeños
detalles, en un intento de plasmar la vida cotidiana y de
penetrar a la vez en unas almas heridas por la guerra y la
intransigencia. Sin embargo, Hana se desmarca al dar a su cinta
una orientación excesivamente explícita, y la metáfora de lo
político acaba por agostar la sutilidad de lo poético.
En la primera
secuencia asistimos a la explosión de los Budas excavados en la
roca, para a continuación cambiar de registro e introducirnos en
una de esas cuevas horadadas que ahora sirve de casa a las
familias afganas. Allí, la niña Baktay ve cómo su vecino está
aprendiendo a leer y siente envidia de él. En su empeño por ir
ella también a la escuela, necesita un cuaderno y un lápiz, y
antes dinero para comprarlos, con lo que se dispone a ir al
mercado y vender unos huevos primero y pan después. Una historia
tan intrascendente se convertirá en una odisea para la pequeña
heroína, al ver lo difícil que le resulta prosperar ante las
dificultades puestas por los adultos o por unos niños sin
infancia.
Desde el
inicio, Hana juega la carta infantil y la dirección de los
pequeños actores se convierte en eje sobre el que gravite el
éxito de su empresa. En ese sentido, llama la atención la
naturalidad y frescura de la niña de seis años Nikbakht Noruz,
auténtica protagonista de todos los planos y llevada
extraordinariamente por su directora. Abundan los primeros
planos en busca de la expresividad de un rostro inocente que
conmueva, que convenza al espectador. ¿Convencerle, de qué? Pues
de que tras la guerra y la derrota de los talibanes, todo sigue
igual y se hace necesaria una nueva explosión que les permita
recuperar la fe y la libertad. La cámara de la menor de los
Makhmalbaf oscila entre unos momentos en los que decide mirar y
contemplar una realidad cotidiana e intrascendente, y entonces
dota a las imágenes de una inocencia y poesía dignas de
Kiarostami; y otros en los que opta por denunciar los estragos
de la guerra y de la realidad de una infancia perdida, y
entonces la sinceridad y pureza de la imagen se siente
traicionada por el mensaje, y la película pierde intimismo y
sutilidad.
Lo mismo
sucede con la puesta en escena, auténtica unas veces y
artificiosa otras, o con el guión, desequilibrado entre la
inocencia costumbrista de las primeras escenas y la
pretenciosidad que encierran los juegos de guerra con
lapidación y discurso doctrinario de “reeducación” incluido. En
esa metáfora político-social en que los niños reproducen en sus
vidas las actitudes aprendidas de los mayores se advierte una
dosis de denuncia a la intransigencia talibán, al machismo o a
la violencia de su régimen dictatorial. Pero también se critica
el dominio americano posterior que les impide mantener su propia
idiosincrasia y tradición, algo que se desprende de la secuencia
final en la era en que unos agricultores trillan el grano:
entonces una sombra deja evidencia de esa necesaria renuncia al
propio ideal y cultura, como la niña a ir a la escuela, para
poder sobrevivir y ser libres. Es el fracaso talibán y también
americano, dos maneras de imponerse y sojuzgar la inocencia de
unos niños que sólo quieren ir a la escuela y que les cuenten
historias sencillas.
A pesar de la
explicitud de este mensaje político y del alejamiento del
sendero poético tan propio del cine iraní, Hana consigue
momentos llenos de sencillez narrativa y de lirismo, sobre todo
en la primera secuencia en la cueva y en el mercado, con
repeticiones del cuento narrado o delante del tendero que
recuerdan a Kiarostami. Y también resulta sobrecogedora la
escena de la lapidación —las miradas de odio de los niños
soldados son aterradoras— o con las otras “prisioneras” en la
cueva, aún con las alusiones tan directas al velo o a la
intransigencia con la mujer. Un cine más de ideas que de
imágenes, entre lo político y lo poético, que gustará a quienes
aprecien el cine iraní más reciente y comprometido. Y aunque
la niña Baktay no haya conseguido ir a la escuela, esperamos que
los adultos sí hayan aprendido la lección de la vergüenza y no
sea necesaria esa segunda explosión.
Calificación:
    
Imágenes
de "Buda explotó por vergüenza" - Copyright ©
2007 Makhmalbaf Film House y Wild Bunch. Distribuida en España
por Wanda Visión. Todos los derechos
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