CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Con un título tan amplio y definitivo como el “Feast of
love” original (“El banquete del amor”),
Robert Benton
debería estar firmando una obra igual de amplia y definitiva en
lo referente a un sentimiento que deglute personas, estados de
ánimo, narraciones y corrientes artísticas como ningún otro.
Pero, aquejado de cierta monomanía en torno a la poesía negra
que esconde la rutina, el director de la previa y tediosa
"La mancha humana"
(2003) vuelve a tropezar con sus errores de siempre, como si la
fórmula de su salvación cinematográfica estuviera en repetir la
misma película empeorando cada vez más los argumentos, la
factura y la armonía de los repartos. Defectos que podrían
proceder de la novela inspiradora escrita por
Charles Baxter
si no estuviera en manos del propio Benton la posibilidad de
modelar a partir de la nada, cuando en realidad lo que propone
son vacíos fílmicos que imitan una misma parsimonia literaria.
Aunque el trazado preliminar
correspondería al de un drama coral, la cinta abandona esta
opción a favor de los más efectivos cauces emocionales
protagónicos que conduzcan la acción. Harry (Morgan
Freeman) es el eje
conductor de un vecindario en el que discurren distintas
relaciones sentimentales que abarcan desde la explosión
irracional juvenil hasta el amor reposado del matrimonio sin
palabras, pasando por las habituales aspas de la infidelidad y
de las casi obligadas subtramas homosexuales. Lo que a priori
ofrecería material suficiente para tan abstracto propósito,
termina revelando sus limitaciones por ese afán de reducir lo
inabarcable a unos pocos casos particulares que impongan la
tesis definitiva sobre el tema. Amor de usar y tirar o amor
desmedido, con la única mesura de la pareja que forman Freeman y
Jane Alexander,
los más ancianos, sólidas torres que observan los movimientos de
esos tímidos peones que son sus conocidos. Pero la partida, de
existir en verdad un juego a todo esto, carece de interés por la
previsibilidad de las valentías y retrocesos que experimentan
los personajes, envueltos en una pobre estructura narrativa
dotada de un narrador ocasional que, cuando apetece, es el
testigo directo de los acercamientos amorosos, y, cuando no, se
le despide con la facilidad de mover el guión de un escenario a
otro sin ritmo alguno.
Entre el vaivén interno de
cada uno desluce un exceso de pesimismo, de exageración en la
mirada gris, desencantada y acuosa del amor característica en
Benton, pero que ya se antoja repetición sistemática de fobias
argumentales y no una búsqueda de respuestas en los propios
males que hacen destacar sus diálogos. No hay razón para
abandonar a medio camino historias que parecen concluir bien,
pero acompañadas de muchas más dificultades e interrogantes
–como la correspondiente a Selma Blair
y su espontáneo lesbianismo–, ni para recrearse en el
sufrimiento de otras ya abordadas por otras mil películas de
mejores mil maneras, llenándolo todo de una retórica inestable
en la que los argumentos que esgrime uno contra el de enfrente
podrían ser aplicables a él mismo. Y esto ocurre porque cada
individuo, hedonista y parlante para el cuello de su camisa, se
aísla del resto a pesar de su infatigable confianza en la
existencia de ese mal social, esa esperanza personal, ese bien
biológico llamado amor. Una desconexión extensible al equipo de
actores, tan estimables por separado y tan planos a la hora de
reunirse, muestra de lo que significa la falta de química, de
chispazo interactivo y coordinación ante la cámara. De todos
ellos, como una suerte de demiurgo en horas libres y chamán
emocional para el vecino apurado, el personaje de Morgan Freeman
resulta incapaz para servir de nexo entre otros que chocan
fortuitamente, alardes poco sutiles e inteligentes de guión,
amén de introducir con apuntes moralinescos el tema de la
drogadicción que apenas viene al caso.
En vez de tirarse de cabeza
al río, puestos a innovar en una parcela tan manida, la película
desaprovecha el filón de la casa encantada de la que siempre
salen parejas separadas –y que habría duplicado el valor de
voyeur participativo de Freeman– y emplea recursos tan
peregrinos como la adivinación agorera de una mujer para atar
cabos sueltos y desembocar la trama en una sucesión de distintos
clímax y frases sentenciosas empaquetadas por adelantado. De
esta forma, la impresión de algunos personajes sale
excesivamente mal parada –Greg Kinnear,
un desesperado amoroso que está ojo avizor con todas mientras se
recrea en su victimismo– y otros tantos pierden su entidad real
para convertirse en las piedras angulares de una perfección y
pureza de sentimientos que la cinta cree tan posibles como
ingenuos saltan a la vista –la historia de los dos jóvenes,
rematada en la facilidad de anclarse en el destino como
resolución dramática–. Todos unidos en un epílogo increíble y
carente del enganche visual que habría sido necesario durante el
resto del metraje para cerrar en un momento tenso y en el que la
dislexia verbal no sirve como procedimiento. Con la lentitud
contagiada a la desnudez impersonal de su escenografía, los
breves y tímidos apuntes de comedia humana parecen imposibles
como el punto de partida de unas secuencias cursis, postradas
ante una postura amorosa idealista que prejuzga las intenciones
de las demás, que resumen que lo importante no es tanto amar
como ser correspondido.
Apta como instrumento de
recreación dolorosa en esas curvas de sensibilidad a la baja,
“El juego del amor” escasea en interés por la simplicidad de su
reglamento, la rigidez de los jugadores y la mirada blanda de un
árbitro que ya no sabe jugar al fútbol sin tocar el balón con la
mano. Y cuando el juego está comprado y sólo faltan unas
pancartas decoradas o unos fluorescentes intermitentes que
repitan el lema y el resultado contractual, la
cinta aburre y cabrea que Benton titule en general cuando está
hablando en particular acerca de un tema al que no tiene nada
nuevo que añadir y que
trata al personal como si no fuera capaz de discernir lo bonito
que es el amor y lo satisfactorio que es hacer cosas buenas por
los demás. Si así de obvio es el juego, apaga el estadio y
vámonos, aunque sea a ver una película de béisbol
norteamericano, que ya es decir.
Calificación:
    
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Entertainment. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
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