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LA HUELLA
(Sleuth)


Dirección: Kenneth Branagh.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 86 min.
Género: Thriller.
Interpretación: Michael Caine (Andrew Wyke), Jude Law (Milo Tindle).
Guión: Harold Pinter; adaptación de la obra de Anthony Shaffer.
Producción: Jude Law, Simon Halfon, Tom Sternberg, Marion Pilowsky, Kenneth Branagh y Simon Moseley.
Música: Patrick Doyle.
Fotografía:
Haris Zambarloukos.
Montaje: Neil Farrell.
Diseño de producción: Tim Harvey.
Vestuario: Alexandra Byrne.
Estreno en USA: 12 Octubre 2007.
Estreno en España: 11 Octubre 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Duelo de egos

  El atrevimiento de Kenneth Branagh al hacer este remake de la obra maestra de Joseph L. Mankiewicz es digno de elogio por el riesgo que entraña. Pero, en una película que se apoya fundamentalmente en su trabado guión y en las interpretaciones, tiene también algo de pretencioso esa manera tan ostensible de rodar y planificar, como queriendo dejar su propia huella, tan barroca como innecesaria. Como es sabido, se trata de la adaptación de la obra teatral de Anthony Shaffer, aquí traída al siglo de la tecnología y de la obsesión por la seguridad, donde las cámaras de vigilancia, las luces de neón o los móviles se convierten en el nuevo atrezo para un escenario de venganzas y humillaciones.

 

  En esta puesta al día de aquel juego mortal que entablaran Laurence Olivier y Michael Caine, este úlimo parece hacer madurado y cogido la suficiente experiencia como para realizar el papel del primero y ceder el suyo a Jude Law. Pero nada esencial cambia en una historia de resentimiento y celos, donde un afamado escritor de novelas policíacas pone en práctica una de las alambicadas tramas que acostumbra a escribir. Es la historia de un marido que trata de vengar la ofensa recibida por un joven e ingenuo seductor, la de un orgulloso creador de imágenes que se sirve de su ingenio para humillar a un advenedizo actor en paro. Pero también es la respuesta de quien está acostumbrado a cambiar de careta según convenga, de quien conserva la ambición que acompaña a la juventud, y de quien observa y se aprovecha de las debilidades ajenas para jugar un partido de tenis con las reglas de su adversario. Es la guerra sin cuartel en tres sets, en la que ambos jugadores luchan por llevar el control del match, con mentiras retorcidas y bajezas miserables, en un clima de desconfianza y prepotencia, dispuestos a dar la estocada final antes que asumir una nueva humillación. Por momentos, nada importa la mujer que les ha enfrentado ni el collar que se convierte en nuevo objeto de deseo, ni el juego homosexual del tercer set —concesión a los tiempos modernos y a la nueva política imperante, no presente en el guión original— que no tiene entidad ni trascendencia argumental. Todo está al servicio de dos egos que rivalizan en soberbia y sofisticación, en retorcimiento y crueldad. Es la condición humana llevada al extremo, con dos individuos puestos frente a frente, que aceptan las normas de la ley de la selva en la que sólo uno puede sobrevivir.

  En ese enfrentamiento, la cámara de Branagh se presenta como arbitro, y en ocasiones se convierte en protagonista: el comienzo con un plano cenital, en el umbral de la puerta de la mansión del escritor, ya anuncia su posición privilegiada para vigilar a los dos gallos de pelea. No renuncia el director a hacerse notar con una planificación manierista, unas veces colocando la cámara en lugares recónditos para obtener picados y contrapicados tan complicados como sus personajes, otras dejándolos fuera del plano y jugando con difusos reflejos y juegos de luces que hablen de la confusión de identidades, y otras abusando de los primerísimos planos —como esos labios que articulan palabras de falsedad que se convierten en dardos lanzados— o de los planos laterales para significar el choque de seres supuestamente inteligentes. La labor de ambientación posmoderna está muy cuidada y sin duda encantará a los decoradores de interiores, pero nada añade y más bien enfría y disipa la tensión dramática que el original de Mankiewicz conseguía: la sofisticación de pantallas y ascensores, el mobiliario de diseño y la estudiada iluminación han sustituido a los inquietantes muñecos y a los recónditos rincones de la vieja mansión de Laurence Olivier, y con ello se ha perdido la atmósfera dramática de aquélla, para dejar una vaciedad y frialdad que impiden al espectador encontrarse con los personajes entre tanta abstracción.

  A pesar de todo, ahí está Michael Caine para dar peso específico a su personaje y a la película. Su dominio de la escena y su capacidad para moverse con la debida contención, su talento para aguantar cámara y trasmitir sentimientos complejos sólo con la mirada, hacen que incluso su conversión de marido celoso en aventurero gay resulte verosímil y no caiga en estridencias. La interpretación de Jude Law es correcta en su tercio final, cuando se quita la careta y el maquillaje de un inspector muy impostado y forzado —caracterización que le supera y que recuerda más a un cómico Colombo— , mientras que su primera imagen resulta algo excesiva y teatral en su gestualidad y artificio. El guión, que firma el Premio Nobel de Literatura Harold Pinter, es fluido y preciso en sus diálogos cáusticos y cínicos, pero a veces quedan desvitalizados y excesivamente intelectualizados en su intento por adaptar la historia a los tiempos presentes; además, nunca alcanza las vueltas de tortilla que imprimiera el dúo Mankiewicz-Shaffer. Por otra parte, la fotografía juega con los claroscuros y las mutaciones de luz, en referencia evidente a la ambigüedad moral de los personajes.

  Sin duda, Michael Caine pasará a la historia por la versión de 1972 y no por la que ahora se estrena. Ésta podrá, sin embargo, entretener y gustar a quienes buscan un cine de personajes y duelos interpretativos, pero los nostálgicos siempre echarán en falta la calidez de la ambientación, los insospechados giros y recovecos por los que eran conducidos junto a Olivier y Caine, y la complejidad psicológica de aquellos dos egos condenados entonces y ahora a la destrucción.

Calificación:


Imágenes de "La huella" - Copyright © 2007 Sony Pictures Classics, Castle Rock Entertainment y Riff Raff Production. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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