CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Duelo de
egos
El atrevimiento de
Kenneth Branagh al
hacer este remake de la obra maestra de Joseph L.
Mankiewicz es digno de elogio por el riesgo que entraña. Pero,
en una película que se apoya fundamentalmente en su trabado
guión y en las interpretaciones, tiene también algo de
pretencioso esa manera tan ostensible de rodar y planificar,
como queriendo dejar su propia huella, tan barroca como
innecesaria. Como es sabido, se trata de la adaptación de la
obra teatral de Anthony Shaffer,
aquí traída al siglo de la tecnología y de la obsesión por la
seguridad, donde las cámaras de vigilancia, las luces de neón o
los móviles se convierten en el nuevo atrezo para un escenario
de venganzas y humillaciones.
En esta puesta al día de
aquel juego mortal que entablaran Laurence Olivier y
Michael Caine,
este úlimo parece hacer madurado y cogido la suficiente
experiencia como para realizar el papel del primero y ceder el
suyo a Jude Law.
Pero nada esencial cambia en una historia de resentimiento y
celos, donde un afamado escritor de novelas policíacas pone en
práctica una de las alambicadas tramas que acostumbra a
escribir. Es la historia de un marido que trata de vengar la
ofensa recibida por un joven e ingenuo seductor, la de un
orgulloso creador de imágenes que se sirve de su ingenio para
humillar a un advenedizo actor en paro. Pero también es la
respuesta de quien está acostumbrado a cambiar de careta según
convenga, de quien conserva la ambición que acompaña a la
juventud, y de quien observa y se aprovecha de las debilidades
ajenas para jugar un partido de tenis con las reglas de su
adversario. Es la guerra sin cuartel en tres sets, en la que
ambos jugadores luchan por llevar el control del match,
con mentiras retorcidas y bajezas miserables, en un clima de
desconfianza y prepotencia, dispuestos a dar la estocada final
antes que asumir una nueva humillación. Por momentos, nada
importa la mujer que les ha enfrentado ni el collar que se
convierte en nuevo objeto de deseo, ni el juego homosexual del
tercer set —concesión a los tiempos modernos y a la nueva
política imperante, no presente en el guión original— que no
tiene entidad ni trascendencia argumental. Todo está al servicio
de dos egos que rivalizan en soberbia y sofisticación, en
retorcimiento y crueldad. Es la condición humana llevada al
extremo, con dos individuos puestos frente a frente, que aceptan
las normas de la ley de la selva en la que sólo uno puede
sobrevivir.
En ese enfrentamiento, la
cámara de Branagh se presenta como arbitro, y en ocasiones se
convierte en protagonista: el comienzo con un plano cenital, en
el umbral de la puerta de la mansión del escritor, ya anuncia su
posición privilegiada para vigilar a los dos gallos de pelea. No
renuncia el director a hacerse notar con una planificación
manierista, unas veces colocando la cámara en lugares recónditos
para obtener picados y contrapicados tan complicados como sus
personajes, otras dejándolos fuera del plano y jugando con
difusos reflejos y juegos de luces que hablen de la confusión de
identidades, y otras abusando de los primerísimos planos —como
esos labios que articulan palabras de falsedad que se convierten
en dardos lanzados— o de los planos laterales para significar el
choque de seres supuestamente inteligentes. La labor de
ambientación posmoderna está muy cuidada y sin duda encantará a
los decoradores de interiores, pero nada añade
y más bien enfría y disipa la tensión dramática que el original
de Mankiewicz conseguía: la sofisticación de pantallas
y ascensores, el mobiliario de diseño y la estudiada iluminación
han sustituido a los inquietantes muñecos y a los recónditos
rincones de la vieja mansión de Laurence Olivier, y con ello se
ha perdido la atmósfera dramática de aquélla,
para dejar una vaciedad y frialdad que impiden al espectador
encontrarse con los personajes entre tanta abstracción.
A pesar de todo, ahí
está Michael Caine para dar peso específico a su personaje y a
la película.
Su dominio de la escena y su capacidad para moverse con la
debida contención, su talento para aguantar cámara y trasmitir
sentimientos complejos sólo con la mirada, hacen que incluso su
conversión de marido celoso en aventurero gay resulte verosímil
y no caiga en estridencias. La interpretación de Jude Law es
correcta en su tercio final, cuando se quita la careta y el
maquillaje de un inspector muy impostado y forzado
—caracterización que le supera y que recuerda más a un cómico
Colombo— , mientras que su primera imagen resulta algo excesiva
y teatral en su gestualidad y artificio. El
guión, que firma el Premio Nobel de Literatura Harold Pinter, es
fluido y preciso en sus diálogos cáusticos y cínicos, pero a
veces quedan desvitalizados y excesivamente intelectualizados
en su intento por adaptar la historia a los tiempos presentes;
además, nunca alcanza las vueltas de tortilla que imprimiera el
dúo Mankiewicz-Shaffer. Por otra parte, la fotografía juega con
los claroscuros y las mutaciones de luz, en referencia evidente
a la ambigüedad moral de los personajes.
Sin duda, Michael Caine
pasará a la historia por la versión de 1972 y no por la que
ahora se estrena. Ésta podrá, sin embargo, entretener y gustar a
quienes buscan un cine de personajes y duelos interpretativos,
pero los nostálgicos siempre echarán en falta la calidez de la
ambientación, los insospechados giros y recovecos por los que
eran conducidos junto a Olivier y Caine, y la complejidad
psicológica de aquellos dos egos condenados entonces y ahora a
la destrucción.
Calificación:
    
Imágenes
de "La huella" - Copyright © 2007 Sony
Pictures Classics, Castle Rock Entertainment y Riff Raff
Production. Distribuida en España por Sony Pictures
Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "La huella"
Añade "La huella" a tus películas favoritas
Opina
sobre "La huella" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"La huella" a un amigo
|