CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Todo es tan sencillo que
abruma. Cuatro nombres, el doble de expectativas, un
recibimiento azulado que empaña la escena y nos invita a ser
sabuesos mentales. Porque se desechan las pistas, entendidas
propiamente como esa marcación policíaca de pruebas que,
encadenadas de una cierta manera, otorgan la resolución del
enigma. En “La huella” no hay más enigma que el encerrado en las
cabezas maquinantes de sus dos contendientes, y no hay más
rastro lógico que el de la actualización caprichosa de un
clásico. “La huella” actual no tiene demasiado que ver con el
excepcional juego de Joseph L. Mankiewicz de 1972. La sátira
macabra ha dado pie al drama tragicómico, y el aura de grand
guignol a un contexto posmoderno, cúbico y minimalista que
elimina tendencias barrocas al mismo tiempo que desnuda sus
espacios con el consecuente riesgo de intentar abarcarlos por
entero.
La
alternancia de puntos de vista entre cámaras de vigilancia y
perspectiva frontal –que añade más teatralidad al conjunto que
su referente, teniendo en cuenta que ambas parten de la obra
de Anthony Shaffer–
propone una interesante dualidad narrativa representada en las
dobleces de sus dos protagonistas. En plano cenital,
asumiendo, por tanto, que nosotros seremos en última instancia
los controladores del juego, se nos introduce a Milo Tindle (Jude
Law), un aspirante a
actor vestido de dandy urbanita –¿Alfie al límite de la
presión psicológica? Recordemos que ese personaje
inmortalizado por Michael Caine
en 1966 fue retomado por Jude Law en 2004, y ahora también el
joven ocupa el puesto interpretativo del anciano–. Frente a
él, un inquietante brazo se extiende a modo de saludo en la
puerta principal, anticipando ya sin saberlo el desenlace de
una atracción enfermiza que debe ser cortada por lo sano.
Al
anfitrión, Andrew Wyke (Michael Caine), no le apetece tanto
discutir el divorcio de su mujer como poner a prueba mediante un
falso robo al amante que tiene el descaro de pisar su casa. Más
allá de las connotaciones morales sobre la infidelidad, lo que
se plantea es el límite de los papeles asumidos por el cornudo y
el querido, estableciéndose confusos vaivenes metarreferenciales
entre ambos –Wyke explicando a Tindle cómo debe cometer el hurto
y éste perdido acerca de cuál es su identidad. ¿Es una broma de
Law aspirando a ser Caine?–. El tono de desafío surge enseguida
en las líneas de diálogo, aparentemente superfluas y tontas, en
realidad claves abstractas para una peligrosa interpretación de
las intenciones del otro. La elegante hipocresía del duelo
original Caine-Laurence Olivier se sustituye entonces por ese
descaro cortante y moderno que precipita a mayor ritmo la acción
–a expensas de un metraje casi la mitad de corto que el
original–. Frente a la complicidad curiosa y, por qué no,
malévola del espectador que incitaba Mankiewicz, ahora el
conflicto se repliega sobre sí mismo con consecuencias
claustrofóbicas, pesimistas, frías e indagantes de cada psique
individual, como si Wyke y Tindle necesitasen una excusa externa
para expulsar su locura antes que intentar provocar la
enajenación del contrario.
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En ese batiburrillo de
descubrimientos y tropiezos tiene mucho que ver el nombre de
Harold Pinter,
escritor Nobel que, quizá desde el trono de su estilo oscuro y
premiado, ha desplegado en el guión un exceso de autoconfianza y
cuestiones pretenciosas que sólo él puede resolver. Su versión
maquiavélica y libre de humor sutil tiene mucho que ver con el
mundo de voyeur atraído por lo desconocido y que se torna
partícipe de desenlaces plagados de remordimientos –las
conexiones temáticas y atmosféricas con su magnífico guión para
“El placer de los extraños” (1990) son evidentes–. Esta
circunstancia añade originalidad a lo que podría haber sido un
remake insulso y testimonial, pero no cabe duda de que a
un precio demasiado personalista. Si bien
resuelve con fluidez los dos primeros actos –me permito esta
licencia lingüística porque la película apenas puede
desvincularse de su origen teatral–, en el momento de añadir la
vuelta de tuerca más predecible empieza a decaer en un tira y
afloja que a veces roza el sinsentido
–aunque toda la historia puede leerse en clave de charada, no
así la lógica de los argumentos que enarbolan sus personajes–,
parece que un relleno de palabrería –y connotaciones
homosexuales también muy queridas por el escritor– hasta llegar
al golpe de efecto, el brutal desenlace, un retomado plano
cenital y otro timbre que llama a la puerta.
Y en esa conexión visual de
los acontecimientos entra Kenneth Branagh, segundo responsable
de que el film se conduzca por veredas paralelas a lo esperable.
Aunque su nombre viene asociado popularmente al de Shakespeare,
cabe destacar que sus habilidades cinematográficas han sabido
encontrar el pulso que requería la trama en vez de recrearse en
unos toques de grandilocuencia de los que peca cuando se le va
la mano en el metraje. En ningún momento se permite un abandono
de la insensibilidad hacia personajes y ambientes, rodados como
manifestaciones externas del duelo protagónico, aunque en las
conversaciones aceleradas cae en el facilón plano-contraplano,
como si la urgencia hubiese dominado su instinto de director
artístico –puesta en escena discutible, demasiado calculada para
que favorezca los actos del robo y los paralelismos de la
primera y la segunda parte, con ligeras reminiscencias a “Morir
todavía” (1991), hasta el punto de que esperaba la aparición de
una escultura-tijera gigante en cualquier momento–. La timidez
de su buen hacer resulta extensible a la dirección de actores,
auténtico reclamo y baza de una película reducida a su más
mínima expresión.
De Michael Caine sobrados son
los elogios que abarcan toda una trayectoria asimilada en sus
últimos regalos interpretativos, una línea débil entre la
expresión divertida y el rictus de crueldad que gana la partida
en esos largos silencios que a veces dominan la pantalla. Quien
le sostiene la mirada, Jude Law, no hace honor
ni a la interpretación original de Caine ni a un papel bombón,
pues cree que el histrionismo, la hipérbole gestual y los ladeos
de cuello sirven para definir la demencia de un personaje
que pierde la noción de la broma
–quizá respetados porque
Branagh habría actuado de la misma manera–. Toda una
contradicción que los pocos logros de reinterpretar una obra
procedan de cualquiera menos de su máximo impulsor, un joven
actor obsesionado con apropiarse de lo bueno e inmiscuirse en un
reto intelectual para el que el dinero de productor le bastó
como prueba de aptitud.
Calificación:
    
Imágenes
de "La huella" - Copyright © 2007 Sony
Pictures Classics, Castle Rock Entertainment y Riff Raff
Production. Distribuida en España por Sony Pictures
Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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