CRÍTICA
por
José Arce
La gran acogida de crítica y
público que tuvo el estreno en el año 2000 de “Tigre y dragón”,
dirigida por Ang Lee, provocó que resurgiera el interés, nunca
desaparecido pero sí minorizado, por el cine legendario,
histórico y fantasioso oriental, provocando que no pocos
realizadores asiáticos volvieran a retomar leyendas y
narraciones, verdaderas o inventadas para la ocasión, destinadas
a protagonizar fastuosas producciones repletas de batallas,
míticos guerreros, divinidades, brujos y amores imposibles, en
un viaje al pasado curiosamente detonado por el cambio de
milenio. Zhang Yimou ha sido quien con más ímpetu se ha
embarcado en esta recuperación de las tradiciones, como
demuestran
"Hero"
(2002), "La casa de las dagas voladoras"
(2004) y "La maldición de la flor dorada"
(2006). Ahora, Chen Kaige,
director de la famosa “Adiós a mi concubina” (1993), se une al
tren con una película lamentablemente decepcionante.
Renunciar a la consecución
del amor y cualquier tipo de felicidad a cambio de no volver a
pasar hambre y penurias. Tan sólo una muchacha sumida en la
pobreza y en el dolor de la guerra podría aceptar un trato como
ese… Qingcheng (Cecilia Cheung)
llega a tan terrible acuerdo con la diosa Manshen (Chen
Hong), de suerte que
se convierte en una mujer poderosa, hermosa y deseada por los
hombres. Cuando el General Guangming (Hiroyuki
Sanada) es gravemente
herido en combate, pide a su esclavo, Kunlun (Jang Dong-Kun), que se enfunde
su gloriosa armadura roja y defienda la vida del Emperador. Pero
cuando el muchacho es testigo de su brutalidad con Qingcheng,
acaba con la vida del tirano. La pareja se enamora perdidamente,
aunque la máscara que porta Kunlun hace que ella no reconozca su
verdadera identidad, entregando su amor —que no puede ser
completo debido a la promesa que hizo de niña— al verdadero
General. Una situación dramática a la que se une la violencia
implacable de Wuhuan (Nicholas Tse),
que ansía el poder de la región.
Desde el momento en que
arranca la película, el espectador se regocija sabedor de que
está a punto de presenciar uno de los grandiosos espectáculos
que tan bien saben orquestar los realizadores chinos. El prólogo
habitual nos sumerge en un mundo legendario, donde hombres y
deidades conviven en singular armonía, una realidad en la que la
paleta de colores juega un papel fundamental por su infinita
intensidad, adornada por un vestuario, una ornamentación y unos
paisajes que embriagan por su fuerza inigualable. El hecho de
que la trama arranque con una batalla que enfrentará a tres mil
soldados contra diez mil bárbaros no hace sino reforzar esa
sensación en la platea. Y desgraciadamente no es así. Lo que
debería ser una demostración de brío por parte de Kaige, se
torna, casi inmediatamente, en un débil intento por reflejar lo
que otros directores nos han mostrado con mucha más habilidad.
Más allá de las cojas coreografías, el fallido inicio nos
muestra uno de los principales e insalvables escollos a los que
ha de hacer frente la producción: lo terriblemente mal
aprovechado de su presupuesto —el mayor de la historia del cine
chino—, que deriva en unos sonrojantes efectos de animación,
craso error en un film que se apoya casi totalmente en lo
digital para materializar la exuberante fantasía que trata de
exhibir. Además, el ritmo tropieza una y otra vez, en una
presentación de los acontecimientos deslabazada y de lo más
desacertada, que puede llegar incluso a incomodar ante una
irritante y ocasional sensación de pretenciosidad.
Si bien los elementos
principales de la historia son los tradicionales del género —a
saber, amor, honor, amistad, lealtad…—, y el trío central en
torno al cual se construye el armazón argumental trata de
solventar las carencias técnicas generales de la mejor manera
posible, lo mejor de la función recae, tanto a nivel estético
como interpretativo, sobre los actores secundarios, en especial
sobre el vil Wuhuan, un lascivo, delicado y grácil Nicholas Tse
que centra la atención del patio de butacas gracias a su actitud
tranquila y unos movimientos tan etéreos como letales.
Liu Ye, como
Lobo de la Nieve, resulta un personaje atractivo y entrañable,
resultando el más perjudicado de lo débil del conjunto. Si bien
es innegable que algunos pasajes y secuencias aportan gran
belleza estética, en ningún momento nuestra imaginación vuela
junto a los protagonistas, al contrario de lo que sucede en
otras aventuras épicas recientes, de factura infinitamente
superior. Quizá otra de las bazas que juega en su contra es lo
plano de la historia, un argumento sencillo, casi infantil, que
contrasta con los fastuosos y enrevesados hilos tejidos en otras
producciones de este tipo; en lugar de aprovechar esta cándida
simplicidad para presentar los acontecimientos con velocidad y
dinamismo, Kaige se recrea incomprensible y absurdamente en
pasajes y situaciones que no tienen ningún interés. A su favor
cuenta únicamente con el embrujo hipnótico de las vestimentas y
atavíos de todo aquel que aparece en pantalla, en una orgía de
colores y texturas como sólo en una propuesta como esta puede
verse. No deja de resultar irónico que, viendo lo pobre del
resultado, el título original chino signifique, literalmente,
“sin límites”.
Calificación:
    
Imágenes
de "La promesa: La leyenda de los Caballeros del
Viento" - Copyright © 2005 Beijing
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