CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En el bosque-montaña de
“Acorralado” (1982), John Rambo era perseguido por hordas de
oficiales que no entendían la fiebre asesina del veterano de
Vietnam ni sus traumas ocasionados por el derrumbe de unos
valores que pierden su vigencia en la guerra y que, al regresar
al hogar, tampoco encuentran a nadie para restituirlos. Lo que
Robert Redford hace
con su pareja de soldados perdidos en una cima nevada de
Afganistán es algo similar: los Estados Unidos dan la espalda a
los hombres sacrificados por su causa, porque les han adjudicado
su papel de corderos mientras no ven, ni comprenden, sus
espíritus de leones. Siempre la mirada clavada en el corto
plazo, tanto las quejas como las esperanzas de estos militares
de a pie carecen de importancia para un gobierno que aparca el
pasado y el futuro lejano. Ni la reflexión ni la perspectiva
supletoria entran en un mundo de poderes cuadriculados, armas
constructivas que Redford rescata de la realidad renqueante post
11-S para aplicarla a su propio discurso, forzosamente parcial.
Sin
embargo, el director y actor no sabe si tener más fe que
pesimismo, si ser más patriótico o global. Termina
escapándosele el equilibrio orgánico, apoyado en una
tolerancia amable que no tensa el debate para impedir que
estalle ninguna cuerda, ni para poner las cosas más fáciles al
bando en el que sin duda él se posiciona. No por casualidad se
ha reservado el papel de profesor universitario colmado de
experiencia –recogida en las muestras fotográficas que adornan
su despacho– y no el de senador republicano cargado de
palabras prometedoras que tuvieron su origen en algún punto
que desconocemos –también entrevisto en las imágenes y
portadas que el personaje de Meryl Streep
observa durante la ausencia del político, encarnado por
Tom Cruise–. Este
enfrentamiento indirecto de la vejez y la juventud se torna en
una apuesta obvia por el diálogo y el entendimiento que, como
revela la propia metodología de la película, en primera
instancia sería imposible. Redford y Cruise no coinciden en
pantalla y exponen durante una hora sus argumentos opuestos:
el primero cree en el respeto y la comprensión, aunque no
exista acuerdo, mientras que el segundo enlaza ambos conceptos
de tal forma que sin coincidencia de pareceres no hay
compasión posible.
Es
lícito, pues, matar a los enemigos, pues por dicha categoría
dejan de ser personas. Es lícito sacrificar a los soldados,
porque son instrumentos de condolencia, no gente concienciada
–de ahí que entre los planos finales de la cinta se encadenen
los monumentos conmemorativos con la Casa Blanca y los anónimos
cementerios de caídos en combate, pues la política decide qué
destacar y qué enterrar bajo lápida blanca–. Siguiendo esa
estela de concatenación lógica y fatal, en el guión confluyen
tres escenarios que se corresponden con otros tres niveles del
conflicto: el ámbito académico, lo que atañe a la ciudadanía y
su educación de cara al interior y el exterior del país, como
discuten el profesor (Redford) y su alumno (Andrew
Garfield). El ámbito
político, representado en la entrevista que mantienen senador
(Cruise) y periodista (Streep), al fin y al cabo miembro del
cuarto poder, de la primera muleta de las necesidades
gubernamentales que desean influir en el nivel anterior. Y, por
último, el terreno militar, donde se derrotan las esperanzas de
los dos primeros grupos, dotados de una dialéctica de la que
carecen los soldados, como exponían los eternos silencios de “El
cazador” (1978).
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El acierto
de Redford estriba en que, a pesar de su estilo convencional de
rodaje, no menos eficaz, no prejuzga ninguna frase, acción o
personaje en la narrativa ni en la correspondencia del
plano/contraplano. Su
conocimiento cinematográfico introduce el humor y la naturalidad
de las que habría carecido un formato televisivo, aunque la
contaminación de otros géneros se hace notar en el breve periplo
de los dos soldados perdidos (Michael Peña
y Derek Luke),
vistos de esa forma borrosa y estratégica que pretende hacer más
real la guerra según el modelo de las pantallas caseras e
internáuticas. Éste es un problema de estética y de supuesta
credibilidad concebida por los noticiarios que el director opone
al carácter redentor y combativo de las historias paralelas.
Aunque se desprende cierto maniqueísmo de esa intención
fabulesca como método de enseñanza frente a un mundo depravado,
no se produce una victoria de la primera sobre lo segundo, sino
un pellizco a la comodidad y la dejadez, un intercambio de las
promesas por el esfuerzo, una derrota salvada más por el honor
de un ideal que por el amor ciego a la patria.
Pero, ¿cuál es ese ideal?
Identificándose con los personajes "mejores" de la trama –pues
los "malos", el senador, lucen tan bien la piel muerta de león
sobre la lana que no es tan legible su lado condenatorio–, es
decir, con el alumno, la periodista y los soldados, el objetivo
primordial es una toma de conciencia y una obligación de
coherencia personal. Que exista valor o no para acometerlo es
una duda a la que Redford no puede dar respuesta –caso de la
periodista, que se traiciona, de los soldados, que se
ennoblecen, o del alumno, que cierra a negro sin una idea
definitiva–. Por supuesto que en esa disyuntiva no es sencillo
tragarse todo el aire y, de cuando en cuando, al director se le
escapan pequeños suspiros: tras la presentación del plan militar
de ataque en la base, la tropa se levanta rígida y decidida
mientras el alto mando inicia el movimiento contrario, asentarse
con la mayor parsimonia y tranquilidad posibles. Hay un
remordimiento, pero rumiado en la impasibilidad, en la
separación de quien toma las decisiones y quienes las ejecutan.
El apoyo de Redford es claro no sólo en ese cambio de plano,
sino también en la ofensiva posterior al Black Hawk en la que se
combinan borrosos planos de un interior caótico con otros
exteriores que demuestran la debilidad del aparato en un medio
congelado. El toque de gracia sucede durante esa parodia de
telediario que, sin gran sutileza, demuestra la ineficacia del
diálogo político frente a los deseos de cambio o el poder de un
solo individuo para pensar distinto. ¿Será un punto de partida o
el comienzo de otro ciclo repetitivo?
No en balde Tom Cruise,
convincente gracias a su aire de enfermiza convicción, es una
suerte de sucesor del ex galán Robert Redford –que prefiere no
encarnar su versión avejentada de “El candidato” (1972)–, aunque
esperemos que no se lance también a una carrera de realizador en
la que pueda ejercitar propaganda ciencióloga camuflada. Él es
el cordero que manda a los leones al matadero, que los utiliza
como cebo para una verborrea hueca. Y de algo así padece la
película: para el norteamericano es tiempo de análisis, como en
su momento lo fue sobre Vietnam, pero estos ejercicios no poseen
más mérito que los pocos que se atrevieron a reflexionar sobre
el problema, sobre Iraq y el miedo, justo con el estallido.
Late cierta cobardía, cierto amilanamiento
temprano que ahora quiere convertirse en voz de denuncia. Pronto
o tarde, en realidad su afán de documento verosímil resta parte
de su honestidad fílmica, de su atractivo formal y de una
capacidad de abstracción que la haga intemporal.
Pero, y como herencia de Alan
J. Pakula, este lado derrotista de “Todos los hombres del
presidente” (1976) enuncia que es hora de emplear las
herramientas convencionales que rompan los mensajes de siempre.
Calificación:
    
Imágenes
de "Leones por corderos" - Copyright © 2007
Wildwood Enterprises, Brat Na Pont y Andell Entertainment.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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