CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Nadie debería llamarse a
engaño: pese a su “pátina Sundance” y a lo sobradamente
acreditado de sus posiciones progresistas en materia política y
social, Robert Redford
no es ningún “outsider”, sino
que se trata de un valor firmemente asentado en la industria
hollywoodiense. A mayor abundamiento, "Leones por corderos", su
última (y bastante celebrada en diversos ámbitos) entrega
cinematográfica, viene avalada por el respaldo de dos etiquetas
tan poco “sospechosas” como MGM y UA. Y está claro que nadie
hace una buena película “americana” como un buen cineasta
“americano”. Robert Redford lo es, y su "Leones por corderos",
sin alcanzar un grado, quizá, de excelencia, sí que se trata de
un producto muy, muy solvente.
Solvencia que alcanza, especialmente, en virtud de dos
elementos definitorios y fundamentales: el primero, su
inserción rotunda e inequívoca en esa corriente narrativa
norteamericana que auna una inmensa capacidad crítica con un
respeto absoluto por los principios que cimentan su
arquitectura social (ese American way of life que todo
lo impregna); y el segundo, la majestuosidad de la presencia
en pantalla de sus tres protagonistas –sin que eso signifique
que quepa equiparar el nivel de las interpretaciones de los
tres–. Vayamos, pues, por partes.
La
mirada caleidoscópica que el guión de Matthew
Michael Carnahan
arroja sobre el ejercicio estadounidense de su potestad imperial
de guardián universal de la paz y la libertad, al hilo de un
epiosodio concreto (el de la intervención armada en Afganistán),
tiene un componente crítico incuestionable. Y la crítica se hace
extensiva a los cuatro ámbitos bien diferenciados (aun cuando se
hallen tan profundamente interrelacionados en su despliegue
vital cotidiano –y, como no podía ser de otra manera, en el
despliegue de la trama del film: un ejercicio de montaje en
paralelo de las tres “líneas de acción” de gran armonía
narrativa–) en que esa mirada se bifurca: el político, el
periodístico, el académico y el estrictamente militar –aunque,
naturalmente, sean los dos primeros terrenos aquellos en los que
más se cargan las tintas, por motivos más que evidentes: se
trata de una cuestión de grados de responsabilidad en la toma de
decisiones y de capacidad de influencia en la opinión pública–.
Ese ejercicio crítico, que, insisto, no pone nunca en cuestión
la validez de los fundamentos y esencias del entramado
socio-político estadounidense –dado que, como una de las escenas
finales (sobre la que no entraré en detalles) se encarga de
recalcar, quizá un tanto exageradamente, siempre late al fondo
del mismo un elemento de dignidad y libertad individual que
redime de todo pecado–, es uno de los aciertos que difícilmente
cabrá objetar al film de Redford.
En
cuanto al trío protagonista, si exceptuamos el trabajo de Robert
Redford, que, sinceramente, considero que se mueve varios
peldaños por debajo del de sus dos partenaires (peca,
posiblemente, de un exceso de tono doctrinario, que no se
justifica por su “condición” de profesor universitario), y, aun
así, no se puede considerar, ni muchísimo menos, flojo, nos deja
un duelo interpretativo (el que constituye uno de los tres ejes
de acción básicos de la película) de un nivel tremendo. Una
Meryl Streep en estado
de gracia, plena de madurez, con toda la sabiduría que ya ha
podido exhibir a lo largo de una carrera impresionante
condensada y destilada gota a gota, en cada gesto, en cada
mirada, en cada rictus, frente a un Tom Cruise
que, a base de apurar un arsenal interpretativo bastante más
limitado, pero con un manejo muy inteligente de las claves de
carácter de su personaje (ese tiburón disfrazado de delfín que
maneja la dialéctica como principal arma arrojadiza), no le
pierde la cara en ningún momento. En definitiva, la confirmación
de lo ya sabido (el talento de la Streep) frente a la sorpresa
de algo que quizá no cabía esperar de forma tan esplendorosa (el
talento de Cruise) –o quizá sí, quién sabe…–.
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Frente a tales méritos, a los
que cabría sumar algún otro de carácter más accesorio o
secundario –como el de la contención de su metraje, esos poco
más de noventa minutos que deberían ser pauta más frecuente en
nuestras pantallas, frente a ese aluvión de megapelículas
inacabables; o el cuidado de su envoltorio formal, sobrio,
discreto y eficiente (nada brilla, pero nada chirría…)–,
tampoco podemos olvidar, si queremos hacer un ejercicio de sana
(y equilibrada) crítica, el que posiblemente se trate de su
mayor defecto: el de su exceso de “pretensión de tesis”, un
elemento que lastra enormente su potencial dramático, en la
medida en que ralentiza excesivamente la acción, y convierte, en
muchas ocasiones –especialmente, en las “tramas de despacho”–,
los diálogos en una suerte de “ensayos socio-políticos”, más
propios de la columna de opinión del diario que de un guión
fílmico al que cabe exigirle (por imperativo de su ulterior
puesta en escena) más agilidad, más frescura. Se trata de una
falla que se ve, en buena medida, aliviada por ese talento
actoral al que se aludía en el párrafo anterior, pero que, ni
aún con el mismo en todo su apogeo, se consigue soslayar
totalmente. Apuntado queda, pues.
En suma, esta "Leones por
corderos" no pasará a la historia,
probablemente, como una gran película bélica ni histórica; épica
o dramática; pero sí como un intento estimable y
bienintencionado de ofrecer una visión múltiple, amplia, abierta
acerca de un tema sensible y de inmenso calado
(además de como un digno ejercicio de cinematografía). No crean
que es poco, en los tiempos que corren: ni muchísimo menos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Leones por corderos" - Copyright © 2007
Wildwood Enterprises, Brat Na Pont y Andell Entertainment.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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